Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) VEINTITRÉS
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VEINTITRÉS

No llevo ni diez minutos fuera del piso operativo cuando escucho pasos detrás de mí.

Al principio no les presto demasiada atención.

París sigue moviéndose aunque sea tarde y la lluvia haya vaciado parte de las calles; todavía quedan coches cruzando el asfalto húmedo, algún repartidor en bicicleta y conversaciones que alcanzo durante demasiado tiempo si no me obligo a dejarlas atrás. He salido precisamente para eso.

Para caminar sin escuchar a Labrenda clasificando archivos a dos metros de mí, sin fotografías de camillas abiertas sobre una mesa y sin seguir preguntándome cuántas personas han terminado reducidas a una cifra dentro de un informe porque alguien decidió que no saldrían de aquella instalación.

Lucien me ha dejado marcharme después de recordarme que todavía podríamos comprometer la operación, así que probablemente esté contando los minutos desde que cerré la puerta. Pienso aprovecharlos todos.

Los pasos continúan detrás de mí durante dos calles.

Mantienen una distancia bastante constante, sin intención aparente de adelantarme, y la pisada es demasiado ligera para pertenecer a un humano.

Con lo mucho que Lucien insiste últimamente en que deje de convertir cada señal en una certeza, debería esperar antes de decidir quién es.

No lo hago.

—Para ser alguien que no quiere llamar la atención, seguir gente se te da regular.

Claire tarda apenas unos segundos en colocarse a mi lado.

—No intentaba esconderme.

La miro de reojo y compruebo por puro reflejo que está sola. Nada de Hedda ni de Labrenda varios metros detrás, algo que desde su regreso ocurre tan poco que mi percepción busca automáticamente otras dos presencias antes de aceptar que de verdad somos solo nosotras.

—¿Te has escapado?

—Qué concepto tan dramático.

—Últimamente vienen incorporados.

La comisura de su boca se mueve apenas. No llega exactamente a sonrisa, pero está suficientemente cerca como para que decida no estropearlo analizándola.

Seguimos caminando sin que pregunte de inmediato por qué he salido ni intente explicar lo sucedido dentro de las instalaciones.

Estaba en el salón cuando pregunté por los muertos.

Vio el silencio que hubo antes de que Lucien respondiera y también me vio coger la chaqueta cuando todavía quedaban fotografías por revisar.

Agradezco que no venga detrás para terminar una conversación que no quería tener allí.

Una explicación más sobre riesgos, objetivos o personas que sabían perfectamente dónde trabajaban conseguiría que siguiera andando hasta que Lucien tuviera motivos reales para preocuparse por dónde estoy.

La ciudad también parece estar recogiendo los restos de Semana Santa.

Hay gotas de cera endurecida entre los adoquines, pétalos húmedos pegados a las juntas de la piedra y varias barreras municipales apiladas junto a la fachada cerrada de un comercio.

Frente a una cafetería, dos camareros guardan las últimas mesas mientras un repartidor pasa en bicicleta bajo una pequeña imagen religiosa fijada a un edificio que probablemente lleva allí varios siglos más que él.

La torre de la iglesia aparece de vez en cuando entre los tejados, parcialmente iluminada contra un cielo todavía cargado de nubes, y a un par de calles la cruz verde de una farmacia abierta toda la noche parpadea sobre la piedra mojada.

Últimamente me gustan esa clase de contradicciones. Lo antiguo negándose a desaparecer aunque el mundo le haya colocado delante neones, cámaras de seguridad, cableado, antenas y paradas de autobús.

Quizá porque empiezo a sospechar que prácticamente todo funciona así.

Caminamos hacia el canal sin decidirlo en voz alta.

Cuando alcanzamos el puente, el agua está casi negra debajo, rota únicamente por las franjas amarillas y blancas que dejan las farolas sobre la superficie.

Una barandilla metálica recorre ambos lados y conserva manchas de óxido alrededor de algunas juntas.

A lo lejos pasa un tren y el traqueteo ocupa el espacio entre nosotras antes de perderse entre los edificios.

Claire apoya los antebrazos sobre la barandilla.

Yo permanezco a su lado.

—¿Estás bien? —pregunta.

La miro.

—Eso ha sonado sospechosamente sincero.

—Puedo volver a intentarlo peor si quieres.

Esta vez sí sonrío.

Muy poco.

—No.

El silencio posterior no resulta incómodo y quizá sea precisamente eso lo que me hace notar de cuánto la he echado de menos.

No a Claire trabajando junto a Hedda y Labrenda ni a la que aparece en una sala y se vuelve completamente funcional en cuanto alguien menciona una operación.

A esta. A la que puede quedarse unos segundos callada a mi lado sin que parezca que espera una orden para saber qué hacer.

La observo de reojo.

—Tú tampoco estás bien.

Claire mantiene la vista sobre el canal.

—Estamos hablando de ti.

—Qué casualidad.

—Sarah.

No insiste.

Eso casi consigue que lo haga yo.

Me paso las manos por los brazos aunque no tengo frío y vuelvo a mirar hacia la dirección donde sé que continúa la iglesia.

Podría hablar de lo sucedido esta noche.

En teoría he salido por eso. Pero hay otra cosa que llevo demasiado tiempo sin contarle y, desde que volvió, no habíamos estado solas sin una puerta cerrándose cada vez que intento acercarme.

—¿Te acuerdas del hombre del club?

No necesito especificar demasiado. Los dedos de Claire, que estaban recorriendo distraídamente una pequeña zona oxidada de la barandilla, se quedan quietos.

—El de los ojos plateados —añado.

—Me acuerdo.

—Lucien me dijo cómo lo llaman.

Claire no pregunta.

Eso me hace volver la cara hacia ella.

—El Silente.

No aparece sorpresa en su expresión. Ni una pregunta. Ni siquiera esa pausa mínima que hace alguien cuando intenta asociar un nombre nuevo a una cara que ya conoce.

Solo quietud.

La miro un poco más.

—Ya lo sabías.

Claire tarda un momento.

—Sí.

—¿Qué sabes?

Sus ojos regresan al agua.

—Lo suficiente.

Suelto una risa seca.

—Eso no significa absolutamente nada.

—Significa que deberías mantenerte lejos de él.

Ah.

Directamente ahí.

—¿Por qué?

Claire permanece unos segundos callada.

—No puedo contártelo.

Por supuesto.

Otra puerta.

Me apoyo con más peso sobre la barandilla y noto la humedad fría bajo las palmas.

—Fantástico. Empezaba a preocuparme que alguna pregunta tuviera una respuesta completa.

—Sarah.

—No, tranquila. Ya estoy acostumbrándome.

No entra en la provocación. Antes quizá lo habría hecho y eso me irrita un poco más.

También me confirma que lo que sabe no es únicamente lo mismo que Lucien me contó sobre referencias antiguas, descripciones repetidas y siglos de apariciones imposibles de clasificar.

Hay algo más y Claire ha decidido no dármelo.

Podría seguir presionando. No lo hago. Todavía.

—Pues ha vuelto a aparecer.

Claire gira la cabeza hacia mí.

—¿Otra vez?

—Varias veces, en realidad.

Esta vez sí cambia algo en su cara.

—¿Varias?

—Sabía que esa parte te iba a gustar.

—Sarah.

—Estoy llegando.

Respiro por costumbre antes de continuar. No porque necesite aire, sino porque mi cuerpo sigue convencido de que algunas conversaciones funcionan mejor con los pulmones llenos.

—Volví al club después de encontrar a Óscar. Él estaba allí.

Claire no interrumpe. Le cuento qué ocurrió con Óscar.

—Me señaló dónde estaba y se quedó mientras yo decidía qué hacer.

—¿Te llevó hasta él?

—No. Me lo señaló. La decisión fue mía.

Esa parte importa. No pienso regalarle una decisión que fue mía.

—Después volví a encontrarlo cerca del Campo de Marte.

Claire gira despacio hacia mí.

—¿Sola?

—Sí, Claire. Sola.

Su mandíbula se tensa, pero continúo antes de que convierta eso en el centro de la conversación.

—Discutimos. Lo besé.

Claire se queda mirándome.

—Yo a él —aclaro.

—¿Querías hacerlo?

—Sí. Mucho, de hecho.

Una de sus cejas se eleva.

—No hacía falta tanta precisión.

—Has preguntado.

—Error mío.

La sonrisa me dura poco. El recuerdo conserva la verja contra mi espalda, la mano de él alrededor de mi cintura y, con la misma nitidez, lo que ocurrió después.

—Una mujer nos interrumpió para pedir fuego. Él la mató.

Un coche cruza la avenida cercana y el ruido de las ruedas ocupa el silencio. Claire cambia los dedos de posición sobre la barandilla.

—¿Por qué?

—Porque interrumpió.

No busco una explicación más bonita. Le cuento lo que dijo de su conciencia, que lo llamé monstruo y que después me marché. Cuando termino, la palabra continúa encajando.

—Pero sigues pensando en él.

—Sí.

Ahí está. Eso era lo que realmente necesitaba decir.

Claire permanece quieta mientras intento encontrar una explicación mejor y no la encuentro.

—Lo vi. Sé lo que es. Y aun así, cuando aparece quiero saber qué quiere. Cuando desaparece, me jode esperar a que vuelva. Puedo recordar a esa mujer cayendo y recordar cómo me besó sin que una cosa borre la otra.

Claire baja la vista hacia sus manos.

No responde inmediatamente.

Y el silencio hace que siga hablando.

—No estoy intentando justificarlo.

—Ya.

—Ni convertirlo en un pobre incomprendido.

—Lo sé.

La miro.

—Puedes dejar de responder como si estuvieras tomando notas.

Claire gira un poco la cabeza.

—Estoy intentando no decir lo primero que se me ocurre.

—Eso sí se parece más a ti.

Por un instante parece que va a sonreír.

—¿Y siguió hablando contigo después? —pregunta.

—Sí.

—Como si no hubiera ocurrido nada.

—Básicamente.

Claire vuelve los ojos hacia el agua.

Yo espero.

No sé qué esperaba cuando empecé a contárselo. Quizá que me dijera que estoy loca. Quizá una de esas frases suyas suficientemente desagradables como para hacerme sentir que, debajo de todo lo que ha cambiado desde que regresó, sigue estando Claire.

En lugar de eso continúa escuchando.

—Lo peor no es que me atraiga. Es que ya sé de qué es capaz y sigo queriendo acercarme.

Claire tarda un poco.

—No deberías volver a verlo.

Frunzo el ceño.

—¿Por la mujer?

—Por todo.

La respuesta resulta demasiado inmediata.

Demasiado segura.

Vuelvo a recordar que conocía el nombre.

—Tú sabes algo.