VEINTIDÓS #3
Hedda clasifica material junto a ella; Claire permanece de pie al otro lado de la mesa, con el abrigo todavía húmedo y una mancha oscura cerca del puño que no estaba allí antes de entrar.
Lucien organiza el resto con esa eficacia suya que consigue que incluso una incursión bajo una iglesia termine pareciendo un problema administrativo complicado.
Yo me siento entre todos sin haber visto una sola de las habitaciones que ellos acaban de atravesar.
Durante el regreso apenas he obtenido respuestas: sangre alterada confirmada, humanos retenidos, sujetos utilizados en pruebas y suficiente documentación para demostrar que aquella instalación no era el único punto de distribución.
Eso ya debería bastar para mantenerme ocupada, pero la forma en que hablan me pone en alerta.
O, mejor dicho, todo lo que no dicen. Claire responde únicamente cuando le preguntan algo concreto.
Hedda tiene la mandíbula más rígida de lo normal y Labrenda trabaja demasiado deprisa, como si mirar la pantalla fuera preferible a mirar a cualquiera de nosotros.
Empiezo a revisar una de las carpetas mientras ellos reconstruyen lo ocurrido.
Hay fechas, números de lote y destinos repartidos por París.
Algunos códigos coinciden con información del restaurante; otros son nuevos.
Encuentro fotografías tomadas por Labrenda dentro de la instalación: refrigeradores, bolsas, camillas, paredes de piedra atravesadas por cableado moderno.
Paso otra imagen y aparecen dos personas inconscientes conectadas a vías.
La siguiente muestra una habitación diferente, con correas ancladas a una estructura metálica y manchas de sangre demasiado abundantes para pertenecer a una extracción controlada.
No necesito haber estado allí para entender suficiente.
—¿Están vivos? —pregunto.
Lucien levanta la vista.
—Los que hemos extraído, sí.
Los que hemos extraído.
La elección de palabras se me queda enganchada.
Continúo pasando archivos hasta encontrar un informe provisional que alguien ha empezado a montar durante la vuelta.
No hay nombres todavía, solo categorías: víctimas recuperadas, muestras aseguradas, material incautado, personal de la instalación neutralizado.
Me detengo sobre esa última línea. El número no es pequeño.
—¿Neutralizado significa muerto?
El movimiento de Hedda se ralentiza apenas un instante. Labrenda sigue mirando el ordenador. Claire baja los ojos hacia la mesa.
Lucien no intenta cambiar la palabra.
—En varios casos, sí.
—¿Varios?
—Sarah.
—Solo estoy preguntando.
Él deja el documento que tenía entre las manos y me observa. No parece molesto. Eso casi lo empeora, porque tampoco está especialmente afectado.
—Hubo resistencia durante la entrada. Algunas personas intentaron escapar y otras atacaron. La prioridad era asegurar la instalación y evitar que destruyeran el material.
Eso explica parte.
No toda.
Los números de la columna se mezclan con el silencio de Claire al otro lado de la mesa. Nadie parece dispuesto a decir qué parte no encaja.
—¿Todos estaban peleando?
Claire levanta la cabeza esta vez.
Lucien tarda un segundo más de lo normal en contestar.
Suficiente.
No necesito conocer los detalles que siguen faltándome. Tampoco quiero que me los den ahora, delante de una pantalla y convertidos en un informe.
Me pongo de pie.
—Necesito salir un rato.
Lucien frunce el ceño.
—Ahora no es buen momento.
—Precisamente por eso.
—La operación sigue abierta. Todavía estamos retirando material y no sabemos si alguien relacionado con la instalación está vigilando la zona. Que salgas sola puede comprometer el piso.
Sé que tiene razón. También sé que si permanezco allí voy a seguir mirando números hasta empezar a aceptar la facilidad con la que todos los demás parecen haberlos colocado en sus casillas correspondientes. Cojo mi chaqueta del respaldo.
—No voy a volver a la iglesia. Solo necesito caminar.
—Sarah.
—Lucien, llevo toda la noche haciendo exactamente lo que me dijiste. Me quedé en aquella azotea sin saber qué estaba pasando mientras vosotros entrabais. No pienso desaparecer ni buscar problemas. Necesito veinte minutos sin esta mesa delante.
El silencio dura lo bastante para que crea que va a negarse. Claire me observa desde el otro lado del salón, pero no interviene. Hedda tampoco. Lucien mira primero la ventana, después la puerta y finalmente vuelve a mí.
—No te acerques al complejo. Mantén el teléfono encendido y si ves cualquier cosa que te resulte fuera de lugar, vuelves inmediatamente.
Asiento.
—Vale.
—Y Sarah.
Ya tengo la mano sobre el pomo.
—¿Qué?
—No conviertas despejarte en investigar.
—Voy a intentar disfrutar muchísimo de que eso haya sido necesario.
Algo mínimo se mueve en su expresión, pero no llega a sonrisa.
—Ve.
Salgo del piso antes de cambiar de opinión, bajo las escaleras y atravieso el portal hasta encontrar el aire húmedo de la calle.
La lluvia casi ha desaparecido y París vuelve a sonar normal alrededor de mí: tráfico lejano, pasos, conversaciones, corazones que continúan latiendo sin saber nada de lo que acaba de ocurrir bajo una iglesia a pocas calles.