VEINTIDÓS #2
Solo necesito mantener el perímetro. Esa parte me gusta bastante menos.
Le digo a Lucien que prohibirme escuchar algo es probablemente la forma más eficiente de conseguir que quiera saberlo, y él responde que intente sobrevivir a la curiosidad.
Claire sonríe apenas sobre el plano. No insiste nadie más.
El Viernes Santo llega con una lluvia fina que lleva horas oscureciendo las cornisas y dejando el asfalto brillante bajo las farolas. Desde la azotea veo gran parte de la plaza, las barreras desviando algo de tráfico y pequeños grupos reuniéndose alrededor de la iglesia.
Hay sacerdotes, voluntarios, familias y turistas que parecen haberse incorporado al vía crucis porque pasaban por allí y encontraron gente suficiente para justificar una fotografía.
Algunas personas sostienen velas protegidas del agua dentro de pequeños recipientes.
Nada resulta especialmente espectacular y precisamente por eso comprendo mejor lo que Lucien intentaba explicarnos: aquella noche habrá demasiadas caras, vehículos, cajas y puertas abiertas para que alguien recuerde cada movimiento.
Me mantengo cerca del pretil, protegida por la sombra del edificio, mientras dejo que mi percepción se abra solo lo suficiente.
Motores, conversaciones, pasos, corazones dentro de coches detenidos, una pareja discutiendo en una esquina y alguien bajando con demasiada violencia una persiana metálica varias calles más allá.
Al principio intentaba escucharlo todo y acababa enterrada bajo información inútil; ahora empiezo a entender que mi verdadero problema no es percibir más, sino decidir qué merece mi atención.
Cuando Lucien avisa por el auricular de que faltan apenas unos minutos, ya estoy buscando la calle lateral y detecto la furgoneta antes de que termine de entrar en mi campo de visión.
—La tengo.
El vehículo reduce la velocidad junto a una de las barreras y un hombre con chaleco reflectante comprueba algo en una lista antes de dejarlo pasar.
Ninguna alarma, ningún nerviosismo, ningún detalle que grite red clandestina de sangre manipulada .
El conductor baja con una carpeta debajo del brazo, otro hombre sale a recibirlo y ambos empiezan a descargar cajas refrigeradas mientras, a menos de cincuenta metros, un grupo de personas comienza a rezar.
Todo parece tan normal que resulta casi ofensivo.
Lucien espera hasta que desaparece el segundo cargamento por el acceso lateral.
Entonces confirma que entran y veo cómo la operación se pone en movimiento desde arriba: Claire abandona el borde de la plaza y desaparece por una calle lateral, Hedda surge desde otro ángulo, Labrenda se aproxima al acceso y Lucien es el último en cruzarlo.
La puerta se cierra detrás de ellos y durante unos minutos todavía recibo confirmaciones breves, suficientes para saber que avanzan sin problemas y demasiado escasas para imaginar qué están viendo. Finalmente Lucien me avisa de que pasan al canal interior y que mantenga posición.
—Recibido.
El auricular queda en silencio.
Eso resulta mucho peor de lo que esperaba.
Mientras debajo de la iglesia cuatro vampiros desaparecen completamente de mi alcance, el vía crucis empieza a avanzar por la plaza.
Las campanas suenan por encima del tráfico y de las voces, una mujer se agacha para colocar mejor la capucha de un niño y dos turistas intentan fotografiar la fachada sin que nadie atraviese el encuadre.
Yo sigo vigilando las calles. Un coche se detiene demasiado tiempo y después continúa. Dos hombres abandonan el grupo y terminan siendo únicamente fumadores buscando una esquina más tranquila. Una mujer cruza hacia una parada de autobús. Nada que merezca intervenir.
Los minutos empiezan a acumularse y descubro que no tengo ninguna referencia para decidir cuánto es demasiado.
Nunca he participado en una operación como esta desde fuera y, convenientemente, nadie me ha proporcionado una tabla con el tiempo medio que necesita Lucien para irrumpir en una instalación clandestina bajo una iglesia.
Podrían estar avanzando exactamente según lo previsto o podría haberse complicado todo diez minutos atrás.
Desde aquí ambas opciones tienen la misma apariencia: una plaza mojada, gente rezando y una puerta lateral cerrada.
El auricular emite un chasquido que me hace enderezarme de inmediato, pero solo recibo interferencia.
Después vuelve el silencio. Intento extender un poco más la percepción hacia la iglesia y apenas encuentro una masa confusa de piedra, tráfico, voces y demasiados cuerpos entre medias.
Por primera vez desde que la sangre de Víctor despertó aquello dentro de mí, sé que algo importante está ocurriendo muy cerca y no puedo alcanzarlo con ninguno de mis sentidos.
No me gusta.
Nada.
Cuando la voz de Lucien finalmente regresa, lo hace estable, controlada y inútil para averiguar qué acaba de pasar.
—Sarah.
—Aquí.
Hay una pausa mínima.
—Instalación asegurada. Mantén tu posición.
Miro la puerta lateral desde el otro lado de la calle.
—¿Qué habéis encontrado?
Otra pausa.
—Después.
Por supuesto.
Pregunto si hay heridos y esta vez ni siquiera intenta disfrazar que no piensa responderme.
—Mantén la posición, Sarah.
Aprieto la mandíbula. Sé que está evitando la pregunta. Él sabe que lo sé. Aun así, no abandono la azotea.
—Recibido.
El canal vuelve a quedar vacío y continúo vigilando mientras la lluvia empieza a aflojar sobre París.
Debajo, la operación ya ha terminado o está entrando en alguna fase que no necesita de mí.
Arriba, el vía crucis sigue avanzando y la ciudad continúa comportándose como si no hubiera nada debajo de aquella iglesia que pudiera importar.
Cuando regresamos al piso operativo, nadie tiene aspecto de haber terminado nada.
Solo hemos cambiado de escenario. La mesa del salón vuelve a llenarse de ordenadores, muestras precintadas, fotografías y documentos recuperados de la instalación mientras Labrenda conecta una unidad externa y empieza a copiar lo que han conseguido sacar de los servidores.