Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) VEINTIDÓS
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VEINTIDÓS

Tres noches antes de Viernes Santo, Lucien entra en la sala de planificación con una carpeta debajo del brazo y una expresión que ya empiezo a reconocer.

Ha encontrado algo.

No lo anuncia. Tampoco sonríe ni hace nada especialmente emocionante, porque sigue siendo Lucien y probablemente consideraría una falta de rigor celebrar una pista antes de comprobarla tres veces.

Deja la carpeta sobre la mesa donde estamos Claire, Hedda, Labrenda y yo, aparta uno de los mapas que llevamos días mirando sin sacar demasiado de él y coloca varias fotografías encima.

—Tenemos una localización.

Eso detiene el bolígrafo entre mis dedos.

—¿Una de verdad?

Lucien me mira.

—No suelo traer localizaciones imaginarias a las reuniones.

—Últimamente traéis bastantes cosas que empiezan por «creemos que».

Hedda disimula una sonrisa inclinándose sobre las fotografías. Labrenda ni siquiera lo intenta. Claire permanece a su lado, más atenta al contenido de la mesa que a nosotros, aunque veo un pequeño gesto en su boca antes de desaparecer.

Lucien decide ignorarnos.

Una de las fotografías muestra una iglesia de piedra encajada entre edificios parisinos.

No es Notre-Dame ni ninguna de las que reconocerían hasta mis inexistentes recuerdos turísticos.

Tiene una fachada oscurecida, una torre estrecha y una plaza pequeña delante.

Las otras imágenes son bastante menos interesantes: una furgoneta blanca, matrículas ampliadas, el lateral de un edificio, cajas descargándose por una puerta de servicio.

—Uno de los nombres recuperados del restaurante era falso —explica Lucien—. La empresa asociada también. El problema es que alguien siguió pagando seguros, alquileres y permisos con ella.

—Muy considerada para no existir.

—Eso pensamos.

Me inclino sobre una de las fotografías. La furgoneta aparece en dos lugares distintos, pero el logotipo del lateral cambia.

—¿Es la misma?

—Sí.

Labrenda acerca la imagen hacia ella.

—Matrícula clonada.

Lucien asiente.

La investigación había empezado con una de esas pistas que durante días no sirven para absolutamente nada. Un nombre comercial registrado a una dirección vacía, varios teléfonos desactivados y facturas que parecían diseñadas expresamente para conducir a otras facturas.

Lucien siguió tirando del hilo mientras nosotros revisábamos muestras, y el hilo terminó en una pequeña empresa logística que existe lo suficiente para tener vehículos, pero no empleados identificables.

Uno de esos vehículos había sido captado cerca del restaurante antes del incendio y, semanas antes, en otro punto donde aparecieron restos de la misma sangre alterada.

La coincidencia habría sido interesante.

La siguiente dejó de serlo.

—Hace cuatro noches volvió a aparecer —dice Lucien.

Cambia la fotografía.

La iglesia.

—Aquí.

Miro otra vez la fachada.

—¿Están repartiendo sangre drogada después de misa?

—No lo sabemos.

—Qué alivio. Por un segundo parecía raro.

Claire levanta finalmente la mirada.

—Sarah.

—¿Qué? Ya vivimos debajo de una montaña con vampiros. Mi escala de raro necesita mantenimiento constante.

Hedda resopla.

Lucien continúa antes de que aquello se convierta en otra cosa.

El vehículo no descargó en la entrada principal, sino en un acceso lateral utilizado por mantenimiento y proveedores del complejo parroquial.

Dos hombres movieron varias cajas refrigeradas hasta un edificio anexo conectado con la iglesia.

No pudieron seguirlos dentro, pero los registros antiguos del inmueble muestran un nivel subterráneo bastante mayor de lo que aparece en los planos actuales: almacenes, sótanos y parte de una cripta modificada durante reformas sucesivas.

—¿Y eso nos lleva a Semana Santa por qué? —pregunto.

Esta vez Lucien coloca un documento delante de mí.

No entiendo la mitad del francés administrativo, pero reconozco una fecha.

Viernes Santo.

—Han solicitado acceso extraordinario para vehículos de servicio durante tres días —dice—. Con motivo de las celebraciones.

Miro el papel.

Luego la fotografía.

—La empresa que no existe.

—Una de ellas.

—Va a entrar durante Semana Santa en una iglesia.

—En el complejo parroquial —corrige.

—Muchísimo menos siniestro.

Claire se inclina sobre el plano.

—¿Qué van a mover?

—No lo sabemos todavía. Pero la documentación permite entradas de vehículos refrigerados y personal externo mientras se preparan las celebraciones. El primer acceso está previsto para mañana. El mayor movimiento, el Viernes Santo.

—Así que entramos cuando ellos entren —dice Labrenda.

—Observamos primero —corrige Lucien—. Si confirmamos que la mercancía está relacionada con las muestras, entramos después.

—¿Durante las celebraciones?

—Precisamente durante las celebraciones.

Eso necesita una explicación que, por suerte, esta vez sí recibimos.

Aquí hay misas, vía crucis, celebraciones parroquiales y recorridos organizados alrededor de distintas iglesias.

Nada gigantesco por sí solo. El problema —o la ventaja, dependiendo de quién esté planeando entrar ilegalmente en un sótano— es la suma.

Voluntarios.

Feligreses.

Turistas.

Proveedores. Calles con restricciones temporales. Puertas que normalmente permanecen cerradas y que durante unas horas se utilizan continuamente. Vehículos entrando con material. Personas que nadie conoce de vista porque durante esos días aparecen demasiadas caras nuevas.

—Quien esté utilizando ese lugar ha elegido bien —dice Claire mientras estudia los accesos—. Si introduces diez cajas un martes por la noche, alguien recuerda la furgoneta. Si introduces cincuenta mientras están montando actividades, repartiendo material y entrando proveedores…

—Eres otro proveedor —termina Hedda.

Lucien asiente.

—Y creemos que eso es exactamente lo que llevan tiempo haciendo.

No una instalación improvisada porque se acerca Semana Santa.

Una instalación que utiliza Semana Santa.

Eso resulta bastante peor.

Los tres días siguientes convierten aquella iglesia en algo demasiado familiar para un lugar al que todavía no hemos entrado.

Seguimos en París, así que no necesitamos trasladarnos a ninguna parte; el Círculo simplemente habilita un piso operativo a pocas calles del complejo para evitar viajes innecesarios hasta el refugio.

El salón deja de parecer un salón la primera noche, cuando Lucien cubre la mesa con planos antiguos y actuales, Labrenda instala su equipo electrónico en una esquina, Hedda empieza a ordenar fotografías y horarios sobre una pared y Claire modifica rutas casi al mismo ritmo al que nosotros conseguimos trazarlas.

Yo encuentro la cafetera y decido que mi contribución logística está infravalorada.

A partir de ahí todo se reduce a repetir: accesos, salidas, cámaras, movimientos de proveedores, horarios de los voluntarios y calles que cambiarán de sentido o quedarán parcialmente restringidas durante las celebraciones.

Una copia antigua de los planos confirma que bajo el edificio parroquial existe más espacio del que figura actualmente registrado y unas rejillas de ventilación demasiado nuevas para la piedra que las rodea terminan de convertir una sospecha en algo suficientemente sólido para entrar.

Después de varias noches recorriendo el barrio conozco también una cantidad absurda de información que no aparece en ninguno de los informes.

Sé qué panadería permanece abierta hasta tarde, en qué esquina empieza a oler a ajo antes siquiera de ver el restaurante libanés y que una de las secadoras de la lavandería automática golpea contra el tambor cada cuarenta segundos.

Lucien memoriza accesos y tiempos; Labrenda, cámaras y puntos muertos; Hedda presta más atención a quién entra, quién sale y qué caras pertenecen realmente a la parroquia; Claire puede recorrer varias rutas distintas sin consultar una sola referencia.

Yo sé dónde comprar un croissant decente pasada la medianoche.

Equilibrio. La cercanía del Viernes Santo hace el resto: aparecen flores, cajas, velas, voluntarios, carteles con horarios y suficiente actividad alrededor de la iglesia para que una persona desconocida deje de llamar inmediatamente la atención.

No hay ninguna gran procesión tomando París.

Hay algo bastante más útil para quien quiere esconderse: demasiadas razones legítimas para entrar y salir.

La noche anterior Lucien reparte posiciones y descubre que la mía estará fuera.

Claire, Hedda y Labrenda entrarán con él en cuanto confirmemos la llegada del cargamento; yo permaneceré en una azotea frente al lateral del complejo, desde donde puedo controlar el acceso de proveedores, parte de la plaza y dos calles de salida.

Protesto lo justo al escuchar la palabra perímetro , sobre todo porque me parece una manera innecesariamente elegante de decirme que voy a quedarme mirando mientras los demás entran, pero Lucien señala algo difícil de discutir: ahora puedo detectar movimientos y presencias a mayor distancia que cualquiera de ellos.

Desde fuera resultaré mucho más útil avisando de que alguien se acerca que metida en un sótano con cuatro personas perfectamente capaces de defenderse.

Cuando lo resumo diciendo que me han convertido en una alarma, él añade que soy una alarma capaz de arrancarle la garganta a quien ignore el aviso.

Admito que eso mejora bastante el puesto.

También descubro que no escucharé lo que ocurra dentro.

Labrenda ha preparado dos canales: uno para la coordinación interior y otro que Lucien utilizará para mantener contacto conmigo mientras resulte posible.

La profundidad, la piedra y las reformas del subsuelo ya hacen suficientemente inestable la señal como para intentar mantener cinco voces cruzándose todo el tiempo, y mi trabajo no requiere saber qué habitación están atravesando ni qué encuentran dentro.