VEINTIUNO #2
Y empezamos. Al principio entreno únicamente con Lucien mientras Claire y las gemelas preparan armas al otro lado de la sala.
Intento concentrarme en los movimientos que tengo delante, pero mi percepción se ha vuelto demasiado eficiente para permitirme ignorar lo que ocurre a pocos metros. Claire habla con ellas.
Poco.
Más que conmigo desde que regresó. Hedda le alcanza un arma sin preguntarle cuál quiere y acierta.
Labrenda corrige la sujeción de una cinta en la muñeca de Claire; ella deja que lo haga sin endurecerse.
En un momento Hedda dice algo bajo que no llego a entender y Claire resopla.
Resopla. Casi me dan ganas de felicitarla.
Lucien aprovecha que estoy mirando.
Me barre las piernas.
Caigo de espaldas.
—Eso ha sido rastrero.
—Eso ha sido exactamente lo que llevamos varios días practicando.
—Sigue siendo rastrero.
Me levanto y esta vez sí consigo obligarme a concentrarme.
Cuando las tres se incorporan al ejercicio entiendo otra cosa.
No acaban de empezar a trabajar juntas.
Ya saben hacerlo.
Hedda entra primero y fuerza el desplazamiento.
Labrenda no la sigue: ocupa el lugar al que el adversario tendrá que ir para evitarla.
Claire no necesita esperar a que ninguna termine el movimiento.
Encuentra el espacio que dejan entre ambas y lo utiliza como si supiera desde el inicio dónde iba a aparecer.
No es sincronización perfecta.
Es costumbre.
Mucho más difícil de fingir.
Lucien la prueba varias veces, altera los patrones y fuerza cambios de posición que deberían obligarlas a hablar.
Lo hacen poco. Hedda llama una vez a Labrenda.
Claire pronuncia su nombre en otra ocasión.
El resto sucede mediante pequeños gestos, miradas y una familiaridad construida antes de París.
En una de las secuencias, Lucien consigue romper la formación y queda frente a Claire. Solo dura un instante. Él amaga hacia su lado izquierdo. La reacción de Claire es inmediata.
Demasiado.
No responde como lo hacía antes, buscando transformar el ataque. Se aparta con una violencia seca y el brazo derecho sube cerca del rostro antes de que Lucien haya terminado siquiera el movimiento.
Un gesto defensivo. No de combate. Lo sé porque Lucien lleva días enseñándome precisamente la diferencia.
Él también lo sabe.
Se detiene.
Claire se queda inmóvil. Durante un segundo nadie hace nada. Hedda aparece junto a ella casi inmediatamente. No la toca esta vez. Solo ocupa su lateral. Labrenda mira a Lucien. Se acabó cualquier resto de amabilidad en esos ojos negros.
—Otra vez —dice Claire.
Lucien no se mueve.
—Claire.
—He dicho otra vez.
Algo en su voz hace que hasta yo cierre la boca.
Lucien la observa durante un instante más.
Después retrocede.
—No.
Claire aprieta la mandíbula.
—Estoy bien.
—No he dicho que no lo estés.
—Entonces sigue.
—No.
El silencio entre ellos tiene una forma que no entiendo. Pero existe desde antes de esta noche. Desde antes de Italia, quizá. O dentro de Italia. Miro a Hedda. Ella ya no está mirando a Claire.
Mira a Lucien. Y la expresión que tiene me entrega una pieza nueva sin enseñarme todavía el dibujo completo. No le tiene miedo. Le guarda rencor. Labrenda tampoco aparta los ojos de él. Claire, en cambio, cierra los suyos apenas un segundo y baja el brazo.
—Seguimos con otro ejercicio.
No espera aprobación. Se aleja hasta la zona donde han dejado las armas y Hedda va con ella. Labrenda permanece unos segundos más donde está antes de seguirlas. Al pasar junto a Lucien se detiene. No dice nada. No hace falta.
Lucien tampoco.
Me quedo con la vara en una mano.
—Bueno.
Él me mira.
—No.
—Ni siquiera he preguntado.
—Estabas a punto.
—Eso empieza a resultar ofensivo.
Recoge una de las armas del suelo.
—No es mi historia para contarte.
La frase me detiene.
La utilizó cuando pregunté por Marc y el Silente.
Esta vez suena diferente.
—¿Pero hay una historia?
Lucien deja el arma sobre la mesa.
—Sí.
No añade nada. Y, por una vez, no sigo. Porque Claire está a pocos metros. Porque pertenece a ella. Y porque ahora sé al menos una cosa: lo que regresó de Italia no es simplemente una Claire cansada después de una misión complicada.
Ha ocurrido algo. Algo relacionado con Lucien. Y ellas lo saben. A partir de esa noche dejo de pensar en las gemelas como dos desconocidas que el Círculo ha colocado a su alrededor.
No encaja con lo que veo. Hedda y Labrenda tienen órdenes, claro.
Todo el mundo aquí las tiene. Trabajan con nosotros porque el Círculo las ha incorporado a lo que se prepara en París, pero la relación con ella no empieza en una carpeta administrativa.
Viene de Italia. Se nota en las cosas pequeñas.
Hedda sabe cuándo una habitación empieza a resultar demasiado llena para ella antes de que ella diga nada.
Labrenda identifica qué clase de silencio significa déjame y cuál significa quédate .
Claire tolera de ellas una cercanía que ahora rechaza en casi todo el mundo y, algunas noches, incluso recupera parte de la ironía que creí desaparecida.
No está igual con ellas.
Eso cambia bastante mi lectura de las últimas semanas.
Sobre todo porque con Lucien ocurre exactamente lo contrario.
Él tampoco vuelve a tratarla como antes. No invade su espacio, no la toca durante los entrenamientos y nunca la selecciona como adversaria sin preguntarlo primero. Lucien siempre ha sido controlado, pero esto es otra cosa. Es una precisión casi quirúrgica aplicada a mantener una distancia concreta.
Claire lo acepta.
No lo agradece.
Hedda y Labrenda lo vigilan cada vez que coinciden.