VEINTIUNO
A estas alturas ya no sé si seguimos llamándolo entrenamiento por costumbre o porque «pasar dos horas intentando engañar deliberadamente cada sentido nuevo que has desarrollado» resulta demasiado largo.
Lucien ha decidido que mi percepción solo será útil cuando deje de confiar ciegamente en ella, así que lleva varias noches convirtiendo su propio cuerpo en una colección de mentiras.
Amaga con el hombro cuando va a atacar con la pierna, desplaza el peso sin intención de moverse, deja huecos que existen únicamente para comprobar si soy lo bastante idiota como para meterme en ellos.
Lo peor es que funciona. Lo segundo peor es que empiezo a reconocer cuándo disfruta teniendo razón.
Esta noche consigo evitar dos fintas seguidas y atrapar la muñeca con la que pretende inmovilizarme. Durante aproximadamente medio segundo pienso que por fin voy por delante.
Lucien cambia el ángulo, utiliza mi propio agarre y termino contra la colchoneta.
Otra vez.
Me quedo mirando el techo.
—Te odio un poco.
—Estás mejorando.
—No son cosas incompatibles.
Me tiende una mano. La acepto y vuelvo a levantarme mientras noto cómo el cuerpo recoloca solo el hombro que acaba de recibir la mayor parte del impacto. Ni dolor suficiente para preocuparme ni orgullo suficiente para admitir que ha sido una buena maniobra.
Lucien recoge una de las varas de práctica y la devuelve al soporte.
Desde lo de Víctor presta todavía más atención a cómo reacciono antes de cada ataque, no solo porque mi percepción haya empezado con su sangre, sino porque ambos sabemos que sigue desarrollándose sin que ninguno pueda explicar exactamente hasta dónde llegará.
Safiya no encontró respuestas nuevas. El Círculo tampoco.
Las muestras de sangre alterada continúan acumulando preguntas y yo sigo siendo capaz de reconocerlas sin saber qué demonios estoy reconociendo.
Fantástico conjunto de habilidades.
—Otra vez —dice Lucien.
—Necesitas aficiones.
—Tengo varias.
—Golpearme no cuenta.
—No era la que iba a mencionar.
Estoy recogiendo el cuchillo de práctica cuando la puerta se abre.
No necesito girarme inmediatamente para saber que han entrado tres personas. Mi percepción recoge el desplazamiento del aire, tres posiciones diferentes y la forma en que Lucien deja de moverse antes incluso de mirar hacia ellas.
Eso me hace levantar la cabeza.
Claire está en la entrada.
Las otras dos mujeres no las conozco.
Mi atención va primero hacia ella casi por reflejo.
Desde que nos encontramos en el corredor después de su regreso apenas hemos hablado.
Sigue llevando el cabello negro cortado a la altura de la mandíbula y esa quietud nueva que al principio confundí con cansancio porque no tenía una explicación mejor.
Esta noche, sin embargo, la imagen no encaja.
No en ella. En cómo está con las dos desconocidas. Una está a su izquierda, ligeramente adelantada; la otra camina junto a su hombro derecho. Las tres entran hablando en voz baja y Claire gira la cabeza cuando una de ellas dice algo que no alcanzo a escuchar. Claire amaga una sonrisa.
Muy poco.
Pero se mueve. Me quedo mirándola. Así que todavía sabe hacerlo. La pequeña expresión desaparece en cuanto sus ojos encuentran a Lucien. El cambio es tan rápido que quizá antes no lo habría visto.
Ahora sí.
Claire no retrocede. Tampoco adopta una posición de combate ni hace nada tan evidente como tensar los puños.
Es bastante más pequeño. El peso abandona ligeramente la parte delantera de los pies.
Los hombros se inmovilizan. Los dedos de la mano derecha se cierran una sola vez antes de relajarse y la musculatura alrededor de su cuello se endurece durante un instante.
Su cara no cambia.
El cuerpo ya lo ha hecho.
Lucien permanece junto al soporte de armas.
También él se ha quedado demasiado quieto.
No es la atención normal que presta a alguien cuando entra en una sala. Lo conozco suficiente para distinguirla. Ni analiza distancias ni comprueba qué llevan encima las recién llegadas. Mira a Claire y parece tener perfectamente claro que cualquier movimiento de más sería un error.
Interesante.
Y bastante incómodo.
Las dos mujeres también han dejado de hablar.
Son gemelas. Eso lo entiendo cuando por fin aparto los ojos de Claire lo suficiente para mirarlas bien.
Ambas tienen el cabello rubio tan claro que bajo la iluminación blanca de la sala roza el blanco, la piel pálida y unos rasgos parecidos sin llegar a resultar idénticos.
Altas, delgadas, demasiado llamativas incluso dentro de un refugio donde prácticamente nadie parece haber aprendido el concepto de pasar desapercibido.
Pero son los ojos los que me detienen.
Negros.
No marrón oscuro. Negros. La que está junto al hombro izquierdo de Claire dirige esos ojos hacia Lucien.
La otra hace lo mismo un instante después y descubro algo que me interesa bastante más que el parecido físico: ninguna de las dos parece sorprendida por la reacción de Claire.
La conocen. Y saben por qué está ocurriendo. Lucien habla primero.
—Claire.
Ella sostiene su mirada.
—Lucien.
Dos nombres.
Suficiente para conseguir que la habitación parezca haberse quedado bastante más pequeña.
Miro a uno. Después a la otra. Definitivamente me he perdido algo.
Una de las gemelas roza con dos dedos la parte posterior del brazo de Claire.
El contacto es breve, casi una pregunta.
Claire no se tensa. Ni siquiera la mira; simplemente hace un movimiento mínimo con la cabeza y la mujer retira la mano.
Eso también lo registro. Ayer Claire se puso rígida cuando yo la agarré del brazo. Con ella no. Lucien lo ha visto. Su expresión continúa siendo prácticamente imposible de leer.
—Sarah —dice Claire al final, girándose hacia mí.
—Hola otra vez.
Miro deliberadamente a las dos mujeres.
—¿Me he perdido una reunión?
Algo parecido a la antigua Claire asoma durante medio segundo.
—Varias, probablemente.
Ah.
Eso sí.
No llega a sonreír, pero la respuesta me produce un alivio tan absurdo que decido ignorarlo.
Claire señala primero a una de las rubias y después a la otra.
—Hedda. Labrenda. Sarah.
—Impresionante —digo—. Casi parecía una presentación.
Hedda sonríe antes que su hermana. Ahora que las tengo cerca encuentro diferencias bastante claras. Su cara es algo más suave alrededor de la boca y habla con mayor facilidad; Labrenda, en cambio, me observa como si no tuviera ninguna urgencia por intervenir hasta haber decidido qué piensa de mí.
—Claire nos ha hablado de ti —dice Hedda.
Giro la cabeza hacia ella.
Claire tiene la decencia de parecer ligeramente molesta.
—Eso sí que es interesante.
—No demasiado —responde.
—Ya empezamos.
Labrenda sonríe.
Muy poco.
Claire la mira de lado.
Hay algo entre ellas. No secreto exactamente.
Más bien esa facilidad que aparece cuando varias personas han compartido suficiente tiempo, suficientes problemas o suficientes situaciones desagradables como para dejar de necesitar explicarlo todo.
Hedda sabe cuándo tocarla y cuándo apartarse.
Labrenda puede mirarla un segundo y conseguir una respuesta sin pronunciar nada. Claire no parece vigilada entre ellas.
Parece acompañada.
La diferencia importa.
—Venimos de Italia —explica Hedda—. El Círculo nos ha pedido que permanezcamos en París un tiempo.
—¿Y trabajáis con Claire?
Labrenda mira a Claire antes de contestar.
—Ya lo hacíamos.
Eso despierta mi atención.
—¿En Verona?
Claire interviene.
—Sarah.
Ah.
Otra puerta.
—Solo pregunto.
—Lo sé.
—Es algo que hago mucho.
—También lo sé.
Vuelve a parecerse tanto a sí misma que casi podría convencerme de que ayer exageré todo lo que vi. Entonces Lucien da un paso hacia la mesa.
Claire se calla. Hedda deja de sonreír. Labrenda gira apenas el cuerpo.
Y se acabó la ilusión. No se colocan delante de Claire.
No sería tan burdo. Pero ambas modifican su posición lo suficiente para que, si Lucien quisiera acercarse a ella, tuviera que entrar primero en el espacio que comparten las tres.
Mi percepción recoge el movimiento antes de que termine.
Lucien también.
Se detiene donde está. Nadie comenta absolutamente nada. Empiezo a tener muchas más preguntas de las que tenía hace cinco minutos.
—¿Habéis venido a entrenar? —pregunta Lucien.
—Esa era la idea —responde Claire.
Su voz es plana.
No hostil.
Casi preferiría hostil.
Lucien mantiene una distancia que no necesita mantener con nadie más.
—Bien.
Eso es todo.
No me alegro de verte . No preguntas sobre Italia. No intenta recuperar una conversación que claramente no existe.
Y cuanto más cuidado pone en no hacer nada, más evidente resulta que hay algo que podría hacer mal.
Recojo el cuchillo que había dejado sobre la colchoneta.
—Vale.
Cuatro pares de ojos se vuelven hacia mí.
—No sé qué demonios ha pasado aquí, pero empieza a ser incómodo incluso para mis estándares.
—Entrena —dice Claire.
La miro.
—Sí. Definitivamente has pasado demasiado tiempo con él.
Labrenda deja escapar una risa breve. Claire gira la cabeza hacia ella.
Y sonríe.
No mucho. Ni siquiera dura.
Pero ocurre.
Lucien lo ve. Yo también. Hedda le da a Labrenda un golpe leve con el dorso de los dedos en el brazo, como si acabara de ganar una apuesta que no conozco, y Claire murmura algo en italiano que no entiendo. Labrenda responde en el mismo idioma.
Las tres comparten otra de esas miradas. La sensación que me deja no es que Hedda y Labrenda hayan aparecido para controlarla. Es peor para mi curiosidad. Forman parte de algo que Claire vivió mientras estaba fuera y del que yo no sé absolutamente nada.
Lucien tampoco parece formar parte de ese algo.
O quizá sí.
De otra manera.
—¿Sarah? —dice.
Vuelvo la cabeza.
Ha levantado una vara.
—No.
—No era una pregunta.
—Lo sé. Estoy protestando por principios.
Me lanza la segunda.
La atrapo.