VEINTE #2
No especifica cuáles.
No necesita hacerlo.
—Eso sí es una amenaza.
Safiya sostiene mi mirada.
—Sí.
La respuesta me sorprende más que cualquier eufemismo.
Nada de consecuencia . Nada de explicarme que sería por mi seguridad como si cambiar el nombre alterara el resultado.
—Sería absurdo fingir lo contrario —añade.
Éléonore no la corrige. Tampoco pretende convencerme de que todo esto nace de una preocupación tierna por mi bienestar.
El Silente sabe cosas sobre mí. Mi percepción sigue desarrollándose.
No han identificado a mi creador, no han reconstruido mi pasado y un cazador muerto aseguró ser mi hermano antes de que su sangre despertara algo que ninguno de ellos termina de comprender.
Perderme ahora sería un problema.
Eso sí puedo creerlo.
—¿Creéis que soy peligrosa?
Éléonore tarda apenas un segundo.
—Creemos que todavía no sabemos de qué eres capaz. Tampoco sabemos por qué él parece interesado en descubrirlo.
Llevo días preguntandome eso.
Escucharlo allí lo vuelve bastante menos fascinante.
Les pregunto qué esperan que haga si es él quien me encuentra. La respuesta sigue siendo marcharme. Cuando pregunto qué ocurriría si decide no dejarme, Ilya se limita a decir que entonces aprenderán algo importante.
Lo miro.
—Siempre reconfortante hablar contigo.
—No pretendía reconfortarte.
Eso sí suena a él.
Éléonore vuelve a tomar el control antes de que la conversación se diluya. Todavía no me están encerrando ni retirando el beneplácito. Me están indicando el límite y qué ocurrirá si decido ignorarlo.
—No acercarme al Silente.
—Sí.
—Aunque pueda saber quién soy.
—Especialmente por eso.
La irritación vuelve más fuerte.
—Vosotros lleváis semanas intentándolo.
—Y seguiremos haciéndolo.
—Claire ni siquiera había entregado el informe de cómo me encontró antes de marcharse a Italia.
Algo mínimo cambia en Safiya, pero Éléonore permanece igual.
—Eso se resolverá.
—Claro.
No añado nada más.
He entendido perfectamente.
Eso no significa que vaya a obedecer.
Ellos también lo saben.
El silencio se prolonga el tiempo suficiente para que empiece a escuchar otra vez lo que ocurre más allá de la sala: una puerta cerrándose varios corredores más lejos, un carro metálico desplazándose sobre piedra y dos corazones humanos que laten fuera de este espacio como si aquí dentro nadie estuviera decidiendo cuánto puede moverse otra persona.
Éléonore me observa.
—Procura que entenderlo sea suficiente.
Me levanto.
Nadie intenta detenerme.
La primera vez que salí de esta sala no sabía si el Círculo iba a permitirme quedarme. Ahora sé algo bastante más útil: la libertad que me han dado tiene límites exactos y ellos conservan la llave de todos.
Camino por el corredor con demasiada fuerza en las piernas.
Estoy enfadada, pero no porque crean que el Silente es peligroso.
He visto suficiente para saber que lo es.
Me enfada que la primera criatura que parece saber algo real sobre mí sea precisamente aquella a la que acaban de prohibirme acercarme.
Y me enfada todavía más que, después de verlo matar a una mujer porque interrumpió un beso, siga queriendo volver a verlo.
Doblo una esquina demasiado deprisa.
Choco con alguien.
El impacto apenas consigue moverme, pero dos manos reaccionan por reflejo y me sujetan un instante por los brazos antes de soltarme.
—Sarah.
Reconozco la voz antes de levantar la cabeza.
La sorpresa llega después.
Claire.
Durante un segundo me quedo simplemente mirándola.
Ha vuelto.
La primera diferencia está en el cabello.
Lo llevaba negro, liso y bastante más largo cuando se marchó; ahora termina a la altura de la mandíbula, cortado con una irregularidad que no parece una decisión estética.
Algunos mechones son más cortos junto a un lado, otros todavía alcanzan el cuello y ninguno tiene ese cuidado que solía convertir hasta el desorden en algo intencionado.
Parece el resultado de haber cogido unas tijeras, eliminado lo que molestaba y dejado de pensar en ello después.
Pero el pelo no es lo que me preocupa.
Es la cara.
Sigue siendo Claire. Los mismos rasgos afilados, los mismos ojos azules y la misma boca que normalmente parece estar a segundos de decir algo capaz de irritar a cualquiera que permanezca demasiado cerca.
Solo que ahora no hay nada preparado detrás.
La piel está pálida incluso para una vampira y hay una quietud extraña en la mandíbula, una forma demasiado controlada de sostener la mirada. No parece desorientada ni herida.
Parece contenida.
Eso es peor.
Claire siempre ocupa espacio incluso cuando intenta no hacerlo. Mueve los dedos, observa salidas, sonríe cuando no debería, se inclina, toca, provoca. Hasta quedarse quieta suele parecer algo temporal.
Ahora da la impresión de que está utilizando toda esa energía para no reaccionar.
—Has vuelto.
La frase me sale antes de que consiga encontrar algo mejor.
Claire asiente.
Nadie me lo había dicho. Ella explica únicamente que llegó tarde, como si eso bastara para llenar todo el hueco entre Italia y este corredor.
No basta.
La observo mejor. Lleva una chaqueta distinta, ropa sencilla debajo y ninguna señal evidente de haber regresado directamente de una pelea. Eso casi me inquieta más. La última vez volvió junto a Lucien con polvo y sangre seca encima y aun así seguía siendo fácil reconocerla debajo.
Ahora cuesta más.
—¿Qué pasó en Italia?
Sus ojos permanecen en mí.
—Nada que necesites saber ahora.
Ahí está una parte de ella.
No la que quería.
Digo su nombre y ella responde con el mío exactamente como Éléonore hace unos minutos. Todo el mundo parece haber descubierto que «Sarah» puede funcionar perfectamente como una puerta cerrada.
Doy un paso y, antes de pensarlo demasiado, le agarro ligeramente del antebrazo.
—Ven a mi habitación.
Claire baja la vista hacia mi mano.
La reacción física es inmediata. No se aparta de golpe, pero el hombro se tensa, el brazo queda rígido bajo mis dedos y aparece una distancia que no existía un segundo antes.
La suelto.
—Necesitamos hablar.
—Ahora no.
—Te pasa algo.
Sus ojos vuelven a los míos y espero la broma, la réplica rápida o cualquier comentario capaz de devolverme por un segundo a la Claire que conozco. No llega.
—A todos nos pasa algo.
—Eso es muy profundo para ti.
Nada. Ni siquiera una mueca. Eso sí me golpea.
—Claire.
Ella da un paso atrás.
—No es buena idea.
—¿Qué? ¿Hablar conmigo?
La tensión cruza brevemente su mandíbula.
—Hablar de Italia.
Eso es más concreto. Y peor.
Le pregunto si está bien y la pregunta parece alcanzarla de verdad. Claire me mira como si necesitara unos segundos para decidir qué significa exactamente. Después aparta los ojos.
—Estoy aquí.
—No era eso lo que he preguntado.
—Es la respuesta que tengo.
No sé qué hacer con ella.
La he echado de menos.
Ahora está delante de mí y tenerla de vuelta no arregla absolutamente nada.
Claire vuelve a mirarme.
—Hablaremos.
—¿Cuándo?
—Cuando pueda.
Antes habría insistido, pero hay algo en la forma en que lo dice que me detiene. No porque parezca frágil —Claire no parece frágil—, sino cerrada de una forma que convierte cualquier intento de acercarme en empujar contra una puerta que ella misma está sosteniendo desde el otro lado.
Asiento y la dejo marcharse.