VEINTE
Lucien vuelve al refugio y recuperamos los entrenamientos prácticamente donde los dejamos, aunque ahora dedica más tiempo a engañar mi percepción que a enseñarme a pelear.
Obstáculos, cambios de adversario, movimientos fuera de mi campo de visión y posturas diseñadas para provocar una respuesta equivocada.
A veces funciona. Otras termino en el suelo.
Recibir más información no sirve de mucho si alguien con suficiente experiencia sabe llenarla de basura.
Entre una sesión y otra trabajo con la sangre alterada: comparo muestras, intento reconocer la anomalía dentro de sangre normal y reviso material incautado en otros puntos de París.
Puedo detectar que algo está mal; seguimos sin saber qué demonios es ni quién lo fabrica.
Aparecen rastros, recipientes y nombres falsos. Ninguno conduce a ninguna parte.
Yo tampoco cuento lo ocurrido con el Silente.
La mujer del parque vuelve a mi cabeza más veces de las que me gustaría admitir, casi siempre acompañada de algo bastante peor: el recuerdo de su boca justo antes.
Puedo pensar en el corazón deteniéndose y, en la misma línea de pensamiento, recordar la presión de su mano en mi cintura.
Las dos cosas siguen existiendo sin anularse entre sí.
Me resulta desagradable descubrirlo, pero no lo suficiente para mentirme sobre ello.
Una noche, poco después de terminar de entrenar, un mensaje me espera fuera de la sala.
El Círculo quiere verme.
No necesito preguntar dónde.
Camino hacia aquella parte del refugio con una sensación distinta a la primera vez.
Entonces apenas sabía qué era yo y las personas que me esperaban al otro lado de la puerta podían haber sido cualquier cosa: jueces, propietarios, monstruos con mejores modales que los que había conocido fuera.
Ahora conozco sus nombres, o al menos suficientes.
He hablado con Safiya entre libros y documentos, he encontrado a Ilya cubierto de polvo de piedra mientras esculpía un gato que todavía no entiendo y he aprendido a reconocer la forma en que Éléonore consigue mandar sin necesidad de levantar la voz.
Incluso los rostros con los que apenas he cruzado unas palabras han dejado de parecer figuras intercambiables detrás de una autoridad común.
Eso no significa que me apetezca volver.
La puerta se abre para mí y entro.
La sala no ha cambiado desde aquella primera noche, pero yo sí, y eso altera bastante la impresión.
La piedra oscura continúa formando una cámara amplia y alta, más sobria que las zonas modernas del refugio, con una iluminación cálida concentrada sobre la parte central y suficiente penumbra alrededor para que las paredes parezcan alejarse más de lo que están.
No hay decoración que suavice el espacio ni nada colocado allí para hacer cómoda una comparecencia. Solo piedra, madera oscura, algunas sillas y la disposición deliberada de cinco personas que da a la habitación un centro aunque nadie haya marcado uno en el suelo.
La primera vez me fijé en ellos como un conjunto.
Ahora no puedo.
Reconozco a Ilya antes incluso de verle bien la cara por la quietud con la que ocupa su sitio; sin polvo de piedra en las manos vuelve a parecer casi otra persona.
Safiya tiene varios documentos delante y una expresión que no me permite adivinar si alguno lleva mi nombre.
Alaric está a su lado, con la misma calma casi irritante con la que habló conmigo entre libros sobre orígenes, recuerdos y respuestas que nadie podía demostrar.
El último miembro mantiene esa reserva que ya empiezo a asociar con cualquier conversación en la que yo soy probablemente el asunto y la última en saberlo.
Éléonore está en el centro.
No parece sorprendida de verme ni particularmente interesada en hacerme esperar.
Lleva la espalda recta, las manos apoyadas delante y esa clase de inmovilidad que no transmite descanso, sino control.
Sus ojos recorren mi cara apenas entro y tengo la impresión de que la sala vuelve a ser exactamente la misma de aquella primera comparecencia.
Solo que esta vez no necesito que nadie me explique quiénes son.
Me detengo frente a ellos.
Éléonore levanta la barbilla.
—Sarah.
No me invita a sentarme, pero tampoco pienso quedarme de pie delante de cinco personas como si hubiera venido a confesar algo.
Elijo una de las sillas frente a ellos y me acomodo despacio, no por desafío, sino porque ya he aprendido que aquí cualquier gesto nervioso parece convertirse en información.
Desde la primera vez que entré en esta sala he dejado de ver al Círculo como una masa de rostros intercambiables.
Safiya ocupa uno de los extremos con varios documentos delante y esa paciencia irritante que puede convertir un «no lo sabemos» en algo casi razonable.
Ilya permanece más apartado, sin una sola mota de polvo en las manos, tan distinto del hombre que trabaja piedra en su taller que durante un segundo cuesta asociarlos.
Éléonore sigue en el centro sin necesidad de una silla distinta ni ningún símbolo de autoridad; simplemente el resto del espacio termina organizándose alrededor de ella.
Conocerlos no hace la sala menos incómoda.
Solo me revela quién me está mirando.
Éléonore espera hasta que termino de sentarme y entonces me recuerda que el beneplácito no elimina las condiciones bajo las que permanezco en París. La formulación es tan cuidadosamente administrativa que tardo apenas un instante en entender que no me han llamado para felicitarme por nada.
—No recuerdo haber dicho que las eliminara.
Safiya interviene para aclarar que poder moverme sin pedir autorización previa no significa que haya dejado de estar bajo responsabilidad del Círculo.
La palabra responsabilidad me hace contener una sonrisa desagradable.
Hace unas noches significaba confianza suficiente para darme un coche y unas credenciales.
Ahora empieza a sonar sospechosamente parecida a propiedad.
Éléonore no me deja convertirlo en una discusión lateral.
—Tampoco significa que podamos ignorar determinadas compañías.
La frase me coloca el nombre en la cabeza antes de que nadie lo pronuncie.
Ilya mueve apenas los dedos sobre la mesa. Safiya mantiene los ojos en mí.
Éléonore confirma lo evidente.
—El Silente.
Así que saben.
No pregunto cómo. El cigarrillo cayendo de los dedos de aquella mujer me basta para saber qué parte de la historia no quiero que conozcan.
—¿Qué pasa con él?
Éléonore explica que sigue apareciendo demasiado cerca de mí para que el Círculo considere los encuentros casuales. Club. Restaurante. Y, según parece, al menos otro contacto posterior. La última parte inmoviliza mis dedos sobre el reposabrazos.
No tienen cara de estar probando suerte.
Lo saben.
—¿Me seguís?
—No.
La respuesta de Éléonore llega limpia.
—Entonces alguien lo hace.
—No conviertas esto en una discusión sobre vigilancia.
—Es complicado cuando sabéis con quién estoy sin que yo os lo haya dicho.
La expresión de Éléonore no cambia, pero mi nombre basta para cerrar el desvío.
Lo que quieren dejar claro es otra cosa: no saben qué quiere el Silente de mí.
Lucien tampoco sabía contestarlo. El Círculo tiene referencias antiguas, descripciones repetidas y suficientes huecos como para considerarlo peligroso precisamente porque no pueden clasificarlo, controlarlo ni predecir qué pretende.
Eso no impide que hayan decidido perfectamente qué tengo que hacer yo.
—Mantente lejos de él.
La orden queda entre nosotros.
Me sorprende lo mucho que me irrita.
—¿Eso es todo?
No. No debo buscarlo, aceptar nada suyo ni permitir que me lleve a ningún sitio. Si aparece, me marcho. Si intenta quedarse conmigo, corto el contacto. Y, sobre todo, no debo volver a quedar aislada con él.
Pienso en una verja fría contra mi espalda.
En su boca.
En un corazón que simplemente dejó de latir.
Quizá algo cambie en mi expresión porque Safiya se queda observándome durante un segundo más de lo habitual.
—¿Por qué? —pregunto.
Éléonore no intenta suavizarlo. El problema no es solo que desconozcan sus límites, sino que él parece saber cosas sobre mí que ellos todavía están intentando averiguar.
Ahí está exactamente la parte que vuelve la orden insoportable.
—Entonces quizá sea precisamente la persona a la que debería preguntar.
Ilya responde antes que nadie.
—Sería una mala idea.
—¿Porque puede mentirme?
Su mirada no se mueve.
—Porque también puede decirte la verdad y tú todavía no sabrías distinguirla de una mentira.
Eso me calla.
Solo un momento.
El Círculo no puede exigirle explicaciones al Silente. No pertenece a ninguna corte conocida, no responde ante ellos y no existe pacto alguno que les permita decirle dónde puede estar o a quién puede acercarse. Así que el único elemento de toda la situación sobre el que sí tienen autoridad soy yo.
La conclusión es tan evidente que me río una vez.
Sin humor.
—Qué práctico.
Éléonore ni siquiera intenta negarlo.
—Lo es.
Y entonces pregunto lo único que de verdad importa.
—¿Qué pasa si no obedezco?
El silencio cambia.
No hay miradas cruzadas ni una consulta improvisada. Safiya cierra la carpeta que tenía delante. Ilya permanece inmóvil. Nadie necesita decidir nada porque la respuesta ya existía antes de que yo entrara.
Eso me molesta más que una amenaza improvisada.
—Revocaremos tu beneplácito —dice Éléonore.
La frase cae de forma demasiado sencilla.
Veo las llaves que Ephraim dejó en mi mano, el coche en el aparcamiento, la puerta exterior atravesada sin necesidad de explicar adónde iba.
Todo aquello que hace apenas unos días significaba libertad aparece de pronto enumerado desde el otro lado: algo concedido y, por tanto, algo que puede retirarse.
Éléonore continúa. Primero desaparecerían mis credenciales de salida y el vehículo asignado. Volvería a necesitar autorización para cada desplazamiento y acompañamiento fuera del refugio. Si aun así intentara saltarme las restricciones, entonces tomarían medidas para impedirlo.