DIECINUEVE #3
—Te ha pedido fuego.
—Y nos ha interrumpido.
Lo miro esperando una sonrisa, una provocación o cualquier señal de que está estirando una broma demasiado lejos.
No llega.
—¿Hablas en serio?
Inclina la cabeza.
—Sí.
Algo empieza a hervirme debajo del esternón.
—No has dudado ni un segundo.
—No había demasiado que decidir.
—Era una persona.
—Era una interrupción.
La forma en que lo dice enfrenta toda La atracción de hace un momento con algo mucho más frío.
Yo he matado.
Óscar está muerto porque decidí que quería que muriera.
Estaba drogado, era más lento, podía detenerme y no lo hice.
No necesito inventarme una excusa para eso.
Víctor murió porque perdí el control y solo después descubrí quién decía ser.
Antes de ellos dejé otros cadáveres cuando apenas sabía qué era.
No puedo colocarme delante de este hombre y fingir que la muerte me resulta ajena.
Pero esto…
La mujer no lo atacó. No sabía qué era. No representaba ninguna amenaza. Ni siquiera llegó a tocarlo. Pidió fuego.
—No has dudado.
—No.
—Ni un segundo.
—No había nada que considerar.
Miro otra vez el cuerpo. El abrigo claro se ha abierto parcialmente al caer y una de sus manos permanece doblada junto a la cara. El cigarrillo sigue en el suelo. A lo lejos la Torre Eiffel continúa iluminada igual que hace un minuto.
Todo sigue.
Eso lo vuelve peor.
—Era una persona.
El Silente inclina apenas la cabeza.
—Sí.
No busca una razón mejor.
No intenta explicarme que era peligrosa, que sabía demasiado o que habría ocurrido algo peor si la dejaba marcharse.
Ni siquiera miente.
La ausencia absoluta de necesidad de justificarse me golpea con más fuerza que la muerte.
—¿Tienes conciencia?
Sus ojos se fijan en mí con algo parecido a curiosidad.
—¿Conciencia?
—Eso que suele impedir que mates a una desconocida porque te molesta durante cinco segundos.
Parece considerar la pregunta.
De verdad.
—No de la forma que esperas.
Eso es peor que un simple no.
Me separo de la verja y pongo distancia entre nosotros. Él deja caer la mano que todavía mantenía en mi cintura sin intentar retenerme.
—Joder.
—Sarah.
—No.
Miro a la mujer.
A estas horas hay menos gente, pero no estamos solos en París.
Alguien terminará pasando por este camino.
Un corredor, una pareja volviendo a casa, alguien sacando un perro demasiado tarde.
Encontrarán un cuerpo debajo de los árboles con un cigarrillo sin encender a pocos centímetros de los dedos.
Llegará una ambulancia que no servirá para nada.
Quizá haya una identificación en el bolso.
Quizá mañana alguien reciba una llamada.
Todo porque decidió pedir fuego a la persona equivocada.
—Yo he matado a gente —digo.
No responde.
—Y hasta yo puedo explicar por qué.
Una pequeña sonrisa aparece en su boca. No es burla; se parece más a interés.
—Qué tranquilizador.
—No estoy intentando tranquilizarte.
—Ya.
—Acabas de matar a una mujer porque nos ha interrumpido.
—Sí.
La confirmación vuelve a golpearme.
—¿Y no te importa?
—No.
—Ni siquiera la conocías.
—Precisamente.
Lo miro.
Quizá eso sea lo que finalmente coloca una pieza que llevo desde el primer club intentando encajar. La ausencia de culpa no es una pose. Tampoco la tranquilidad con la que observa a los muertos mientras otros vampiros hablarían de hambre, reglas o necesidad.
No pesa igual para él.
—Eres un monstruo.
Recibe la frase con la misma calma que todo lo demás.
—Probablemente.
La respuesta me enfurece todavía más.
—No te hace gracia.
—No me estoy riendo.
Y es verdad.
Eso también es peor.
Retrocedo otro paso. La verja deja de estar detrás de mí y el aire frío de la calle vuelve a ocupar el espacio que hace apenas unos minutos llenaba su cuerpo.
—No —digo otra vez, más para mí que para él.
Doy otro paso. Acabo de besarlo. Hace apenas un minuto la tenía sobre la mía y todavía recuerdo la presión exacta de sus dedos en mi cintura, su cuerpo encerrándome contra la verja y aquella sensación imposible de que la oscuridad a su alrededor se movía de una manera que no comprendía.
Después miro el cadáver. Las dos cosas existen al mismo tiempo. Eso es lo peor. No que haya dejado de desearlo.
Que no.
Retrocedo otro paso.
—Sigues sin decirme qué quieres de mí.
Hay una pausa detrás.
—Eso mataría la diversión.
Miro por encima del hombro.
Él sigue en el mismo lugar.
La mujer muerta está a pocos metros de sus pies.
—Creo que ya has matado bastante diversión por esta noche.
El Silente observa cómo aumento la distancia sin intentar acercarse ni detenerme, y termino dándome la vuelta para caminar hacia la avenida.
No corro, no porque confíe en él, sino porque sé que serviría de bastante poco si decidiera seguirme.
Detrás de mí no escucho pasos, solo el ruido lejano del tráfico, el viento moviendo las ramas y los corazones humanos dispersos por la noche.
—Sarah.
Su voz me alcanza limpia.
Me detengo.
No me giro.
—Esta conversación no ha terminado.
—Por mí sí.
—No.
No suena a amenaza.
Es peor.
Suena a certeza.