Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) DIECINUEVE #2
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DIECINUEVE #2

Él no pregunta quién me lo ha dicho.

—No parece impresionarte.

—Todavía estoy decidiendo si debería.

—¿Y?

—Lucien sabe sorprendentemente poco para poner esa cara cada vez que apareces.

Ahora sí sonríe.

—Qué atento por su parte.

Hay algo en el modo en que lo dice que me hace pensar que lo conoce, aunque eso no significa gran cosa. Marc también parece conocerlo. El Círculo tiene registros. Medio mundo posee alguna pieza de una historia que sigue evitando caer delante de mí completa.

Me apoyo ligeramente contra la verja que bordea el camino.

—Tengo una teoría.

—Eso siempre es peligroso.

—¿Eres tú quien entra en mi habitación?

La sonrisa desaparece.

No porque parezca preocupado.

Solo atento.

—¿Para qué?

—Dejar cartas.

Eso es información nueva para él o interpreta muy bien que lo sea. Con él todavía no sé distinguir la diferencia.

—No.

—Respuesta rápida.

—La pregunta era sencilla.

—Lucien también hace eso. Es irritante.

—Me esforzaré por ser menos parecido a él.

—No creo que exista ese riesgo.

Me aparto de la verja y doy un paso hacia él.

—Las cartas hablan de cosas que han ocurrido. Algunas que casi nadie conoce. Tú apareces donde estoy sin que nadie te haya dicho dónde voy a estar, sabías mi nombre antes de que yo te lo diera y ahora vuelves a encontrarme caminando por París a medianoche.

Inclina la cabeza.

—Suena preocupante cuando lo enumeras así.

—Esa era la idea.

—Entonces lo has hecho bien.

Aprieto la mandíbula.

—¿Las escribes tú?

—Se quien no las escribe.

—¿Quién?

—Yo.

—Eres insoportable.

—No tanto.

La facilidad con la que lo admite me desarma durante medio segundo.

Su mirada baja hasta mi boca. Ahí. Otra vez.

Lo noto antes de poder decidir si quiero notarlo.

Mi cuerpo recuerda demasiado bien el club, la mano en mi cintura, su cara acercándose lo suficiente para hacerme creer que iba a besarme y el movimiento deliberado con el que terminó girándome hacia Óscar.

No debería seguir molestándome que no lo hiciera.

Me molesta.

—Deja de hacer eso.

Sus ojos vuelven a los míos.

—¿Qué?

—Sabes perfectamente qué.

—No.

—Mirarme la boca.

La comisura de sus labios se curva.

—Podría mirar otra cosa.

—No era una invitación.

—Qué pena.

Lo odio un poco.

No lo suficiente.

Ese es el problema.

Hay mucha menos gente alrededor que en el club y ninguna música golpeándome el pecho para llenar los silencios.

Solo París extendiéndose más allá de los árboles, el tráfico distante y la Torre Eiffel iluminada detrás de él.

Puedo escuchar dos corazones alejándose por otro camino, otro mucho más lejano cerca de la avenida y el mío no existe para hacer absolutamente nada útil con la tensión que se me instala bajo las costillas.

Que puto problema.

Mis dedos se cierran sobre la tela de su abrigo y tiro de él.

Su boca encuentra la mía.

Está tibia. Eso es lo primero que me sorprende. No fría como esperaba por costumbre. Tibia de una forma extraña, casi humana, aunque nada en él consigue parecer humano durante demasiado tiempo.

Una mano se cierra alrededor de mi cintura y me arrastra contra él mientras la otra sube por el lateral de mi cuello hasta sujetarme la mandíbula.

No hay vacilación ni la espera deliberada con la que me provocó en el club.

Inclina la cabeza, cambia el ángulo y toma el control con una facilidad irritante, convirtiendo mi impulso inicial en algo mucho más difícil de manejar.

Mi espalda encuentra la verja metálica detrás de mí.

No sé si he retrocedido yo o me ha llevado él hasta allí.

Probablemente ambas cosas.

La presión fría del hierro atraviesa la chaqueta mientras su cuerpo ocupa todo el espacio que queda delante.

Mantengo una mano agarrada a su abrigo; la otra termina en su nuca, entre el cabello negro que el viento ha enfriado.

Su cuerpo está tibio. No exactamente caliente, pero sí demasiado próximo a algo vivo para encajar con cualquier clasificación que conozca, y mi cabeza intenta analizar justo la parte de la situación que menos me interesa analizar.

Lo beso más fuerte. Su mano en mi cintura se cierra. París continúa alrededor. Un coche cruza la avenida. Una bicicleta pasa a distancia. El viento mueve las ramas sobre nuestras cabezas y varios corazones humanos siguen latiendo suficientemente cerca para que pueda distinguirlos si quiero.

No quiero.

Solo lo percibo a él. Y ahí empieza lo extraño. No tiene corazón. Ya lo sabía.

Pero mi percepción, que normalmente utiliza la ausencia para separar vampiros de humanos, tampoco consigue colocarlo en ese silencio familiar.

Hay algo donde debería existir vacío. Una presión difícil de fijar, como si el espacio alrededor de su cuerpo tuviera demasiados bordes.

Abro los ojos sin dejar de besarlo y la oscuridad bajo los árboles parece más profunda alrededor de sus piernas.

Parpadeo.

Las sombras vuelven a ser sombras, o quizá nunca dejaron de serlo y mi percepción acaba de deformar algo que no entiende. Me separo apenas, lo suficiente para mirarlo mejor, y él abre los ojos. Plateados a centímetros de los míos.

Estoy a punto de gritar.

Lo he besado.

Su mano continúa en mi cintura y los dedos de la otra siguen apoyados bajo mi mandíbula.

—¿Qué? —pregunta.

Miro hacia el suelo.

Nada.

Grava, hierro, sombras proyectadas por las farolas y ramas moviéndose con el viento.

—Nada.

No me creo demasiado.

Por la expresión de su boca, él tampoco.

No tiene tiempo de insistir.

—Perdonad. ¿Tenéis fuego?

La voz llega desde nuestra izquierda.

Al girarnos, su mano abandona mi mandíbula y la mía cae de su nuca.

Una mujer se ha detenido en el camino a unos metros de nosotros.

Debe rondar los veintitantos o treinta y lleva un abrigo claro demasiado fino para el frío, bufanda oscura y un cigarrillo entre los dedos.

Tiene las mejillas enrojecidas y el equilibrio suficiente para caminar, aunque el olor tenue a alcohol llega hasta mí antes de que vuelva a hablar.

Nos mira con esa expresión incómoda de quien sabe perfectamente qué acaba de interrumpir.

La mujer levanta un poco el cigarrillo.

—Un mechero. Lo que sea.

Yo no llevo y estoy a punto de decírselo cuando una alarma sin forma se enciende dentro de mí.

Su postura permanece igual, la mano sigue en mi cintura y ni siquiera se gira del todo hacia ella.

No veo ningún arma, ningún gesto de ataque ni ese reajuste físico que Lucien lleva semanas enseñándome a identificar antes de que alguien haga fuerza.

Aun así, mi percepción se tensa. Escucho el corazón de la mujer marcar un latido, después otro, mientras él continúa observándola, y el siguiente no llega.

Su cuerpo se vence sin un grito ni un intento de sujetarse a nada; las rodillas ceden primero y después cae sobre la grava con un sonido seco, el cigarrillo escapando de sus dedos y rodando unos centímetros antes de detenerse.

Me quedo inmóvil, escuchando por puro instinto, buscando un latido débil, un ritmo irregular, cualquier señal de que siga viva, pero no encuentro nada.

Aparto de golpe la mano del abrigo del Silente.

—¿Qué has hecho?

Su mirada baja hacia el cuerpo durante apenas un instante antes de regresar a mí.

—Acabar con la interrupción.

Tardo varios segundos en procesarlo.

—¿La has matado?

—Sí.

La respuesta llega con la misma tranquilidad con la que podría haber confirmado la hora.

Miro a la mujer.

Después a él.

—Te ha pedido fuego.

—Sí.