Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) DIECINUEVE
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DIECINUEVE

La noche siguiente espero hasta cerca de medianoche para salir.

No porque tenga ningún sitio al que ir. Precisamente por lo contrario.

Claire sigue en Italia, Lucien tampoco está en el refugio y he pasado demasiado tiempo con la cabeza metida entre libros que ofrecen tres orígenes distintos para los vampiros, páginas cortadas y suficientes versiones de la verdad como para que ninguna termine pareciéndolo.

Podría encerrarme en mi habitación y seguir leyendo hasta que el amanecer me apague, pero la idea de pasar otras horas bajo tierra empieza a resultarme insoportable.

Así que dejo transcurrir casi toda la noche hasta que París debería haberse vaciado un poco, cojo la chaqueta y salgo sin más objetivo que caminar.

No busco respuestas.

Por una vez, ni siquiera quiero encontrarlas.

Quiero moverme sin que cada puerta conduzca a alguien que sabe más que yo.

A esas horas París no está vacío, pero ha cambiado.

Las avenidas grandes todavía arrastran taxis, autobuses nocturnos y algún coche que atraviesa demasiado rápido los cruces, mientras que las calles secundarias han empezado a quedarse para quienes vuelven tarde a casa, parejas que caminan sin prisa y grupos pequeños saliendo de restaurantes que ya están recogiendo las terrazas.

Las persianas metálicas cubren parte de los escaparates, quedan sillas apiladas detrás de cristales empañados y, de vez en cuando, una brasserie continúa encendida con dos o tres mesas ocupadas junto a la ventana.

Huele a humedad, piedra mojada, humo de tabaco y comida que se enfría detrás de puertas cerradas.

Camino.

Eso es todo.

Al principio presto demasiada atención a cada sonido porque ahora puedo hacerlo.

Un tacón golpea la acera al otro lado de una manzana, una bicicleta pasa detrás de mí, alguien arrastra una bolsa de basura hasta el bordillo y varios corazones aparecen y desaparecen dentro de edificios que ni siquiera estoy mirando.

Me obligo a hacer lo que Lucien me enseñó: escuchar sin perseguir.

Dejar que una puerta se cierre sin averiguar quién la cerró.

Percibir un corazón sin necesitar localizar el cuerpo que lo contiene.

Permitir que la ciudad exista alrededor sin convertirla entera en información que tengo que resolver.

Funciona a ratos.

Cuando no, sigo andando.

No tengo una ruta. Cruzo calles porque el semáforo cambia, giro porque una fachada me llama la atención o porque al fondo aparece una avenida más despejada que la anterior. Poco a poco las calles se ensanchan y el aire trae una humedad distinta.

El Sena aparece entre edificios y árboles desnudos antes de que me dé cuenta de cuánto he caminado.

La superficie oscura recoge luces deformadas de los puentes y las rompe cada vez que pasa una embarcación tardía.

Al otro lado, fachadas de piedra se extienden en hileras casi iguales hasta que algún edificio iluminado rompe la continuidad.

Sigo el río durante un rato.

No sé por qué.

Quizá porque es difícil perderse del todo si una masa enorme de agua sigue avanzando junto a ti.

Termino alejándome del muelle y atravesando calles cada vez más tranquilas. Cuando vuelvo a levantar la vista, la Torre Eiffel aparece entre los edificios.

Me detengo.

Hasta ahora la había visto a distancia, fragmentada entre tejados o desde un coche.

Aquí ocupa el fondo entero de la avenida, iluminada contra un cielo sin estrellas, demasiado grande para parecer completamente real.

El entramado metálico recortado en luz cálida domina los árboles oscuros y los edificios bajos que quedan alrededor.

Hay todavía algunos turistas desperdigados, una pareja intentando hacerse una fotografía con un teléfono, dos hombres fumando cerca de una verja y un corredor nocturno que pasa con música escapando débilmente de sus auriculares, pero nada parecido a la multitud que probablemente llenaría el lugar unas horas antes.

Me gusta más así.

La ciudad parece seguir despierta sin necesidad de estar gritándolo.

Cruzo hacia uno de los caminos laterales que bordean la zona ajardinada.

La grava húmeda cruje bajo mis botas y las ramas desnudas proyectan sombras finas sobre el suelo.

Desde ahí la torre continúa visible entre los árboles, enorme y absurda, mientras el ruido del tráfico llega amortiguado desde las avenidas próximas.

Durante un rato consigo exactamente lo que quería.

Un hombre camina hacia mí. No va deprisa.

Ni siquiera parece venir a por mí al principio.

Avanza como si estuviera paseando.

Y lo reconozco.

Las manos descansan dentro de los bolsillos de un abrigo negro abierto y el paso es lento, despreocupado, sin esa tensión que suele acompañar a alguien que ha visto a la persona que buscaba.

Debajo del abrigo lleva ropa clara: unos pantalones marrón muy pálido y una camisa entre beige y blanco hueso, abierta lo suficiente en el cuello para que la combinación resulte todavía más extraña después de haberlo visto siempre vestido de oscuro.

Con la Torre Eiffel encendida a su espalda, las luces cálidas del metal rozan por momentos la tela clara y recortan el borde negro del abrigo mientras se acerca.

Entonces el viento le mueve el cabello.

Negro, abundante y ondulado, bastante más indisciplinado de lo que parecía dentro del club.

El aire le empuja algunos mechones hacia atrás y otros vuelven a caerle sobre la frente casi inmediatamente, rozándole las cejas y ocultando por momentos parte de los ojos.

No parece haberse molestado en apartárselos.

Camina con ellos cruzándole la cara, apareciendo y desapareciendo entre el pelo oscuro cada vez que las farolas alcanzan el ángulo correcto.

Plateados.

El Silente.

Freno en seco.

Hay algo casi ofensivo en verlo así.

Hasta ahora siempre había aparecido dentro de espacios cerrados, rodeado de música, sangre, cuerpos o luz artificial.

Aquí no hay nada que lo contenga. Solo un camino húmedo, árboles desnudos, París extendiéndose detrás de las verjas y la Torre Eiffel elevándose a su espalda mientras él avanza hacia mí como si no existiera ninguna razón en el mundo para apresurarse.

Puedo verle mejor la cara cuanto más se acerca.

Es demasiado joven para todas las referencias antiguas que Lucien asegura haber encontrado sobre él.

No aparenta mucho más de veintitantos. La piel es pálida, pero no con el tono muerto y uniforme de los vampiros del refugio; bajo aquella luz conserva sombras distintas en los pómulos y alrededor de los ojos.

Tiene el rostro estrecho, anguloso, con los pómulos altos y marcados y una mandíbula limpia que se afila ligeramente hacia el mentón.

La nariz es recta, proporcionada, y la boca resulta demasiado suave para el resto de las facciones, con el labio inferior algo más lleno y una forma que parece estar siempre a medio camino entre la indiferencia y una sonrisa que todavía no ha decidido conceder.

Pero son los ojos los que estropean cualquier posibilidad de considerarlo simplemente atractivo.

No solo por el color.

Son claros hasta resultar antinaturales, un plata frío que a veces parece gris cuando un mechón de cabello los cubre y vuelve a encenderse cuando el viento le despeja la cara.

Están ligeramente hundidos bajo unas cejas oscuras y rectas, lo suficiente para que su mirada resulte más intensa de lo que debería incluso cuando no está haciendo nada con ella.

Y ahora mismo no está haciendo nada. Solo me mira mientras camina.

Eso lo empeora. Su expresión permanece tranquila.

Ni sorpresa por encontrarme aquí ni esa sonrisa burlona que suele aparecer cuando empiezo a hacer preguntas.

Parece haberme visto desde mucho antes de que yo lo detectara y haber decidido simplemente continuar hacia mí.

Después de la conversación con Lucien debería sentir alarma.

La siento.

Probablemente. El problema es que llega mezclada con otra cosa bastante menos útil.

Porque vestido así, con el abrigo negro abierto sobre la camisa clara, el viento desordenándole el pelo y la Torre Eiffel iluminada detrás, el Silente parece menos una de las criaturas imposibles sobre las que he estado leyendo y más un hombre que ha salido a caminar por París a medianoche.

Hasta que levanta los ojos del todo hacia mí. Entonces se acaba la parte humana.

Continúa acercándose.

No mira a los lados. No comprueba si hay alguien más en el camino. Tampoco acelera cuando nuestras miradas se encuentran. Las manos siguen dentro de los bolsillos y el abrigo se mueve alrededor de sus piernas con cada paso, abierto por el viento.

Yo permanezco donde estoy. Podría seguir caminando.

Tengo espacio de sobra. No lo hago. Cuando por fin se detiene quedan apenas un par de pasos entre nosotros.

De cerca, el viento vuelve a dejarle un mechón negro atravesado sobre uno de los ojos y tarda unos segundos en apartarse por sí solo. Él tampoco hace el esfuerzo.

Me mira.

Yo le sostengo la mirada.

—Vaya —digo—. Qué casualidad.

Esa boca demasiado bonita para alguien tan irritante se curva apenas.

—Estaba pensando lo mismo.

—Claro.

Miro deliberadamente el camino por el que acaba de llegar y después detrás de mí.

—París debe de ser diminuto.

—Eso explicaría muchas cosas.

—O me estás siguiendo.

—También explicaría algunas.

No responde. Otra característica suya. Cruzo los brazos.

—Empieza a resultar sospechoso.

Sus ojos recorren mi cara con esa lentitud que ya conozco.

—Muchas cosas te resultan sospechosas.

—Últimamente tengo bastante material.

—Y aun así sales sola.

—Tengo permiso.

—No hablaba de permiso.

Lucien.

No te quedes sola con él.

Casi me irrita que consiga aparecer en mi cabeza justo ahora.

—Sé cómo te llaman —digo.

Eso sí produce algo.

Muy poco.

Sus ojos permanecen en mí, pero la diversión de su boca se detiene apenas.

—¿Ah, sí?

—El Silente.

El viento mueve una rama por encima de nosotros. A lo lejos se escucha el golpe de una puerta de coche y después un motor alejándose.