DIECIOCHO #2
Hay demasiadas variables, explica. Edad, cantidad, procedencia, relación entre ambos, estado del receptor. La sangre no es una fórmula en la que dos ingredientes produzcan siempre el mismo resultado.
—Pero si Víctor era realmente mi hermano…
—Entonces el parentesco podría ser relevante para lo que ocurrió cuando bebiste de él.
La respuesta se queda entre nosotros.
No es una confirmación.
Pero tampoco la descarta.
Eso es más de lo que tenía.
Miro los documentos otra vez.
—¿Puede hacerte recordar?
Safiya tarda un poco antes de contestar.
—Hay testimonios.
Mi atención vuelve hacia ella.
—¿De recuerdos recuperados?
—De experiencias que quienes las vivieron interpretaron como recuerdos.
—Eso no es lo mismo.
—Exacto.
Existen relatos de memoria asociada a la sangre, pero no suficientes para separar recuerdo real, sugestión, percepción del otro y reconstrucción posterior.
Safiya no dramatiza la advertencia ni intenta decirme qué debo sentir al respecto.
Simplemente señala que beber de alguien esperando recuperar una vida perdida probablemente sea una manera bastante mala de averiguar quién fui.
—No estaba planeándolo.
—Bien.
Pienso en Víctor de todos modos. En su cara cuando comprendió que yo no sabía quién era. En cómo murió todavía sabiendo algo sobre mí que ahora ya no puede contarme.
No digo nada. Safiya tampoco pregunta. Eso me gusta más de ella que cualquier respuesta que me haya dado hasta ahora. Después vuelvo a la cuestión que me ha traído.
—Entonces no sabéis de dónde vengo.
—Todavía no.
—Y para avanzar necesitáis el informe de Claire.
—Ayudaría.
—Claire está en Italia.
—Sí.
—Lucien también está fuera.
—Sí.
La miro.
—Esto empieza a parecer una conspiración bastante mediocre.
Esta vez sí aparece una pequeña sonrisa.
—Las mejores suelen ser más organizadas.
Mi boca se mueve antes de que pueda evitarlo.
Miro las estanterías.
Si nadie puede decirme quién soy, quizá al menos pueda descubrir qué posibilidades existen.
—¿Dónde guardáis los textos sobre linajes?
Safiya señala uno de los corredores laterales.
—Historia antigua. Tercer pasillo. Los dos últimos cuerpos de estanterías.
Me levanto.
—¿Puedo leerlos?
—La mayoría.
Me detengo.
—Acabas de arruinar una frase perfectamente buena.
—Te acostumbrarás.
—Todo el mundo aquí confía demasiado en eso.
Voy hacia las estanterías.
Descubro muy pronto que buscar información sobre el origen de los vampiros es considerablemente menos sencillo que encontrar anatomía o protocolos de alimentación.
Los textos modernos tienden a esquivar el problema, resumirlo en unas páginas o esconder la falta de respuestas bajo expresiones como mitología fundacional , tradiciones divergentes y genealogías no verificables .
Uno dedica prácticamente un capítulo entero a advertir contra la confusión entre genealogía e historia, que me parece una manera bastante elegante de escribir no tenemos ni puta idea utilizando demasiadas palabras.
Los textos antiguos son menos prudentes.
Encuentro una recopilación de relatos copiados de documentos mucho anteriores.
En uno, el primer vampiro fue un hombre que derramó sangre de su propia familia y recibió como condena un hambre que únicamente podía aliviar robando la vida de otros.
El relato cambia según la copia: hermano, hijo, compañero.
La víctima parece importar menos que la estructura de la historia.
Sangre pagada con sangre, noche, hambre y una descendencia obligada a heredar una culpa que probablemente ya nadie recuerda.
Otro manuscrito rechaza esa versión y afirma que criaturas semejantes a los vampiros existían antes de que los humanos empezaran a escribir sobre ellas.
Según ese texto, no fueron humanos transformados, sino algo anterior que aprendió a adoptar una apariencia humana porque alimentarse resultaba más sencillo entre criaturas que lo reconocían como semejante.
Un tercero sostiene que nunca hubo un único origen.
Ese me obliga a sentarme.
Acerco una lámpara y dejo el volumen abierto delante.
El papel tiene un color irregular, más oscuro en los bordes, y varias notas posteriores ocupan los márgenes con tintas diferentes.
El texto habla de líneas antiguas aparecidas en lugares y épocas demasiado alejados entre sí para compartir un creador conocido.
Algunas mostraban rasgos similares. Otras presentaban diferencias que los autores no consiguen explicar.
Hay referencias a sentidos mucho más desarrollados de lo normal, particularidades físicas transmitidas por sangre y capacidades que desaparecieron durante generaciones antes de volver a manifestarse.
Mi atención se queda atrapada ahí.
Generaciones.
Sangre. Rasgos que desaparecen y regresan. Pienso en Víctor otra vez. Paso una página.
Después otra.
Y encuentro un hueco. Varias hojas han desaparecido.
No están desgastadas ni arrancadas por el tiempo; alguien las ha cortado deliberadamente cerca del lomo.
Los pequeños restos que permanecen adheridos a la encuadernación forman una línea demasiado limpia para confundirse con un accidente. Paso un dedo cerca del borde.
—Ese libro tampoco va a decirte quién eres.
Levanto la cabeza.
Safiya se ha detenido al otro lado de la mesa.
No la había oído acercarse.
Eso me irrita, sobre todo porque llevo dos noches orgullosa de escuchar personas antes de que doblen una esquina.
—Empiezas a ser inquietantemente silenciosa.
—Tú empiezas a confiar demasiado en lo que oyes.
Buen punto.
Se sienta frente a mí y gira el volumen.
Ahora que la lámpara cae de lado sobre su rostro puedo verla todavía mejor.
La trenza negra descansa sobre su pecho y las pequeñas piezas doradas cerca de las sienes reflejan la luz cada vez que mueve la cabeza.
Lleva pendientes pequeños, un anillo ancho de metal oscuro y poco más.
No necesita demasiados adornos. Hay algo en la forma en que se queda quieta y mira sin apresurarse que hace difícil ignorarla.
Señalo las páginas mutiladas.
—¿Esto es normal?
—No.
—Por fin una respuesta sencilla.
Safiya examina el corte sin tocarlo. No sabe quién retiró las páginas ni cuándo.
Tampoco intenta disfrazar esa ignorancia con una teoría.
Cuando le pregunto quién decide qué puede conservarse y qué no, explica que los archivos han pasado por demasiadas manos, épocas y estructuras de autoridad como para atribuir cada desaparición al Círculo actual.
Eso no mejora demasiado las cosas.
—Entonces alguien decidió que esto no debía seguir aquí.
—Probablemente.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Resoplo y me dejo caer contra el respaldo.
Safiya mantiene los ojos sobre el libro.
—Los textos sobre nuestros orígenes tienen otro problema.
—¿Además de que alguien les corta páginas?
—Casi todos fueron escritos por alguien que ganaba algo si los demás creían su versión.
La miro.
—¿Qué puedes ganar inventándote quién fue el primer vampiro?
Safiya alza los ojos hacia mí.
—Autoridad.
Claro.
Si una línea consigue presentarse como más cercana al supuesto origen, puede reclamar antigüedad, pureza, legitimidad o cualquier otra palabra útil para justificar por qué otros deberían obedecerla. Las jerarquías, explica, llevan siglos construyéndose sobre argumentos bastante más débiles.
Eso empieza a resultarme demasiado familiar.
—¿El Círculo tiene una versión oficial?
—Tiene una posición oficial.
—Que no es lo mismo.
—No.
Safiya apoya los brazos sobre la mesa.
—La posición es que no lo sabemos.
Parpadeo.
—Eso ha sido sorprendentemente razonable.
—No te acostumbres.
Miro todos los libros abiertos a mi alrededor.
En menos de una noche he encontrado tres comienzos distintos para una especie a la que pertenezco desde hace semanas y ninguna razón especialmente buena para confiar más en uno que en otro.
Safiya explica que algunos relatos pueden conservar fragmentos verdaderos, otros ser propaganda, otros metáforas convertidas en historia con el paso del tiempo y otros simples intentos de explicar capacidades que nadie comprendía.
Los linajes, en cambio, sí existen.
Eso me hace incorporarme.
No significa que haya especies distintas de vampiros, aclara.
La condición parece ser la misma, pero no siempre se expresa de igual manera.
Determinados rasgos aparecen con más frecuencia en unas líneas de sangre, otros pertenecen casi exclusivamente a individuos concretos y algunos pueden desaparecer durante generaciones antes de manifestarse otra vez.
Mis ojos regresan involuntariamente a las líneas del libro.
—Entonces lo que me pasa podría venir de antes.
—Podría.
—De mi familia humana.
—O de tu creador.
—Al que tampoco conocéis.
—Todavía no.
Otra vez esa palabra.
Todavía.
Miro el corte limpio donde deberían existir varias páginas. Alguien se ha tomado la molestia de cortarlas.