DIECIOCHO
Pasan dos noches antes de que me canse de esperar. Claire sigue en Italia, Lucien también ha salido del refugio y nadie parece especialmente preocupado por decirme cuándo volverá alguno.
Así que voy a la biblioteca.
No espero resolver el origen de los vampiros esta noche. Con el mío me conformo.
La biblioteca parece el lugar más lógico para empezar. Ya no necesito que nadie me acompañe hasta allí y conozco suficientemente bien el refugio para encontrarla sin perderme, aunque el espacio todavía me hace reducir el paso cuando atravieso la entrada.
Los corredores modernos desembocan en una zona mucho más antigua, donde la piedra asciende formando arcos oscuros sobre estanterías de madera que ocupan paredes enteras y continúan hacia el fondo en pasillos estrechos.
Las lámparas distribuidas sobre mesas y columnas dejan zonas de luz dorada entre franjas de penumbra, y los niveles superiores parecen pertenecer todavía a una época en la que nadie había pensado en llenar una montaña de cables eléctricos.
Desde que mi percepción cambió, el lugar resulta incluso más extraño. Puedo separar el olor del papel reciente del cuero antiguo, distinguir la madera barnizada de los anaqueles de la humedad mineral atrapada en las paredes y escuchar el roce de páginas varias filas más allá.
Un corazón humano cruza por algún corredor exterior y consigo seguirlo hasta perderlo detrás del grosor de la piedra.
Cada vez ocurre con más facilidad. No sé si eso debería preocuparme o si simplemente estoy demasiado ocupada disfrutando de dejar de ser la última persona que se entera de que alguien se acerca.
Al fondo de una de las mesas largas hay una mujer inclinada sobre varios documentos.
La he visto antes. Cerca de las zonas administrativas, alguna vez junto a miembros del Círculo y un par de veces atravesando esta biblioteca con la clase de seguridad de quien no necesita consultar carteles para saber dónde está cada cosa.
Nunca hemos hablado. Durante mis primeras semanas la clasifiqué junto con bastantes otros rostros bajo una categoría extremadamente útil: gente que probablemente sabe cosas sobre mí y no parece especialmente preocupada por contármelas .
Ahora que me acerco puedo verla mejor.
Tiene la piel de un tono cálido y profundo que destaca entre la piedra pálida y la luz dorada de las lámparas.
Lleva el cabello negro recogido hacia atrás en una trenza gruesa que cae sobre uno de sus hombros, con pequeñas piezas metálicas sujetando algunos mechones cerca de las sienes.
Sus facciones son largas, con pómulos altos, nariz recta y una boca amplia que en reposo parece más severa de lo que realmente resulta cuando levanta la vista.
Los ojos son muy oscuros, casi negros bajo aquella iluminación, y no encuentro en ellos la inspección fría de Lucien ni la autoridad inmediata de Éléonore.
Me observa con una paciencia que casi parece peor, como si pudiera esperar perfectamente a que yo misma terminara revelando lo que he venido a pedir.
Deja la pluma sobre los papeles cuando me detengo delante.
—Busco información.
Una ceja se eleva apenas.
—Has venido a una biblioteca.
Perfecto.
Otra con sentido del humor escondido debajo de una capa de seriedad.
—Información sobre mí.
Eso sí cambia algo. No mucho, apenas una atención distinta en los ojos y la forma en que aparta el documento que estaba leyendo.
—Sarah.
—Otra persona que sabe mi nombre.
—Es difícil no saberlo últimamente.
—Estupendo.
La mujer señala la silla del otro lado de la mesa y, antes de que pueda sentarme, añade:
—Safiya.
Tardo un instante en entender que se está presentando.
—¿Eso era una presentación?
—Sí.
—Empiezo a recuperar la fe en las normas sociales de este sitio.
Una sonrisa mínima asoma mientras me siento frente a ella.
No doy demasiadas vueltas.
—Quiero saber si habéis descubierto algo sobre mi origen.
Safiya cierra por completo el documento que tenía delante y deja ambas manos sobre la cubierta. La precisión del gesto me parece demasiado parecida a la preparación de alguien que está a punto de decirme algo que no quiero escuchar.
—No.
Parpadeo.
—Qué eficiente.
—Has hecho una pregunta concreta.
—Esperaba una respuesta un poco más larga.
—No la tengo.
Me recuesto en la silla y miro los papeles distribuidos a su alrededor.
Algunos llevan anotaciones recientes, otros sellos que no reconozco y una carpeta permanece cerrada junto a su codo.
No sé si alguna contiene mi nombre. La posibilidad de que exista un expediente entero sobre mí al que yo no tengo acceso empieza a resultarme bastante menos divertida cuanto más la pienso.
Safiya explica que todavía no tienen una reconstrucción completa de mi aparición: lugar, circunstancias, personas implicadas, estado en el que fui encontrada, recorrido previo y cualquier detalle que permita reconstruir qué ocurrió antes de que llegara al refugio.
La palabra aparición me hace fruncir el ceño, como si hubiera surgido espontáneamente entre dos tumbas en lugar de despertar dentro de una.
—Claire me encontró.
—Lo sé.
—Entonces preguntadle a Claire.
Safiya sostiene mi mirada un momento.
—Ese es parte del problema.
Ya no me gusta cómo suena.
—Claire todavía no ha entregado el informe de tu recogida.
Pienso que he entendido mal.
—¿Todavía?
—No.
—Llevo aquí semanas.
—Sí.
—¿Y no ha entregado el informe sobre cómo me encontró?
—No.
La irritación llega deprisa, quizá porque Claire está demasiado lejos para preguntarle directamente por qué demonios ha decidido posponer precisamente ese documento.
—¿Se negó?
—No he dicho eso.
—¿Se olvidó?
—Tampoco.
—Estás empezando a parecerte peligrosamente a Lucien.
—Lo consideraré una crítica.
Apoyo los antebrazos sobre la mesa.
—¿Se lo pedisteis?
—Sí.
—¿Y?
—No lo entregó.
Esa respuesta sí pesa de otra manera. No es que nadie haya reparado en la ausencia. Claire sabía que debía hacerlo.
—¿Por qué?
—Tendrías que preguntárselo a ella.
—Está en Italia.
—Lo sé.
—Entonces resulta complicado.
—También lo sé.
Aprieto la lengua contra uno de los colmillos. Claire sabía que debía entregar el informe y se marchó sin hacerlo.
—¿Y nadie pensó que quizá sería útil tener ese informe antes de enviarla a otro país?
Safiya no se ofende ni intenta defender la organización con una explicación burocrática.
—No fui yo quien decidió cuándo debía marcharse.
Eso al menos tiene la ventaja de ser claro.
Lucien tampoco está. Safiya confirma que él conoce parte de las circunstancias posteriores, pero no estuvo allí cuando Claire me encontró.
La reconstrucción sigue dependiendo de lo que Claire vio: cómo estaba yo, qué dije, qué detalles pudieron parecer irrelevantes entonces y qué ocurrió desde el momento en que me localizó hasta que consiguió traerme al refugio.
—Yo estaba allí.
—Sí.
—Puedo contaros lo que pasó.
—Puedes contarme lo que recuerdas que pasó.
La corrección me irrita porque acierta demasiado bien.
El recuerdo de aquellas primeras noches está hecho de hambre, miedo y cosas que no entendí hasta mucho después. Claire las vio desde fuera. Yo no.
Y todavía no las ha escrito.
—Entonces el Círculo lleva semanas intentando averiguar quién soy, pero sigue sin tener el informe de la persona que me encontró.
—Tenemos información.
—No suficiente.
Safiya no intenta discutirlo.
—No.
Al menos eso.
Le pregunto qué tienen realmente y la respuesta es bastante parecida a lo que ya sé: aparecí sin creador identificable, no conservaba recuerdos claros de mi vida humana ni de mi transformación, presentaba capacidades físicas extrañas para alguien recién convertido y, desde que bebí de Víctor, mi percepción ha empezado a desarrollar características que tampoco entran dentro de lo habitual.
Su nombre basta para tensarme.
—¿Y Víctor?
Safiya me observa.
—¿Qué quieres saber?
—Si era mi hermano.
No necesito explicar cuál de los dos.
Ella niega.
—No hemos podido confirmarlo.
—Dijo que lo era.
—Lo sé.
—Me reconoció.
—Sí.
—Y yo…
Me detengo.
Porque yo también lo reconocí sigue siendo una frase demasiado sencilla para lo que ocurrió.
No recuerdo su cara antes de aquella noche.
No recuerdo crecer con él, discutir, compartir una casa ni quererlo.
Mi cabeza no tiene nada. Pero mi cuerpo conocía cómo peleaba.
Anticipaba ciertos movimientos antes de que los completara y su sangre abrió algo dentro de mí que ninguna otra había conseguido tocar.
—Algo en mí lo conocía.
Safiya no aparta los ojos.
—Eso figura en el informe de Lucien.
Claro.
Lucien informa de todo.
—¿Habéis investigado a Víctor?
—Sí.
Espero.
Nada más.
—Safiya.
—Hemos encontrado referencias.
—¿Qué referencias?
—Sobre él. No suficientes para demostrar parentesco contigo.
—Eso no significa que no exista.
—Tampoco significa que exista.
La precisión me irrita porque vuelve a ser correcta.
—Esta conversación va a ser larguísima si tengo que arrancarte cada palabra.
—Probablemente.
Su tranquilidad empieza a parecer una forma particularmente eficaz de violencia.
Me recuesto y miro por encima de ella hacia las estanterías. Filas y filas de documentos acumulados durante décadas, quizá siglos, mientras yo intento reconstruir mi vida con fragmentos que parecen estar repartidos entre personas ausentes, muertos y criaturas cuyos nombres ni siquiera son nombres.
—¿La sangre puede demostrar parentesco?
Safiya tarda más esta vez.
—No de una forma simple.
Eso consigue mi atención.
Me explica que la sangre vampírica conserva rasgos, afinidades y características de linaje, pero que no funciona como una prueba humana convencional.
La transformación, el creador, la edad y otras exposiciones pueden alterar lo que permanece reconocible.
En algunos casos se detectan similitudes claras. En otros, no.
Pienso en lo que ocurrió al beber de Víctor.
—¿Y puede despertar cosas?
Safiya vuelve a estudiar mi cara.
—Puede influir.
—Eso suena deliberadamente ambiguo.
—Porque lo es.