DIECISIETE #2
No entiendo por qué parece satisfecho. Lucien termina cogiendo la botella y explica que precisamente eso es importante. No sé lo que va a hacer; interpreto señales. Puedo adelantarme porque percibo más información y la proceso antes, pero el resultado sigue siendo una conclusión, no una certeza.
Miro el cuchillo.
—Puedo equivocarme.
—Exacto.
La diferencia se instala despacio.
No veo el futuro.
No sé qué va a ocurrir.
Veo suficientes piezas para que mi cabeza intente completar el resultado antes de tiempo.
Lucien tampoco cree que me haya vuelto de repente más rápida. Lo que ha cambiado es el momento en que reacciono. Cuando pregunto si es normal, tarda lo suficiente para que ya pueda adivinar que no va a tranquilizarme.
—No sé si normal sigue siendo una palabra especialmente útil contigo.
—Qué tranquilizador.
—Por ahora aprende a filtrar. Si reaccionas a todo lo que percibes, alguien con suficiente experiencia puede conseguir que hagas exactamente lo que quiere.
Pienso en todas las veces que acaba de engañarme.
—Como tú.
—Como yo.
Recojo la chaqueta.
—Eres un cabrón.
Parece casi divertido.
—Y tú aprendes.
No sé por qué esa frase me satisface más de lo que debería.
Me pongo la chaqueta y llego casi hasta la puerta antes de detenerme. La reacción de Lucien en el restaurante lleva días molestándome.
Me vuelvo.
—El hombre del club.
Lucien no pregunta cuál.
Eso basta para que algo se tense dentro de mí.
—Sabes quién es.
Deja la botella sobre la mesa.
—Creo que sé cómo lo llaman.
Me apoyo contra el marco, esperando la frase de siempre sobre información restringida. Lucien, sin embargo, niega que vaya a hacer eso.
—Lo llaman el Silente.
No digo nada.
Esperaba una negativa, una orden o alguna explicación cuidadosamente construida sobre por qué todavía no tengo derecho a saberlo.
No esto.
—¿El Silente?
—Así aparece en algunas referencias.
—Eso no es un nombre.
—No.
—¿Tiene uno?
—Supongo.
—Fantástico. Estamos avanzando muchísimo.
Su boca amenaza con curvarse.
Regreso un par de pasos hacia él y pregunto qué es. Esta vez Lucien tarda más.
—No lo sé.
Lo miro.
—¿No sabes qué es?
—No.
Tampoco encaja con ningún vampiro que conozca.
La respuesta me devuelve la tibieza de su piel, aquel olor mineral que nunca conseguí asociar a nadie y la forma en que incluso el club parecía mantener una distancia espontánea alrededor de él.
Preguntar si es humano consigue una mirada de Lucien que me obliga a conceder que no ha sido mi mejor intento.
Lo que sí sabe es poco y parece escoger las palabras con cuidado para no convertir una sospecha en una respuesta. Hay referencias antiguas al mismo apodo, separadas por largos periodos, y las descripciones coinciden lo suficiente como para pensar que hablan del mismo individuo.
—¿Antiguas cuánto?
—Mucho.
—Lucien.
No responde.
—¿Décadas?
Silencio.
—¿Siglos?
Su expresión apenas cambia.
Eso resulta bastante parecido a una respuesta.
Hay teorías sobre qué podría ser, pero Lucien se niega a repetírmelas porque algunas se contradicen entre sí y otras fueron escritas por personas que probablemente sabían tan poco como nosotros.
No quiere llenarme la cabeza de explicaciones solo porque una explicación resulte más cómoda que admitir que nadie sabe.
No me gusta.
Lo entiendo.
—Entonces dime lo que sí sabes.
Lucien apoya una mano sobre el borde de la mesa. Las referencias son escasas. Pueden pasar periodos enormes sin una mención fiable y después el apodo vuelve a aparecer. No pertenece a ninguna corte que él conozca, no responde ante el Círculo y nunca han conseguido clasificarlo como vampiro.
—Pero lo reconociste.
—Reconocí la descripción.
—Los ojos.
—Entre otras cosas.
Eso me interesa más.
—¿Qué otras?
—Sarah.
—Había que intentarlo.
Su expresión no cambia. Explica que cuando Claire describió al hombre del club pensó en esas referencias. Los ojos coincidían. También que pudiera hablarme entre toda aquella música sin que ella escuchara nada. Después volví a encontrarlo en el restaurante.
Lucien se detiene justo ahí.
—¿Cuando me tocó?
La mandíbula se le tensa.
—Sí.
Ahí está otra vez.
Más contenida que aquella noche porque ahora la esperaba, pero sigue siendo una reacción real.
—Todavía no me has explicado por qué te preocupó tanto.
—Porque no sé qué quería de ti.
—Hay mucha gente cuyo interés en mí no entiendes y no pones esa cara.
—De la mayoría sé qué son.
Eso me calla durante un segundo.
Lucien no sabe suficiente sobre el Silente para decirme qué puede hacer, qué busca ni por qué ha aparecido ahora, y precisamente esa ausencia de límites es lo que le preocupa. La respuesta resulta bastante menos cómoda que imaginar que conoce la verdad y simplemente se niega a compartirla.
Pregunto si el Círculo sabe de él. Conocen las referencias. Éléonore podría saber más, aunque Lucien no sabe si Claire lo conoce por ese nombre.
Camino un poco por la sala antes de volverme hacia él.
—El Silente sabía algo sobre mí.
Lucien no intenta fingir que no entiende.
—Eso parece.
Le recuerdo lo que dijo en el club: que yo era aquello que estaban ocultando. Cuando pregunto quiénes y qué escondían, las respuestas son exactamente las que esperaba.
No lo sabe.
Y la diferencia entre ignorar algo y negarse a contármelo empieza a resultar visible.
No significa que confíe ciegamente en Lucien.
Solo que no es lo mismo.
—¿Crees que apareció por mí?
Tarda demasiado.
—Creo que es una posibilidad que no deberías descartar.
—Fantástico.
Me vuelvo hacia la puerta.
Lucien me detiene antes de que salga. Tener un apodo y unas referencias antiguas no significa comprender qué pretende cuando aparece. No quiere que convierta el nombre en una explicación.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
—Pensaba encontrarlo y preguntarle.
La expresión de Lucien cambia.
Muy poco.
Lo suficiente.
—Eso tampoco.
Casi sonrío.
—Ahí estás.
—Sarah.
—Tengo permiso para salir.
—No estaba hablando del Círculo.
Eso borra la sonrisa.
Nos miramos durante un segundo y recuerdo la advertencia del restaurante.
No te quedes sola con él.
—¿Es peligroso?
Lucien guarda silencio. Esta vez no intento llenarlo por él.
—No sé de qué es capaz.
—Eso sigue sonando a sí.
—Suena a que no conozco sus límites.
—Tú tampoco conoces los míos.
—Sé qué eres.
Buen argumento.
Lo odio.
Salgo al corredor y doy apenas tres pasos antes de detenerme.
—Lucien.
—¿Qué?
Giro la cabeza.
—¿Silente por qué?
La pausa dura lo suficiente para que vuelva a mirarlo.
—No lo sé.
Resoplo.