Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) DIECISIETE
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DIECISIETE

Tres nudillos rozan la puerta y, antes de que pueda responder, esta se abre. Lucien entra, pero se detiene apenas cruza el umbral.

La pausa dura tan poco que quizá otra noche no habría reparado en ella. Ahora sí. Veo cómo su peso permanece una fracción de segundo sobre la pierna trasera, cómo los dedos dejan de moverse junto al pomo y cómo su atención pasa primero por mis ojos, baja hacia mis manos y regresa después a mi cara.

Su atención no tiene nada de casual. Me observa como si intentara localizar algo que ya sospechaba y esta noche se hubiera vuelto demasiado evidente para seguir ignorándolo.

Yo también lo noto.

Desde que bebí de Víctor, el mundo no ha vuelto a cerrarse del todo. Primero fue su sangre; después el neófito, el restaurante y los recipientes cerrados. Cada noche la percepción encuentra una forma nueva de abrirse.

Lucien no pregunta nada todavía. Se limita a decirme que vaya con él y sale dejando la puerta entornada.

Permanezco sentada unos segundos después de que desaparezca, escuchando sus pasos alejarse por el corredor.

Puedo seguirlos después del primer giro y también del segundo; distingo una puerta abriéndose a una distancia que hace apenas unos días habría considerado absurda y el cambio mínimo del sonido cuando vuelve a cerrarse.

Me levanto.

No sé hasta dónde llega esto.

Pero Lucien también lo ha notado.

Me visto despacio, intentando acostumbrarme a la cantidad de información que ahora parece ocupar el mismo espacio que antes.

La camiseta raspa en una costura que nunca había sentido, puedo separar el olor del detergente del mineral húmedo de las paredes y, cuando salgo al corredor, escucho unos pasos aproximándose desde la izquierda mucho antes de que aparezca nadie.

Reduzco el ritmo y, varios segundos después, un humano dobla la esquina con una caja entre los brazos.

Me quedo mirándolo pasar.

No sabía quién era. Ni siquiera lo había visto antes.

Pero sabía exactamente cuándo iba a aparecer.

Continúo caminando y el refugio entero parece haberse vuelto demasiado pequeño.

Puertas cerrándose varios corredores más allá, conversaciones amortiguadas que consigo separar en voces distintas, agua moviéndose por tuberías escondidas dentro de la piedra, tela rozando cuerpos, suelas contra el suelo.

No percibo cada sonido con la misma claridad ni puedo localizar todo lo que existe bajo kilómetros de roca, pero el límite se ha desplazado lo suficiente para que resulte incómodo.

Y, por encima de todo, están los corazones.

Los humanos destacan entre el silencio de los vampiros como pequeños golpes cálidos distribuidos por todo el complejo.

Algunos están cerca. Otros tan lejos que no debería poder encontrarlos con semejante facilidad.

Cuando alcanzo la sala de entrenamiento ya estoy deseando que alguien consiga bajar el volumen del mundo.

Lucien está dentro.

Lo sé antes de abrir.

Escucho metal rozando madera y, cuando entro, lo encuentro dejando dos cuchillos de práctica sobre una mesa lateral.

La sala está prácticamente vacía. Las luces encajadas entre la piedra dejan parte de la bóveda en penumbra y las superficies acolchadas absorben el sonido, aunque ya no suficiente.

Distingo cuero, metal, sudor humano antiguo y pequeñas trazas de sangre seca adheridas a algún punto de las protecciones.

No consigo localizar inmediatamente cada una.

Eso me tranquiliza.

Todavía hay límites.

Lucien levanta la cabeza y vuelve a mirarme de esa forma.

—¿Qué?

—Nada.

—Llevas toda la noche mirándome raro.

—Quizá llevas toda la noche comportándote raro.

—Muy útil.

Me quito la chaqueta y la dejo sobre uno de los bancos.

Lucien coge un cuchillo y me lanza el otro.

Siempre habría podido atraparlo, pero esta vez escucho la hoja sin filo cortando el aire mientras gira, veo la posición exacta del mango antes de que llegue hasta mí y cierro los dedos prácticamente sin pensar.

Lucien lo nota.

—Atácame.

—¿Eso es todo?

—Hasta que dejes de hablar.

Avanzo.

El primer intercambio se parece demasiado a nuestras primeras sesiones.

Soy rápida, fuerte y entro de frente. Lucien desvía mi muñeca, gira sobre un pie y utiliza mi propio impulso para obligarme a corregir.

Me recuerda que sigo anunciando lo que voy a hacer; le digo que acabo de empezar y responde que llevo semanas empezando.

Voy otra vez.

Esta vez noto su pie derecho desplazándose apenas unos centímetros.

El peso abandona la pierna contraria, el hombro cambia y los dedos se cierran alrededor del mango.

Por separado no significa nada. Mi cuerpo, sin embargo, ya se está apartando cuando el cuchillo atraviesa el espacio donde estaba mi costado.

Los dos nos detenemos.

Lucien no comenta nada. Ataca otra vez, más rápido.

Ahora veo cómo el movimiento empieza antes de que la hoja se desplace: el talón, la cadera, una tensión mínima recorriendo el antebrazo. Esquivo, contraataco y bloquea mi cuchillo.

Pero esta vez tiene que hacerlo.

Sus ojos se estrechan.

—De nuevo.

La siguiente combinación resulta bastante menos amable.

Bloqueo el primer ataque, esquivo el segundo y consigo cerrar una mano alrededor de su muñeca.

Durante medio segundo creo que lo tengo.

Utilizo demasiada fuerza. Lucien cambia el peso, engancha una pierna con la mía y termino de espaldas contra la colchoneta, expulsando aire por una costumbre que ninguno de los dos necesita.

Él me mira desde arriba.

—Te has emocionado.

—Cállate.

Me ofrece una mano. La ignoro y me levanto sola.

—Otra.

Su boca se mueve apenas.

—Bien.

A partir de ahí deja de entrenarme como hasta ahora y empieza a mentir con el cuerpo.

Mueve un hombro sin atacar. Gira la cadera para hacerme reaccionar hacia un lado y abandona el movimiento antes de completarlo.

Tensa los dedos, modifica el apoyo de un pie, adelanta ligeramente el torso y llena el espacio entre nosotros de pequeñas señales que mi percepción recoge demasiado deprisa.

Y yo pico.

Una vez.

Después otra. De pronto tengo tanta información delante que todo parece importante. El cuchillo aparece desde un ángulo distinto y termina apoyado contra mi abdomen antes de que consiga corregir. Miro la hoja. Después a él.

—Estás haciendo trampas.

—Estoy fingiendo.

—Es prácticamente lo mismo.

Lucien retira el arma.

—Ese es el problema. Estás viendo demasiado y todavía no sabes qué merece tu atención.

Eso me cierra la boca.

Volvemos a colocarnos. Esta vez intento no responder a cada movimiento. Veo el hombro cambiar y espero. La cadera gira y sigo quieta. Una mano modifica el agarre y me obligo a no desplazar el peso. Lucien continúa llenando el espacio de señales solo para comprobar cuáles persigo.

Entonces su postura se compacta apenas. La respiración innecesaria que ambos seguimos utilizando por costumbre se modifica justo antes de que haga fuerza.

Me muevo.

La hoja pasa junto a mi costado. Mi mano encuentra su muñeca, giro acompañando el movimiento en lugar de oponerme y golpeo su antebrazo. El cuchillo cae contra la colchoneta con un sonido metálico que parece atravesar toda la sala.

Miro el arma. Después a Lucien. Acabo de desarmarlo. La satisfacción dura exactamente lo que tarda en barrerme las piernas. Vuelvo al suelo.

—Eso era innecesario.

—Seguíamos peleando.

—Estabas desarmado.

—Y tú estabas celebrándolo.

Me incorporo apoyándome sobre los codos.

—Te he quitado el cuchillo.

—Sí.

La respuesta acaba con mis protestas.

Lucien recoge el arma y me pide que lo haga otra vez.

Lo intento.

Después otra.

Y otra.

No empiezo a ganarle de repente. Ni de lejos.

En cuanto comprende qué estoy utilizando para anticiparme, empieza a alimentarme con información falsa y me obliga a esperar, descartar y aceptar que percibir algo no significa comprenderlo.

Pero ya no controla cada intercambio desde el primer movimiento.

Una vez consigo rozarle el hombro. En otra lo obligo a retroceder y, cuando detecto una finta y consigo no reaccionar, la mínima variación de su expresión me produce bastante más satisfacción de la que debería.

Cuando paramos termino sentada contra la pared, con la camiseta pegada al cuerpo y demasiada energía todavía recorriéndome los músculos. Lucien deja el cuchillo sobre la mesa y permanece unos segundos mirándome antes de preguntar desde cuándo ocurre.

Pienso en Víctor.

En su sangre dentro de mi boca.

En la primera vez que aquello se abrió dentro de él.

—Desde que bebí de Víctor.

Lucien no parece sorprendido.

Le explico que al principio era distinto, más cerrado.

Sangre, cuerpos, cosas dentro de ellos. Con Víctor percibí algo que no sabía identificar; después encontré la alteración dentro del neófito y más tarde en los viales.

Ahora, en cambio, puedo seguir pasos por varios corredores, distinguir personas detrás de puertas y, cuando peleo con él, detectar el movimiento antes de que termine de ejecutarlo.

Lucien se aproxima.

—¿Sabías qué iba a hacer?

La pregunta me obliga a corregirme.

—No.

Eso parece interesarle más.

Le explico que veo dónde coloca el peso, qué músculos tensa, cómo mueve los pies y que después mi cabeza parece juntar todo antes de que yo decida conscientemente qué significa.

Lucien guarda silencio unos segundos, ordenando la información con esa precisión suya que consigue que hasta observarme parezca parte de un experimento.

—La sangre de Víctor fue el inicio.

No es una pregunta.

—Sí.

—Y desde entonces ha seguido desarrollándose.

Asiento.

Esto empezó antes.

Me levanto y le digo que haga algo.

Lucien no entiende al principio qué pretendo, así que simplemente le pido que haga lo que sea mientras lo observo. Pasan unos segundos sin movimiento y entonces su mano derecha empieza a desplazarse hacia la mesa.

—Vas a coger el cuchillo.

Se detiene.

Su mano iba hacia la botella situada al lado. Miro sus dedos, después su cara.

—He fallado.

—Sí.