DIECISÉIS #2
Tiene los hombros estrechos, el cuerpo más fibroso que grande y el cabello oscuro algo más largo de lo que recordaba, desordenado por haber pasado las manos por él demasiadas veces. Una mancha de polvo cruza uno de sus pómulos y otra se ha quedado atrapada cerca de la mandíbula.
Trabaja con la cabeza ligeramente inclinada, tan concentrado que no parece advertir que he entrado.
No trabaja sobre una figura humana.
Es un gato.
Me acerco antes de decidir si debería hacerlo.
La escultura todavía no está terminada. Parte de la base conserva las marcas ásperas del bloque original y uno de los laterales apenas ha empezado a pulirse, pero el animal ya resulta completamente reconocible: cuerpo fino recogido sobre las patas, pecho erguido, cola larga enrollada alrededor de sí mismo y unas orejas grandes y triangulares demasiado atentas para la quietud del resto.
El rostro estrecho recuerda vagamente a ciertos gatos de pelaje claro y extremidades oscuras.
Los ojos son lo más extraño.
No les ha tallado pupilas.
Son dos superficies lisas y profundas que reciben la luz sin devolverla de la manera adecuada. No parecen una parte que todavía deba terminar. Más bien da la impresión de que deberían quedarse así.
—Es curioso —digo.
El cincel se detiene.
El vampiro levanta la cabeza y vuelve la cara hacia mí.
Ahora que lo tengo más cerca reconozco mejor los rasgos que había visto de lejos: facciones estrechas, piel pálida bajo el polvo y unos ojos claros difíciles de fijar en un color concreto con aquella iluminación.
No tiene la presencia abiertamente autoritaria de Éléonore ni la precisión fría de Lucien.
Hay algo menos evidente en él, una quietud que obliga a mirarlo dos veces para decidir si está relajado.
Sus ojos pasan de mí a la escultura.
—Entonces está saliendo bien.
—Eso depende de qué pretendieras hacer.
Una mínima curva aparece en su boca.
—Incomodarte un poco servía.
—Objetivo cumplido.
Deja el cincel sobre la mesa y se limpia los dedos contra un paño que consigue redistribuir el polvo bastante mejor que eliminarlo.
—Ilya.
Tardo un segundo en comprender que se está presentando.
—Sarah.
—Ya sé.
—Claro.
Empiezo a sospechar que ser la última persona en conocer información sobre mí va a perseguirme durante bastante tiempo.
Ilya vuelve hacia la escultura y recupera el cincel. Le pregunto qué es y responde, con toda seriedad, que un gato. La mirada que le dedico le mueve apenas la boca. Quizá está bromeando. Con Ilya empiezo a sospechar que averiguarlo puede convertirse en una actividad a tiempo completo.
Rodeo la mesa y observo la escultura desde otro ángulo.
No está atacando ni defendiendo nada. No tiene garras extendidas ni dientes visibles.
Espera con una tranquilidad absoluta que resulta más incómoda que cualquier postura agresiva.
En la base no hay nombre ni fecha, solo unas líneas incompletas que podrían pertenecer al trabajo o no significar nada.
Ilya explica que la imagen procede de muchas partes: representaciones antiguas, dibujos, relieves, relatos que cambian tanto entre unos y otros que a veces resulta difícil saber si todos pretendían representar lo mismo.
Cuando le pregunto si sabe qué significa, responde que no; conoce algunas interpretaciones, nada más.
La facilidad con la que admite la falta de respuesta me gusta más que cualquier historia demasiado perfecta.
—Los humanos llevan miles de años viendo cosas y después inventando una explicación para ellas —dice mientras limpia con el pulgar parte del polvo de la frente del animal—. Los vampiros no somos mucho mejores.
—Eso suena poco tranquilizador viniendo de alguien del Círculo.
Sus ojos llegan hasta mí.
—No estaba intentando tranquilizarte.
Eso sí me lo creo.
Sigo mirando el gato. Algo en él me produce la impresión de estar observando una criatura detenida justo antes de hacer algo, aunque lleve sentada quién sabe cuánto tiempo.
Cuando pregunto por qué lo está esculpiendo, Ilya explica que hay imágenes que se repiten y le interesa comprobar cuánto pueden cambiar antes de dejar de ser la misma.
Después continúa trabajando como si la respuesta no necesitara nada más.
Me quedo un rato observándolo. Sus golpes son pequeños, precisos, separados por pausas en las que parece decidir dónde tocar la piedra antes de hacerlo.
Algunas esculturas proceden de recuerdos propios; otras, de documentos, historias o descripciones ajenas.
Cuando digo que es una forma bastante complicada de guardar imágenes, deja el cincel unos segundos.
—Recordar es más difícil de lo que parece.
La frase me hace mirar el taller de otra manera.
Quizá parte de esa sala no sea simplemente arte. Algunas alas, cuerpos incompletos y rostros sin facciones podrían ser su forma de conservar imágenes que no quiere perder o de comprobar hasta qué punto todavía las recuerda correctamente. Él puede escoger qué convertir en piedra.
Yo ni siquiera sé qué he perdido.
Me marcho dejándolo con su escultura. El golpe regular de la herramienta contra la piedra me acompaña durante varios metros, cada vez más apagado, hasta desaparecer detrás del zumbido general del refugio.
Entonces escucho un motor.
Viene del acceso principal y no se parece al ruido pausado de los vehículos que suelen entrar. La mayoría reduce la velocidad mucho antes de alcanzar la plataforma. Este avanza por el túnel con suficiente urgencia para hacer vibrar el aire entre las paredes.
Me detengo.
Después cambio de dirección.
El corredor desemboca en uno de los accesos superiores desde donde puede verse parte del aparcamiento subterráneo. Varias personas han levantado también la cabeza y un vampiro que estaba junto a un panel se aparta antes de que el coche aparezca al final de la pendiente.
Lo reconozco.
El coche de Claire.
El alivio llega tan rápido que casi me enfada.
Después se detiene.
Y desaparece.
Claire baja despacio. Lleva la misma cazadora negra con la que se marchó, aunque ahora está cubierta de polvo en un hombro y tiene una pequeña rotura junto a una manga.
El cabello negro, normalmente liso y bastante más cuidado, está recogido de cualquier manera en la nuca, con varios mechones pegados a las mejillas.
Pero son sus ojos los que me detienen.
Azules.
Demasiado abiertos. No están observando el refugio.
Parecen seguir mirando algo que continúa en otro lugar.
Claire suele ocupar el espacio de una manera difícil de ignorar.
Habla, sonríe, se mueve y toca cosas que probablemente le han dicho que no toque.
Incluso quieta está decidiendo qué hará después.
Ahora utiliza toda esa energía únicamente para mantenerse recta.
Lucien sale por el otro lado. Su aspecto es mejor: camisa oscura arrugada, una mancha seca en uno de los puños y ninguna herida visible.
Su expresión, sin embargo, está todavía más cerrada de lo habitual.
Recorre el acceso, las puertas y las personas que han empezado a mirar antes de detenerse en mí.
—Claire.
Ella parpadea.
Tarda un instante en encontrarme.
Desde que la conozco no aparece ninguna sonrisa.
—Tenemos que hablar.
Su voz es firme. Eso casi resulta peor. Cruza el aparcamiento y me agarra del antebrazo. No con fuerza suficiente para hacer daño; sí la necesaria para dejar claro que no piensa mantener esa conversación delante de todos. Lucien nos sigue.
Atravesamos varios corredores sin hablar. Claire camina deprisa, pero no con la soltura habitual. En una bifurcación toma el pasillo equivocado, avanza dos pasos y tiene que volver atrás. Lucien no comenta el error.
Yo tampoco.
No nos detenemos hasta llegar a su habitación. Es la primera vez que entro.
La distribución se parece a la mía, pero ahí termina la semejanza.
Las paredes mezclan piedra clara con paneles oscuros y la cama ocupa uno de los laterales bajo una manta negra arrugada y varias prendas abandonadas encima.
Hay libros apilados sobre una mesilla, dos chaquetas en el respaldo de una silla y una colección de objetos desperdigados sobre el escritorio: monedas, una caja metálica, horquillas, bolígrafos y un vaso vacío.
Una lámpara de pie deja luz cálida sobre un sillón bajo y, junto a él, una estantería reúne libros de tamaños y edades diferentes colocados sin demasiado orden. Sobre uno de los estantes hay una fotografía vuelta boca abajo.
No tengo tiempo para preguntarme qué contiene. Claire cierra la puerta con más fuerza de la necesaria y permanece unos segundos de espaldas a nosotros, todavía con una mano apoyada sobre la madera.
Respira profundamente.
No necesita hacerlo. Quizá por eso me inquieta tanto. Finalmente se gira.
—No era la misión que nos vendieron.
Lucien se apoya contra una pared.
No la contradice.
Claire explica que los enviaron a desmantelar un enclave de vampiros.
El informe hablaba de muertes humanas, alimentación fuera de cualquier acuerdo, rechazo sistemático a la supervisión y un riesgo creciente de exposición.
Parte de aquello era cierto. Había cadáveres vinculados a miembros del enclave y algunos se alimentaban de personas sin consentimiento.
También llevaban años fuera del control del Círculo.
El problema apareció cuando llegaron.
No existía la amenaza inmediata que les habían descrito. El grupo estaba oculto. Había incidentes, sí, y gente peligrosa dentro, pero no estaban a punto de provocar una exposición masiva ni de atraer a medio París hacia su escondite.
—Entonces ¿por qué os enviaron? —pregunto.
Lucien responde que las muertes eran reales.
Claire añade lo demás.
—Y porque llevaban años sin aceptar la autoridad del Círculo.
Lucien no lo niega.
—También.
Eso importa.