DIECISÉIS
El aire de la calle me golpea con suficiente frío para despejarme un poco.
Permanezco junto a la entrada varios minutos antes de acercarme al coche.
Aquí fuera la humedad se pega al asfalto y las luces de las naves industriales forman reflejos irregulares sobre los charcos.
Varias personas fuman cerca de una pared y alguien ríe mientras cruza hacia uno de los vehículos aparcados.
Cada vez que se abre la puerta del club, la música escapa acompañada de un soplo de aire caliente, perfume y sangre antes de quedar encerrada otra vez.
El zumbido continúa debajo de mi piel, pero el espacio abierto reduce la sensación de que las luces se arrastran detrás de mis ojos. Respiro por costumbre y dejo que el olor a asfalto húmedo y combustible sustituya poco a poco al del alcohol y los cuerpos.
He matado a Óscar.
La frase no produce nada parecido a lo que esperaba. Ni alivio. Ni una vida humana regresando de golpe. Ni siquiera asco.
La música continúa golpeando detrás de la puerta del club y la sangre alterada todavía zumba bajo mi piel. Eso es todo.
No me arrepiento. Tampoco me siento mejor. Entro en el coche.
El habitáculo está frío y conserva todavía el olor a cuero nuevo. Cierro la puerta y el sonido de la discoteca desaparece casi por completo detrás del aislamiento de los cristales. Me quedo con las manos sobre el volante antes de arrancar.
El motor responde y mis manos encuentran su sitio sin esfuerzo. Conducir empieza a convertirse rápidamente en una de esas cosas que mi cuerpo conoce mucho mejor que yo y agradezco tener algo automático en lo que apoyarme mientras regreso al refugio.
La sangre alterada que circulaba por Óscar no tarda en recordarme que sigue dentro de mí.
En un semáforo, las luces rojas parecen duplicarse. Parpadeo y vuelven a ser normales. Unos minutos después tengo la impresión de haber recorrido una calle demasiado rápido, aunque el reloj del salpicadero confirma que el tiempo ha pasado como debería.
La dosis que probamos en el piso franco era mínima y tuvo efectos bastante claros sobre Aiden. Yo he bebido directamente de un humano que llevaba esa sustancia circulando por el cuerpo.
—Estupendo —murmuro.
Reduzco la velocidad.
No estoy lo bastante afectada para perder el control del coche, pero decido no tentar más a la suerte y empiezo a prestar atención consciente a cada cruce, cada señal y cada vehículo.
El propio esfuerzo me mantiene anclada. Las luces blancas y rojas dejan de convertirse en manchas cuando obligo a los ojos a seguir distancias concretas, y el tacto del volante bajo los dedos me proporciona un punto estable al que volver cada vez que la percepción amenaza con desplazarse.
Debería pensar únicamente en eso.
Mi cabeza, sin embargo, tiene otras prioridades.
Aprieto las manos sobre el volante.
Cuando llego al refugio, el amanecer está suficientemente cerca para que los corredores hayan empezado a vaciarse.
El aparcamiento contiene menos coches que unas horas antes y en las zonas residenciales varias puertas están ya cerradas.
Las luces permanecen igual que durante la noche, pero el lugar tiene una quietud diferente cuando la mayoría de los vampiros empieza a retirarse.
Nadie me detiene ni pregunta dónde he estado.
Hace apenas un día necesitaba autorización para prácticamente cualquier salida y ahora puedo atravesar la entrada con sangre ajena todavía dentro de mi cuerpo sin que nadie me pida explicaciones.
La libertad empieza a tener un aspecto bastante menos elegante que cuando Ephraim me entregó las llaves.
Entro en mi habitación y cierro la puerta.
Dejo el llavero sobre la mesa. El tintineo metálico atraviesa el silencio y me recuerda todo lo que representa: coche, piso, dinero y permiso para decidir dónde quiero estar.
La chaqueta termina sobre la butaca y las botas quedan junto a la cama.
Poco a poco, el espacio neutral que me asignaron al llegar se parece menos a una habitación preparada para cualquiera.
Me siento en el borde de la cama y presto atención a mi cuerpo.
El zumbido continúa, muy tenue. No veo personas inexistentes ni he perdido la noción del tiempo. Quizá la sangre de Óscar había diluido tanto el compuesto que apenas he recibido una fracción.
Eso debería tranquilizarme.
No lo consigue del todo.
Sobre la mesilla hay otra carta.
Está colocada igual que la anterior, paralela al borde de la madera con una precisión demasiado deliberada para ser casual. El papel también parece el mismo: grueso, limpio, sin sello ni ninguna marca exterior. Junto a él han dejado una pequeña porción de chocolate oscuro, todavía envuelta.
Me quedo mirando las palabras. Después cojo el chocolate y lo acerco a la nariz. El olor vuelve a dividirse en capas dulces y amargas y, casi sin querer, la pregunta consigue hacer lo mismo con mis recuerdos.
La mujer del collar convertida en una fotografía. Óscar bajo las luces violetas del club, su corazón perdiendo fuerza mientras yo sabía perfectamente que todavía podía detenerme. No necesito buscar culpa para encontrar una respuesta.
Tampoco alivio.
Matar a Óscar no fue dulce. La muerte de la mujer del restaurante tampoco sabe a amargo de una forma tan sencilla. Intento poner una palabra sobre lo que sentí y descubro que ninguna encaja del todo.
La muerte de Óscar tuvo calor, saciedad y unos segundos de silencio. Después quedó exactamente el mismo espacio que había antes. Eso es lo que me incomoda. Dejo el chocolate sobre la mesa y vuelvo a leer.
Quizá ahí esté la trampa. No pregunta qué pienso de ella. Pregunta cómo la siento. Y últimamente sentir parece estar convirtiéndose en algo demasiado literal.
—No juegues conmigo —murmuro.
Mi propia voz suena diferente en la habitación vacía, no porque haya cambiado, sino porque ahora escucho el pequeño eco que devuelve la piedra detrás de la pared y hasta el roce de mi lengua al pronunciar las palabras.
Nadie responde.
Miro hacia la puerta.
Durante un instante tengo la impresión absurda de que, si me concentro lo suficiente, podría encontrar a quien dejó la carta entre todos los sonidos del refugio.
Lo intento.
Hay corazones humanos a varias habitaciones de distancia, pasos que recorren otro corredor, agua dentro de una tubería, dos voces demasiado lejanas para entenderlas y alguien cerrando un cajón.
Nada que pueda convertir en una respuesta.
Todavía.
Guardo el chocolate en el cajón y coloco la nota junto a la anterior. Esta vez no cierro inmediatamente. Me quedo mirando ambas hojas sobre la madera.
Alguien sabe cuándo entro y salgo de mi habitación. Sabe qué preguntas colocar delante de mí y parece bastante menos interesado en decirme qué debo hacer que en observar cómo respondo.
Me irrita más de lo que me asusta. También me intriga.
Cierro el cajón.
Ya llevo aquí algo más de un mes y empiezo a conocer muchos de sus caminos, aunque todavía aparecen lugares que no forman parte de mi mapa mental.
Algunos están cerrados, otros simplemente apartados de las rutas que utilizo y unos cuantos parecen existir porque alguien decidió excavar un corredor y después olvidó explicar para qué servía.
Esta noche doy con uno.
El pasillo lateral por el que avanzo no parece conducir a ninguna zona especialmente importante.
Es más estrecho que los principales y la piedra de las paredes tiene un tono algo más claro.
Varias puertas permanecen cerradas y no hay placas que indiquen qué existe detrás.
Al final, sin embargo, una abertura deja escapar una luz mucho más blanca que la iluminación habitual del refugio.
El olor cambia antes de que llegue; no es sangre, libros ni el producto de limpieza que parece perseguir todos los corredores, sino piedra recién cortada.
Entro.
La sala ocupa una cámara irregular bastante más grande de lo que permite imaginar el corredor.
Varios focos caen directamente desde el techo y vuelven visible una capa fina de polvo mineral suspendida en el aire.
El suelo está cubierto de esquirlas y marcas blancas alrededor de mesas de trabajo donde bloques todavía sin tocar conviven con esculturas casi terminadas y otras a medio tallar.
Algunas descansan sobre pedestales bajos; otras ocupan bancos reforzados o permanecen directamente sobre el suelo.
Cinceles, mazos, limas, paños, cepillos y herramientas metálicas cuyo uso desconozco se reparten por estantes y superficies sin seguir el orden obsesivo de Lucien, aunque basta observar unos segundos para comprender que quien trabaja allí sabe perfectamente dónde está cada cosa.
Las figuras son extrañas. Algunas conservan proporciones humanas modificadas apenas lo suficiente para producir incomodidad: cuerpos demasiado largos, espaldas arqueadas, manos enormes descansando sobre rodillas estrechas.
Varias tienen alas, aunque ninguna parece diseñada para resultar hermosa.
Unas permanecen plegadas contra la espalda, otras están incompletas y alguna termina directamente en la piedra sin trabajar, como si el escultor hubiera decidido no separar del todo a la criatura del bloque.
Me detengo frente a una mujer sentada con las rodillas recogidas contra el pecho.
El rostro permanece completamente liso y, aun así, la postura transmite una resistencia silenciosa que me obliga a mirarla más tiempo del necesario.
Más adelante hay un torso masculino atravesado por surcos donde deberían continuar los brazos.
No parecen heridas. Parecen partes borradas.
Al fondo de la sala hay un hombre de espaldas a mí, inclinado sobre una mesa junto a la pared. Lo reconozco antes de verle la cara.
Es uno de los vampiros que he visto junto al Círculo.
No hemos hablado nunca.
Hasta ahora siempre lo había encontrado vestido de una forma mucho más limpia, quieto entre piedra, documentos y gente que parecía saber perfectamente quién era. Aquí lleva una camiseta oscura de manga corta y el polvo blanco le cubre los dedos, las palmas y gran parte de los antebrazos.