Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) QUINCE #2
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QUINCE #2

La mujer que tiene delante ríe otra vez y él tarda en responder.

El efecto de la droga resulta más evidente ahora que sé qué estoy viendo.

Sus movimientos llegan una fracción demasiado tarde, las pupilas no terminan de ajustar con la luz y a veces parece olvidar durante un segundo dónde estaba mirando.

Podría marcharme.

La posibilidad aparece con absoluta claridad.

Hay muchas opciones.

Voy hacia él.

La mujer me ve primero. Su sonrisa desaparece cuando me acerco y Óscar tarda todavía un par de segundos en darse cuenta de que alguien ha entrado en su conversación.

—Eh… —dice finalmente—. ¿Te importa?

No me reconoce.

—Óscar.

Parpadea.

Sus ojos recorren mi cara con una concentración torpe. Sé que parte de esa lentitud pertenece a la sustancia, pero aun así me irrita verlo buscarme dentro de su cabeza como si yo fuera un detalle menor de una noche que para mí empezó distinta.

Entonces algo encaja.

Su expresión cambia.

—Mierda.

Ahora sí.

—Te acuerdas.

Mira a la mujer. Después a mí.

—Tú eres…

No termina.

—La del camión.

La identificación no me gusta.

—Y la habitación.

La mujer deja de sonreír.

Óscar frunce el ceño. Incluso drogado, esas dos palabras se abren paso.

—Mira, yo no sé qué coño haces aquí, pero tú estabas fatal aquella noche.

—Estaba inconsciente.

La humana gira la cabeza hacia él.

Óscar se encoge de hombros y el movimiento lo obliga a volver a apoyar una mano en la columna.

—Dormida. Inconsciente. Lo que sea.

Lo que sea.

La rabia se vuelve más limpia.

—¿Qué hiciste?

—¿Qué?

—Aquella noche.

La pregunta parece irritarlo más que incomodarlo.

—Nada. Joder. Te ayudé.

—¿Me ayudaste?

—Te conseguí una habitación. Te llevé hasta allí.

La mujer ya no mira hacia mí.

Lo mira a él.

Óscar nota la reacción.

—No fue así.

—¿Cómo fue?

Tarda.

No porque esté buscando una mentira especialmente buena.

Porque la droga hace que tenga que seguir el hilo de la conversación cada vez que cambia.

—Estabas… —Se frota la boca—. Estabas ahí.

Eso es todo lo que consigue.

Estaba ahí.

Como si mi presencia dentro de una habitación hubiera sido suficiente.

Miro a la mujer.

—Vete.

Ella duda.

—¿Perdona?

—Yo me iría.

Óscar intenta reírse.

—No le hagas caso. Está loca.

La mujer observa primero mi cara y después la suya. Guarda el teléfono dentro del bolso, coge su copa y se aleja sin despedirse.

Óscar tarda varios segundos en seguirla con los ojos.

—¿Dónde coño va?

La sustancia lo ha vuelto más lento.

Más torpe.

Mucho más fácil de matar. Lo sé. Eso tampoco cambia nada.

Cuando vuelve hacia mí, lo observo. Hay algo casi obsceno en la diferencia entre nosotros.

Él utilizó mi cuerpo precisamente porque yo no podía moverlo.

Ahora apenas consigue controlar el suyo con normalidad y yo podría romperle el cuello antes de que lograra levantar una mano.

Podría convertir esa diferencia en una razón para dejarlo vivir.

No quiero.

La idea aparece sin ruido. No quiero demostrar que soy mejor que él. No quiero que se marche otra vez. Doy un paso. Óscar intenta retroceder y encuentra la columna. La alarma tarda en aparecer, pero llega.

—Sarah…

Por fin hay miedo.

Mi mano se cierra alrededor de su cuello. Sus dedos reaccionan y se sujetan a mi muñeca, pero el esfuerzo resulta torpe.

Lo miro.

La ironía resulta imposible de ignorar: él me tuvo indefensa y ahora lo está él. Podría utilizar esa diferencia para demostrarme que somos distintos.

Durante un momento considero hacerlo.

Después recuerdo su voz diciendo que me ayudó.

Me acerco a su cuello.

No necesito hambre para quererlo y la droga que lleva dentro no convierte la decisión en accidental.

Es mía.

Mis colmillos atraviesan la piel.

La primera sensación es la de su sangre caliente. La segunda, la interferencia del compuesto mezclándose con ella, una nota extraña que no consigue impedir que el hambre despierte en cuanto empiezo a beber.

Óscar forcejea. Su mano golpea mi hombro con una fuerza desordenada y sus dedos intentan cerrarse sobre mi ropa mientras el corazón acelera, atrapado entre el miedo y el efecto de la sustancia.

Podría separarme y sé hacerlo. Lucien se aseguró de que aprendiera dónde detenerme y llevo suficiente tiempo comprobando mis propios límites como para reconocer el momento en que una alimentación deja de ser peligrosa y empieza a convertirse en otra cosa.

Alcanzo ese punto.

Y sigo.

No hay un instante de locura ni una pérdida repentina de conciencia. Escucho el corazón de Óscar mientras pierde fuerza y sé perfectamente lo que significa cada cambio en el ritmo.

Continúo bebiendo porque he decidido hacerlo.

Cuando me separo, su cuerpo ya apenas se sostiene contra la columna. La mano que tenía aferrada a mi muñeca se desliza y Óscar termina en el suelo.

Permanezco mirándolo.

La sangre que acabo de beber deja una sensación extraña en mi cuerpo.

Estoy saciada, pero debajo de la satisfacción normal hay un pequeño zumbido, una interferencia demasiado parecida a la que provocó la muestra en el piso franco.

Es mucho más débil, diluida por la propia sangre de Óscar, pero sigue ahí.

Debería preocuparme.

Ahora mismo apenas se abre paso.

Esperaba sentir otra cosa al verlo muerto. No sé qué: alivio, quizá, o la sensación de que algo que quedó pendiente aquella noche ha encontrado por fin su sitio.

No llega.

Tampoco llega arrepentimiento.

El club continúa alrededor como si nada extraordinario hubiera ocurrido.

Algunas personas han mirado y ya están apartando la atención.

Un vampiro cerca de la barra me observa con interés, mientras uno de los empleados empieza a acercarse al cuerpo de Óscar con una tranquilidad excesivamente profesional.

Miro hacia el lugar donde dejé al desconocido.

Sigue allí.

Esperándome.

Vuelvo hacia la barra despacio, todavía demasiado consciente del calor de la sangre dentro de mí y de ese zumbido extraño que se ha quedado debajo, una vibración tenue que no termina de parecerse ni a la saciedad ni al efecto que sufrimos en el piso franco.

Él me observa acercarme sin cambiar de postura. Si le sorprende que haya matado a Óscar, no consigo verlo. Si esperaba exactamente eso, tampoco.

Esa neutralidad empieza a irritarme.

Me limpio la boca con el dorso de la mano y me detengo frente a él.

—Ese —dice en voz baja— era el precio.

Miro por encima del hombro. Uno de los empleados ya se ha agachado junto al cuerpo mientras otro aparta discretamente a un par de curiosos. La música sigue sonando y el espacio que ocupaba Óscar empieza a cerrarse a su alrededor con una rapidez desagradable, como si el club supiera digerir muertos.

—No ha cambiado nada.

Él sostiene mi mirada.

—No he dicho que tuviera que hacerlo.

La respuesta me deja sin la discusión que esperaba. No intenta convencerme de que he hecho justicia ni pregunta si me siento mejor. Parece limitarse a observar el resultado con esa calma suya que cada vez me cuesta más decidir si es indiferencia o algo mucho más consciente.

El zumbido bajo mi piel vuelve a hacerse notar y apoyo una mano sobre la barra.

Él baja los ojos hacia el gesto.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso se te da fatal.

—A ti responder preguntas.

La comisura de su boca se eleva.

Por un instante la luz roja cambia sobre su cara y sus ojos vuelven a parecer casi metálicos.

Me acuerdo de que hace apenas unos minutos estaba pegada contra esta misma barra esperando que me besara y la irritación regresa con suficiente fuerza para ayudarme a ignorar el mareo leve que empieza a formarse detrás de los ojos.

—Dime tu nombre.

—No.

La respuesta llega tan inmediata que casi me río.

—Sabes el mío.

—Sí.

—Apareces donde estoy, sabes cosas que no deberías saber, me haces preguntas y luego te niegas a darme hasta un nombre.

—No recuerdo haberte hecho muchas preguntas.

—Eso lo empeora.

Su sonrisa crece.

—Probablemente.

Aprieto los labios.

El muy cabrón parece satisfecho consigo mismo.

Lo miro. La sangre adulterada que había dentro de Óscar empieza a preocuparme más ahora que el impulso de matarlo ha desaparecido.

No siento las distorsiones de Aiden ni esa pérdida de tiempo que sufrió Lucien, pero las luces del club parecen algo más brillantes que antes y el bajo se ha convertido en una vibración demasiado precisa dentro de mi cuerpo.

El zumbido detrás de los ojos aumenta y tengo la impresión de que la música se aleja unos metros aunque siga igual de alta. Me sujeto mejor a la barra.

Él lo ve. No intenta tocarme. Eso también resulta sospechoso.

—Pronto vas a necesitar elegir antes de entender —dice.

—Sigues sin decirme qué quieres de mí.

Su sonrisa vuelve, pequeña y perfectamente irritante.

—Eso estropearía la diversión.

Me quedo mirándolo mientras intento decidir si lanzarle la copa a la cara contaría como una elección interesante.

Probablemente sí. No pienso darle el gusto. Me separo de la barra.

—Me voy.

Sus ojos bajan brevemente hacia mi cuerpo, como si comprobara algo que no comparte conmigo.

—Buena idea.

Eso me hace detenerme.

—¿Ahora sí tienes consejos?

—Solo uno.

Espero.

No llega.

—¿Y?

—Ya lo estás siguiendo.

Joder.

Me doy la vuelta antes de hacer algo de lo que sí me arrepienta.

Camino hacia las escaleras con la sensación de llevar su mirada entre los omóplatos.

La sangre de Óscar sigue caliente dentro de mí y el compuesto mezclado con ella deja pequeñas alteraciones difíciles de medir: algunas luces parecen conservar un rastro durante un segundo después de mover la cabeza y la música entra y sale de mi atención de una forma que no me gusta.

No sé si él sabía que Óscar estaba drogado ni cuánto de aquella sustancia llevaba dentro. Puede que fuera casualidad.

Antes de alcanzar las escaleras vuelvo la cabeza. Él continúa junto a la barra, pero ya no sonríe. Me está mirando con una concentración que me recuerda demasiado al restaurante, a aquel instante en que pareció buscar algo en mí que ni él mismo terminaba de comprender.

Nuestros ojos se encuentran.