Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) QUINCE
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QUINCE

El club no intenta agradar; impone sus propias reglas desde que cruzas la entrada.

La primera vez llegué con Claire y apenas conseguí separar el olor de la sangre del resto del ruido. Esta noche entro sola.

El hormigón queda desnudo entre estructuras metálicas y luces rojas y violetas que recortan los cuerpos sin terminar de iluminar ninguna cara. El bajo atraviesa el suelo y sube por las piernas antes de convertirse en música, obligando a la gente a acercarse para hablar.

La pista central está más llena que la última vez, aunque los laterales conservan pequeñas zonas de sombra entre columnas y sofás bajos donde las conversaciones parecen más privadas de lo que probablemente sean.

En la planta superior, las barandillas negras delimitan zonas reservadas que apenas consigo distinguir detrás del humo artificial.

Hay humanos bailando entre vampiros, parejas hundidas en sofás y pequeñas copas oscuras pasando de una mano a otra con una naturalidad que hace unas semanas me habría resultado imposible.

Una chica ríe mientras una vampira bebe de su muñeca y, cerca de una de las barras, otro limpia con el pulgar una gota de sangre de la comisura de una mujer antes de seguir hablándole como si acabara de probar su bebida.

Huele a sudor, cuero viejo, alcohol dulce y sangre.

Me concentro en esta última y enseguida noto una diferencia importante: aquí no encuentro la alteración del restaurante.

Falta aquella interferencia seca y equivocada que conseguía que mi cuerpo reconociera algo extraño mezclado donde no debería estar.

La sangre del club huele simplemente a sangre, servida en copas o directamente desde alguna muñeca entre personas que parecen haber aceptado las reglas de este lugar, sean cuales sean.

Eso no convierte al sitio en inocente. Ahora ya sé distinguir la diferencia. Pido una copa y me instalo cerca de uno de los extremos de la barra, desde donde puedo controlar gran parte de la pista y también el lugar donde lo vi por primera vez.

Está vacío.

Bebo sin hambre. El cristal frío entre los dedos me da algo sencillo que sostener. También llevo varios minutos mirando hacia la barra. Bebo otro sorbo.

La memoria de la visión aparece sin que la llame: París a plena luz del día, el calor de una bolsa de papel entre los dedos, el Sena devolviendo destellos y unos ojos plateados esperándome junto al río como si incluso una realidad fabricada por aquella sangre hubiera decidido reservarle un lugar.

No se lo conté a nadie.

Todavía no sé por qué mi cabeza lo eligió precisamente a él.

—Bienvenida, Sarah.

La voz llega tan cerca que mi cuerpo reacciona antes de que termine de reconocerla.

Un brazo rodea mis hombros. Reconozco primero el olor frío y mineral, después la presión firme de su mano y finalmente esa proximidad que mi cuerpo aprendió demasiado deprisa en el restaurante.

—Aún no sé tu nombre.

—Todavía

Giro la cabeza lo necesario para verlo de perfil.

Esta noche viste azul marino, un tono profundo que absorbe la iluminación violácea.

La chaqueta cae limpia sobre sus hombros y debajo lleva una camisa abierta lo justo en el cuello para que mis ojos se detengan allí un segundo antes de subir.

El cabello negro recoge algunos reflejos rojos de las luces y sus ojos parecen grises hasta que una de ellas atraviesa su rostro y vuelve a arrancarles aquel brillo plateado.

—Explícame lo del restaurante —digo.

Me observa un segundo más de lo necesario.

—¿Qué hacías allí?

—Cenar.

Lo miro.

Él mantiene la expresión completamente seria.

—No estabas cenando.

Su boca se mueve apenas.

Retira el brazo con calma y ocupa el asiento contiguo, aunque deja tan poca distancia entre ambos que la música nos obliga a inclinarnos para hablar.

—Entonces fue una cena decepcionante.

—Estabas en un reservado hablando con alguien.

—Eso suele hacerse en los reservados.

—Había papeles sobre la mesa.

—Qué observadora.

Aprieto ligeramente los dedos alrededor de la copa.

—El restaurante ardió unas horas después.

La sonrisa desaparece. No parece sorprendido, aunque tampoco encuentro en su rostro nada que me permita decidir qué sabía antes de esta conversación.

—Lo sé.

—Había vampiros sedados debajo. Humanos encerrados. Sangre alterada. —Mantengo su mirada—. Y tú estabas allí.

Sus ojos permanecen tranquilos.

—También estabas tú.

—Yo estaba investigándolo.

—Quizá yo tenía hambre.

Resoplo.

—No te creo.

—Eso empieza a parecer un problema tuyo.

—No pareces el tipo de persona que estaría sin saber qué clase de sitio era.

Esta vez tarda un poco en contestar. Apenas un instante, pero con él descubro que los silencios suelen decir bastante más que sus respuestas.

—No he dicho que creyera que era inocente.

—¿Y aun así estabas allí?

Inclina la cabeza.

—Sarah… —murmura—. Si evitara todos los sitios donde los poderosos convierten la sangre en obediencia, no podría pisar media ciudad.

La rabia me sube, rápida.

—Eso no es una respuesta.

—Lo es —replica—. Solo que no es cómoda.

La respuesta me devuelve al piso franco: Aiden siguiendo cosas que no existían, Lucien perdiendo minutos y yo caminando bajo un sol que nunca llegó a tocarme.

—¿Sabías que iba a arder?

—Cuando me marché seguía en pie.

Lo miro con incredulidad.

—No te he preguntado eso.

—Ya.

—Eres desesperante.

—Eso también me lo habías dicho.

No sé si está mintiendo. Puede que ignorara lo que había en las salas técnicas o que supiera bastante más de lo que pretende. Lo único seguro es que no va a regalarme la respuesta solo porque la quiera.

—Murió gente —digo.

Asiente una sola vez.

—Lo sé.

No pregunta cuánta. Tampoco si conocía a alguna.

Agradezco que no lo haga, aunque probablemente por razones equivocadas.

Aprieto la copa hasta que el borde se clava en mis dedos.

—Y te da igual —pregunto—. ¿Nunca pagas por nada?

La diversión desaparece de su rostro.

Esta vez me mira con una atención distinta, más inmóvil.

—Todo el tiempo.

No añade nada. Yo tampoco.

Mis ojos descienden por su rostro casi sin permiso, recorren la línea firme de la mandíbula, el cuello visible bajo la camisa y terminan en la boca. Me muerdo el labio antes de darme cuenta.

Nada de lo que sé sobre él impide que lo quiera más cerca.

Mucho.

Se levanta.

Lo sigo con la mirada mientras se coloca delante de mí.

Su mano encuentra mi cintura y tira de mí con suficiente firmeza para ponerme en pie.

El movimiento me sorprende más por la naturalidad con la que se permite hacerlo que por la fuerza; doy un paso y termino entre dos taburetes, con el borde de la barra presionando contra mis caderas.

El espacio desaparece.

La otra mano asciende lentamente hacia mi cara. Sus dedos recorren la línea de mi mandíbula y se detienen bajo el mentón, obligándome a elevar ligeramente el rostro.

Mi respiración cambia. Sus ojos bajan hacia mi boca. Esta vez no hay ninguna posibilidad de fingir que ha sido accidental.

Se inclina.

Después de lo ocurrido en el restaurante sé que puedo apartarme.

También sé, con una claridad bastante menos cómoda, que no quiero hacerlo.

El club empieza a perder importancia; sigo escuchando la música y notando el bajo vibrar contra la barra a mi espalda, pero mi atención se reduce a la mano sobre mi cintura, el pulgar junto a la mandíbula y la distancia cada vez menor entre nuestras bocas.

Me va a besar.

La certeza provoca una descarga de calor que baja hasta el estómago. Tengo espacio para retroceder y tiempo suficiente para hacerlo, pero en lugar de apartarme elevo apenas la barbilla.

Su boca queda tan cerca que siento su respiración sobre los labios.

Quiero que ocurra.

La admisión llega demasiado tarde para poder fingir otra cosa. Entonces descubro diversión en sus ojos.

Me toma el mentón con dos dedos y me gira el rostro con una suavidad que no admite réplica.

—Mira.

Al principio solo veo cuerpos moviéndose bajo las luces rojas, parejas demasiado juntas y camareros atravesando la pista con bandejas oscuras.

Después encuentro al hombre apoyado cerca de una columna.

Ese es…

¡Óscar!

Lo reconozco. El cabello castaño está mejor peinado y la camisa parece demasiado cara para el camionero que recuerdo, pero la cara es la misma. La habitación del hotel, mi ropa desplazada y la gasolinera regresan en una sola descarga de rabia.

Entonces encuéntralo. Pero no así.

No lo había encontrado.

Hasta ahora.

La decepción por el beso que no ha llegado desaparece tan deprisa que casi resulta absurda.

Óscar habla con una mujer humana que sostiene una copa delante del pecho.

Ella se ríe de lo que él dice y Óscar se inclina hacia su oído, pero se mueve de una forma extraña.

Apoya una mano contra la columna cuando cambia de posición, como si hubiera calculado mal dónde terminaba el suelo, y tarda más de la cuenta en reaccionar cuando la mujer vuelve a hablarle.

Sus pupilas están demasiado abiertas incluso para la iluminación del club y el cuerpo conserva una relajación que no parece natural.

Lo observo mejor y entonces lo percibo.

Debajo de su sangre hay otra cosa.

La misma interferencia.

Mucho más diluida que en los viales del restaurante, mezclada ahora con el olor cálido de un cuerpo humano vivo, pero mi percepción la reconoce antes de que necesite ponerle nombre. Esa nota seca, equivocada, que no pertenece a la sangre de Óscar y que ya encontré dentro del neófito.

Está drogado.

El hombre de ojos plateados retira la mano de mi rostro y mira hacia él.

—Los dos sabemos que tiene que pagar el precio.

La frase me produce una tensión extraña. No habla de justicia ni de lo que debería hacerse con alguien como Óscar. Lo dice con la misma serenidad con la que podría comentar que fuera está lloviendo.

Una sonrisa mínima aparece en su boca.

—Pero no es mi juego esta noche. Es el tuyo.

Me suelta y lo miro.

Resulta bastante fácil decir eso después de haberme llevado contra una barra, hacerme creer que iba a besarme y girarme físicamente hacia el hombre que me violó semanas atrás.

Vuelvo hacia Óscar.