Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) CATORCE #2
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CATORCE #2

Hay varias fotografías más pequeñas. Una de ellas está tomada durante la evacuación. Un bombero lleva a una mujer en brazos. Tiene la cabeza ladeada hacia atrás y una manta térmica cubre casi todo su cuerpo. El rostro apenas puede distinguirse, pero el cuello queda expuesto.

Veo el collar. Cuero oscuro. El aro metálico. La misma marca junto al cierre. Dejo de leer.

—¿Estás bien?

La voz del archivista parece llegar desde demasiado lejos.

Vuelvo a mirar la fotografía y encuentro el pie de foto.

Una de las víctimas evacuadas en estado crítico. Falleció posteriormente en el hospital.

La mujer de la jaula.

El corredor pierde importancia. Los pasos, las puertas y el murmullo de las oficinas quedan detrás de la luz roja del corredor de servicio, la taza de agua colocada fuera de su alcance y el sonido irregular de un corazón que necesitaba demasiado tiempo para llegar al siguiente latido.

También recuerdo mi mano sobre el picaporte.

No tardes.

No sé si habría sobrevivido aunque hubiera abierto la jaula. La noticia tampoco dice qué ocurrió con los vampiros de las camillas ni con el chico sujeto a la estructura metálica.

Puedo repetir todas las razones que encontré aquella noche: la operación, el resto de los cautivos, el riesgo de que los trasladaran. Ninguna cambia la fotografía.

La mujer está muerta.

—¿Sarah?

Levanto la vista.

El joven parece preocupado y, al verme todavía con su periódico entre las manos, interpreta mi expresión de la única manera que puede.

—De verdad, no pasa nada. He sido yo. Venía cargado y…

—No hablo del golpe.

Mi voz suena perfectamente normal.

Eso casi me molesta.

Le devuelvo el periódico con cuidado.

—Perdona.

—No tienes que…

—Sí.

No sé a quién va dirigido.

Recojo uno de los libros que todavía permanece en el suelo y se lo entrego. Él lo acepta con cautela, murmura algo que apenas escucho y termina alejándose con todas sus cosas apretadas contra el pecho.

Yo permanezco junto a la pared.

Permanezco junto a la pared con las llaves clavándoseme en el bolsillo. Claire y Lucien pensaban volver con una intervención preparada. Ya no queda un lugar al que regresar.

Podría decirme que hice lo correcto. Casi consigo hacerlo.

Entonces vuelvo a ver el collar alrededor de su cuello.

Guardo las llaves en el bolsillo y echo a caminar. Ya no pienso en la cuenta ni en qué música escuchaba cuando estaba viva.

Necesito salir.

El refugio parece más cerrado cuanto más avanzo hacia los niveles exteriores.

Los sonidos rebotan entre la piedra y las zonas revestidas de hormigón, el olor mineral se mezcla con el de las reservas de sangre y cada puerta que atravieso tarda un segundo demasiado largo en abrirse.

Entonces entiendo que tener permiso para marcharme y necesitar hacerlo son cosas distintas.

Llego al aparcamiento inferior.

La plataforma se extiende bajo una combinación de roca, hormigón y columnas gruesas.

Las luces blancas se reflejan sobre carrocerías oscuras y varias plazas permanecen vacías, aunque escucho un motor encendiéndose en otro nivel y voces procedentes de uno de los accesos.

Los números están pintados directamente sobre las columnas.

Encuentro el ciento diecisiete.

El coche ocupa casi por completo la plaza.

Es oscuro, discreto y suficientemente corriente para no llamar la atención, salvo por los cristales más gruesos y el sellado de las juntas.

Tiene una carrocería sobria, sin nada que anuncie que ha sido preparado para transportar a alguien a quien un retraso al amanecer puede dejar inconsciente dentro durante todo el día.

Me acerco mientras saco la llave correspondiente.

Esta vez no me pregunto si sé conducir.

Sé que sí.

Lo que no sé es por qué.

Abro la puerta.

El habitáculo huele a cuero nuevo, plástico y ese aroma seco de los coches que apenas han sido utilizados.

El salpicadero está iluminado por pequeños indicadores blancos y la consola central tiene más botones de los que necesito estudiar esta noche.

Hay una mampara opaca plegada junto a una de las ventanillas traseras y los cristales son lo bastante oscuros para convertir el aparcamiento en algo todavía más lejano.

Me siento.

Ajusto la distancia del asiento sin tener que pensarlo. Después la altura. Compruebo los espejos. Ahí sí me detengo. El retrovisor devuelve los reposacabezas, la luneta trasera y la pared de hormigón situada detrás del coche.

Nada ocupa el lugar donde debería aparecer mi cara. Los laterales muestran columnas, otros vehículos y líneas blancas pintadas sobre el suelo. Yo no estoy en ninguno. Ya conozco esa ausencia. No me gusta más por repetirse.

Aparto la atención antes de permitir que se convierta en otra cosa y pongo el coche en marcha.

El motor arranca con un sonido bajo. Mi pie encuentra el pedal correcto y la mano se desplaza hacia la palanca con la misma naturalidad que aquella noche después de Víctor.

Compruebo el espacio, engrano y empiezo a moverme.

No necesito recordar haber aprendido. Mi cuerpo ya lo hizo una vez. Lo extraño es la tranquilidad que produce repetirlo. Hay cosas que permanecen aunque la persona que las aprendió no consiga volver.

Salgo del aparcamiento. No hay nadie en el asiento de al lado diciéndome adónde debo ir.

La ciudad nocturna se abre alrededor en semáforos, escaparates y líneas de luz que resbalan sobre el parabrisas.

El tráfico es suficiente para mantenerme atenta sin bloquear las calles.

Motocicletas pasan entre los coches, un autobús se detiene frente a una marquesina iluminada y varios grupos esperan a que el semáforo cambie antes de cruzar.

Conduzco sin destino durante varios minutos. El coche responde a mis manos con suficiente naturalidad para que deje de pensar en cada movimiento y pueda concentrarme en algo bastante menos útil.

La mujer.

Intento no hacerlo. Fracaso. No regreso al restaurante.

Aunque quede algo en pie, no quiero encontrar la fachada ennegrecida de la fotografía ni descubrir si la zona donde estuvo encerrada sigue oliendo a ella debajo del humo, las cenizas y el agua utilizada por los bomberos.

Tomo otra dirección. Al principio no soy consciente de cuál.

Conozco esas calles por una memoria reciente, una de las pocas partes de mi existencia que todavía puedo recorrer sin encontrar agujeros.

Conforme los edificios residenciales dejan paso a construcciones bajas, talleres cerrados y grandes naves industriales separadas por solares mal iluminados, comprendo dónde estoy y reduzco la velocidad.

El polígono.

El club. El lugar donde vi por primera vez al hombre de ojos plateados. Podría cambiar de dirección. Ahora puedo hacerlo. Nadie me ha enviado aquí. Claire y Lucien ni siquiera están en el refugio para saber que he salido.

Tengo un coche, una tarjeta que abre las puertas y toda París disponible mientras dure la noche.

Podría girar en la siguiente esquina y utilizar esa libertad para hacer algo sensato.

No lo hago.