CATORCE
La noche siguiente me citan en una parte del refugio que apenas conozco.
La notificación aparece al despertar junto con una hora, un número de despacho y ninguna explicación. Claire y Lucien no están en el refugio; salieron juntos en una misión y, por lo que me dijeron, no esperan regresar hasta la noche siguiente.
Es la primera vez que sé que trabajan fuera juntos y el dato me resulta ligeramente extraño después de haberlos conocido casi siempre en funciones distintas: Lucien entrenándome o respondiendo ante el Círculo, Claire apareciendo y desapareciendo según trabajos que rara vez explica.
No sé qué están haciendo ni adónde han ido.
Hace unas semanas habría preguntado. Ahora asumo que el refugio está lleno de personas con vidas que continúan cuando yo dejo de mirarlas.
Mi primer problema después de recibir permiso para salir sola resulta ser una gestión administrativa. Casi consigue parecerme reconfortante.
El ala está más cerca de los archivos que de las zonas donde suelo moverme.
Aquí no se escuchan golpes contra las superficies de entrenamiento ni conversaciones escapando de habitaciones abiertas.
Los corredores son algo más estrechos y la iluminación, más blanca, cae sobre paredes donde la piedra natural ha sido parcialmente cubierta por paneles lisos de color gris claro.
Hay humanos entrando y saliendo con carpetas, vampiros sentados frente a escritorios y un ruido constante de papeles, cajones, impresoras y teclas.
Varias puertas llevan pequeñas placas metálicas con nombres o números y, junto a una intersección, una pantalla muestra horarios y avisos que nadie parece detenerse a leer.
La piedra del refugio sigue alrededor, visible entre marcos y columnas, pero alguien ha hecho todo lo posible por fingir que esta parte es una oficina perfectamente normal.
El despacho que me corresponde está al final del pasillo.
La puerta se abre a una estancia rectangular y sobria.
Las paredes mantienen el gris de la zona administrativa salvo por una franja de roca desnuda detrás del escritorio.
Hay dos sillas frente a una mesa de madera oscura, un archivador metálico junto a la pared y varias estanterías llenas de carpetas idénticas, clasificadas mediante códigos que no significan nada para mí.
Una lámpara articulada ilumina una superficie tan ordenada que me dan ganas de desplazar algo unos centímetros solo para comprobar si la persona que trabaja aquí empieza a sangrar por los ojos.
El vampiro que se levanta cuando entro parece pertenecer perfectamente al lugar. Lleva un traje gris impecable, el cabello oscuro apartado de la frente con una precisión semejante a la de sus documentos y una expresión educada que no llega a convertirse en interés.
—Sarah. Tome asiento.
Obedezco.
—Ephraim —se presenta—. Gestiono propiedades, permisos y recursos asignados por el Círculo. Su beneplácito fue aprobado anoche, pero quedan varias formalidades pendientes.
Miro la carpeta que deposita frente a mí.
—Me dijeron que todo estaría listo hoy.
—Lo está.
—Entonces me tranquiliza saber que ni morirse libra a nadie del papeleo.
Ephraim me observa durante un segundo.
No sonríe.
Probablemente sea una habilidad adquirida con décadas de práctica.
Abre la carpeta y empieza a explicarme los documentos con una paciencia metódica.
Hay un vehículo preparado para mis desplazamientos nocturnos y con protección suficiente para una emergencia si la noche se alarga demasiado, una cuenta operativa con fondos del Círculo y varios permisos que especifican qué recursos puedo utilizar sin solicitar autorización previa.
Algunas hojas tienen campos rellenados a máquina; otras, sellos, códigos internos y espacios reservados para mi firma.
Resulta absurdamente humano.
He salido de una tumba sin saber quién soy, he descubierto que necesito sangre para seguir existiendo y hace menos de dos noches estaba fotografiando vampiros atados a camillas en la trastienda de un restaurante.
Ahora necesito seis firmas para hacer oficial que puedo vivir sola.
—Aquí —dice Ephraim.
Firmo. Pasa la página. Vuelvo a firmar.
Mi nombre empieza a repetirse en la esquina inferior de los documentos hasta adquirir un aspecto extraño.
Sarah . Una palabra que elegí porque necesitaba responder cuando alguien me preguntó cómo me llamaba y que ahora aparece asociada a una dirección, una cuenta y un vehículo como si hubiera pertenecido siempre a una persona perfectamente definida.
No lleva apellido.
Eso también destaca más cuanto más formal se vuelve todo.
—Nunca pensé que acabaría firmando documentos después de morir.
—Las asignaciones son revisables —responde Ephraim sin levantar la mirada.
Dejo el bolígrafo un instante.
—Has conseguido que suene todavía menos mío.
—Los recursos pertenecen al Círculo. Su uso queda asignado a usted mientras mantenga el beneplácito.
Ah.
Mucho mejor.
Sigo firmando.
Cuando terminamos, Ephraim ordena todas las hojas con una precisión que confirma mis sospechas sobre lo que ocurriría si desplazara algo de su mesa y las introduce de nuevo en la carpeta.
Después coloca tres objetos delante de mí: una tarjeta oscura sin apenas marcas visibles, un llavero con varias llaves y otra llave más grande con el símbolo de un fabricante de coches.
Los miro. Son objetos ridículamente corrientes. Aun así, pesan de otra manera.
No son exactamente míos. Ephraim acaba de dejarlo bastante claro. El coche pertenece al Círculo y probablemente hasta la cuenta pueda desaparecer con una orden firmada en esta misma ala.
Pero las llaves están en mi mano.
Y por primera vez desde que Claire me llevó al refugio puedo decidir qué puerta exterior quiero atravesar sin necesitar que nadie venga conmigo.
—Todo queda operativo desde esta noche —explica Ephraim—.
La dirección está incluida en la documentación.
El vehículo se encuentra en el aparcamiento inferior, plaza ciento diecisiete.
La tarjeta permite utilizar los accesos exteriores autorizados.
Cualquier incidente que pueda comprometer el refugio deberá comunicarse.
Cojo las llaves.
El metal está frío y pesa más de lo esperado en la palma.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
Me cuesta creerlo.
Anoche necesitaba permiso para marcharme. Esta noche alguien acaba de entregarme una tarjeta que abre una salida y una llave de coche.
—¿Puedo salir ahora?
Ephraim me mira como si la pregunta fuera innecesaria.
—Tiene el beneplácito.
La respuesta produce una satisfacción bastante más intensa de lo razonable.
—Bien.
Cierra la carpeta.
—Puede retirarse.
Salgo del despacho con la tarjeta guardada en un bolsillo y las llaves en el otro.
El tintineo me acompaña por el corredor mientras dejo atrás aquella pequeña maquinaria administrativa empeñada en demostrar que incluso los muertos necesitan registros, permisos y alguien encargado de archivarlos correctamente.
Es la primera vez que camino por el refugio sabiendo que puedo seguir recto hasta una salida. Las llaves tintinean dentro de mi bolsillo a cada paso.
Podría bajar al aparcamiento, arrancar el coche y marcharme sin esperar a Claire ni a Lucien. En lugar de pensar adónde iría, pienso en el coche.
Sé conducir. Mi cuerpo lo demostró la noche de Víctor, pero no encuentro a nadie enseñándome, un primer coche ni una sola carretera anterior a mi despertar.
Intento recordar qué música escuchaba al volante. Tampoco aparece. Sé utilizar un embrague y corregir una pérdida de adherencia, pero no si conducir me gustaba o era solo otra cosa que sabía hacer.
Reduzco el paso y saco las llaves. El metal está frío sobre mi palma. Otra cosa que mi cuerpo conoce mejor que yo, solo que esta noche al menos puedo elegir para qué utilizarla.
Vuelvo a moverme y doblo una esquina demasiado pendiente de mis pensamientos.
Choco con alguien. El golpe apenas me desplaza, pero el otro vampiro pierde todos los libros que llevaba contra el pecho.
Los lomos chocan contra el suelo y varias hojas sueltas se deslizan debajo de un banco colocado junto a la pared.
—Perdón —decimos al mismo tiempo.
Él ya se está agachando. Parece joven, o al menos eso aparenta, y lleva una de las prendas sencillas que utilizan algunos ayudantes de los archivos. La tela le queda ligeramente grande en los hombros y tiene esa clase de nerviosismo que convierte cada movimiento en una disculpa anticipada.
—No te vi —dice mientras intenta recoger varias cosas a la vez—. Lo siento.
—Yo tampoco estaba mirando.
Me agacho para ayudarlo. Hay libros, dos carpetas y varios periódicos doblados. Recojo uno de estos últimos antes de que termine de deslizarse debajo del banco.
La fotografía de portada me detiene.
Reconozco el edificio.
La piedra clara de la fachada está ennegrecida por el humo.
Dos de los grandes ventanales han desaparecido y el interior se abre hacia la calle convertido en una masa oscura de vigas, cristales y restos carbonizados.
Los toldos que recuerdo ya no existen y parte de la acera está cubierta por agua sucia y espuma.
Hay bomberos delante de la entrada y una fila de vehículos de emergencia ocupa prácticamente toda la calzada.
Leo el titular.
Un incendio destruye un conocido restaurante parisino durante la madrugada. La policía investiga el origen del fuego.
Solo escucho el papel crujir entre mis dedos.
Es el restaurante.
Bajo la mirada hacia el resto de la noticia.
Hablan de varios muertos, personas desaparecidas y dificultades para acceder a los niveles inferiores del edificio.
Las autoridades creen que el incendio pudo iniciarse en una zona privada que no aparecía completamente reflejada en los planos públicos y todavía no han determinado la causa.