Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) TRECE
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TRECE

El cambio es tan brusco que inspiro por puro reflejo.

Tardo varios segundos en reconocer el techo del piso franco y algunos más en comprender qué está mal.

Sigo en el sofá. La ropa del restaurante continúa puesta y no existe ningún vestido, ninguna bolsa de papel ni ningún calor de sol sobre mi piel.

Las persianas están completamente bajadas y solo una claridad gastada se filtra por los bordes, demasiado débil y demasiado distante para parecerse a la mañana que todavía tengo metida dentro de la cabeza.

Me incorporo demasiado deprisa.

París, el sol, la panadería, el Sena y unos ojos plateados bajo un cielo azul permanecen dentro de mí con la consistencia exacta de un recuerdo.

Marc está sentado a la mesa con una taza vacía delante y varias hojas cubiertas de anotaciones. Ha cambiado de postura desde la última vez que recuerdo haberlo visto, pero no parece cansado. La lámpara sobre la cocina continúa encendida pese a la claridad que intenta entrar por las persianas.

—¿Cuánto tiempo?

Consulta el reloj.

—Dejaste de responder a los nueve minutos aproximadamente. Después llegó el amanecer.

Miro hacia las ventanas.

—¿Y ahora?

—Está anocheciendo.

La respuesta tarda en encajar.

—¿He estado así todo el día?

—Has dormido todo el día. Igual que ellos.

Sigo la dirección de su mirada.

Aiden está sentado en el suelo de la cocina con la espalda apoyada contra uno de los muebles.

Tiene el cabello completamente desordenado y mantiene ambas manos contra las sienes, como si todavía no hubiera decidido si abrir los ojos mejora o empeora las cosas.

Lucien permanece cerca de la mesa, más pálido de lo habitual, con una mano apoyada sobre la madera mientras termina de recuperar esa rigidez precisa que parece necesitar para sentirse él mismo.

—Dime que tú también —dice Aiden cuando consigue enfocarme.

—¿Qué cosa?

—Estar en otro sitio. No verlo. Estar allí.

Miro otra vez mis manos.

Todavía recuerdo el sol sobre ellas.

—Sí.

Aiden deja caer la cabeza hacia atrás.

—Bien. O fatal. Ya no sé.

Lucien levanta los ojos.

—¿Qué viste?

La pregunta me devuelve el puente antes de que pueda evitarlo. Piedra caliente bajo las manos. El río. Cabello negro bajo el sol.

Vas tarde.

No necesito contar esa parte.

—El día.

Lucien espera.

—Podía salir. El amanecer no me hacía nada y caminaba por París como si fuera normal. Había gente, terrazas, tráfico… Entré en una panadería.

La última parte suena ridícula después de todo lo demás.

No lo era allí.

Marc deja el bolígrafo.

—¿La panadería era importante?

—No.

Lo pienso.

—Precisamente por eso.

Recuerdo el papel caliente entre los dedos y la absoluta inutilidad del croissant que había comprado sin poder comerlo. Nada relacionado con sobrevivir, investigar mi muerte, controlar la sangre o demostrar que no voy a matar a alguien.

Solo quise entrar.

Aiden consigue ponerse en pie y termina sentado en una de las sillas.

—¿Podemos volver a la parte en la que acabo de vivir algo que no ha ocurrido?

Marc desliza sus notas hacia Lucien.

—Aiden empezó a perder coordinación a los tres minutos. Tú aguantaste algo más. Sarah mantuvo respuesta externa durante casi nueve minutos. Después los tres entrasteis en letargo con el amanecer y no ha habido forma útil de separar cuánto pertenecía ya a la sustancia y cuánto al sueño diurno.

Lucien revisa las anotaciones.

—¿Qué recuerdas? —pregunta a Aiden.

Él tarda.

—Todo encajaba. Ese es el problema. Había una casa. Gente a la que supuestamente conocía. Recuerdo habitaciones, conversaciones, incluso dónde estaban las cosas. Mientras estaba allí no pensé ni una vez que fuera imposible.

Se frota la cara y permanece unos segundos en silencio.

—Y si me dijeran que puedo volver, yo querría hacerlo.

Eso me incomoda porque comprendo exactamente qué quiere decir. Durante unos minutos después de abrir los ojos habría preferido regresar. Por el sol.

Por París.

Por poder comprar algo inútil solo porque me apetecía. Y por él. No sigo esa última idea. Lucien observa el vial que permanece dentro de la bolsa sellada sobre la mesa.

—La distorsión inicial puede ser solo la primera fase. Después parece construir una experiencia inmersiva utilizando algo del individuo.

Marc levanta la mirada.

—¿Utilizando qué?

Lucien tarda apenas un segundo.

—No lo sabemos.

Otra respuesta que no pretende ser más de lo que es.

—Pero explicaría parte del consumo repetido —continúa—. Si lo que produce resulta suficientemente deseable, no necesitan forzar a todos desde el principio.

Aiden hace una mueca.

—Primero consiguen que quieras volver. Después ya pueden hacer contigo lo que quieran mientras estás intentando regresar.

Nadie responde inmediatamente.

Miro el vial y el restaurante vuelve con una precisión desagradable: los clientes hablando en voz baja, la sangre servida en cristal caro, los viales pasando de una bandeja a otra con la misma normalidad que una botella de vino.

Después la puerta de servicio. Las paredes lavables. Las camillas. Los cuerpos sujetos.

La mujer.

Una taza de agua fuera de su alcance.

Mi mano sobre el picaporte.

Apartándome.

La fachada de lujo empieza a tener otro sentido.

No sabemos qué contiene la sustancia ni quién la produce, pero ya sabemos que puede ofrecer a un vampiro algo suficientemente convincente para querer volver a beberla.

Después basta con esperar a que deje de distinguir qué es real o hasta dónde puede controlar su propio cuerpo.

Y hay vampiros pagando por hacerlo.

Eso convierte los viales en algo bastante peor que una forma extraña de emborracharse.

Esperamos hasta que la noche ha caído por completo antes de regresar.

El trayecto transcurre casi en silencio.

A través de la ventanilla veo las calles llenarse de personas que salen del trabajo, entran en restaurantes o esperan autobuses sin que ninguna de ellas tenga que calcular cuánto falta para que el día vuelva a apagarla.

Después de haber caminado durante horas bajo un sol que nunca llegó a tocarme, la oscuridad resulta familiar y al mismo tiempo más estrecha.

Apoyo la frente contra el cristal.

Todavía puedo recordar el calor.

Eso es lo peor.

No haber visto algo absurdo o fragmentado, sino haber vivido durante unos minutos una realidad construida exactamente para que no quisiera cuestionarla.

Cuando llegamos, el refugio ya está despierto.

Hay voces en los corredores y golpes procedentes de una sala de entrenamiento.

Un humano empuja un carro cargado con bolsas de sangre hacia los almacenes mientras dos vampiros discuten junto a una puerta.

Hace unas semanas aquel lugar me parecía una construcción interminable excavada bajo tierra; ahora reconozco qué pasillo conduce a las zonas comunes, cuál desemboca en la biblioteca y en qué punto empiezan las puertas para las que mis credenciales todavía no sirven.

También conozco mejor sus límites.

Los míos son incluso más claros.

Puedo moverme por determinadas zonas del refugio sin que nadie me acompañe.

Puedo entrenar, leer, utilizar los espacios comunes y encerrarme en mi habitación durante toda una noche si me apetece.

Pero desde que Claire me trajo aquí no he cruzado una salida exterior por decisión propia ni una sola vez.

Todas las veces que he vuelto a ver París han ocurrido porque alguien me llevaba a una misión, con Claire, Lucien o ambos y un lugar concreto al que debía ir.

No puedo decidir simplemente que quiero salir.

Todavía no.

Nos conducen directamente ante el Círculo.

La cámara conserva la misma sobriedad intimidante de las ocasiones anteriores: piedra pulida, una cúpula que desaparece por encima de la iluminación y demasiado espacio alrededor de las pocas personas que esperan al otro extremo.

Éléonore ocupa su lugar habitual. Alaric tiene documentación extendida delante y otro de los miembros del Círculo permanece algo más atrás mientras Lucien deposita la muestra sellada sobre la mesa.

El informe convierte la noche en algo mucho más limpio de lo que fue.

Lucien empieza por el restaurante, la circulación de sangre alterada y los viales.

Continúa con la zona de servicio, las habitaciones ocultas, las víctimas retenidas, las fotografías y los horarios de entrega.

Después explica el experimento del piso franco y distingue con cuidado lo observado de aquello que solo podemos suponer: distorsión sensorial, alteración de la percepción temporal, pérdida de coordinación y un estado posterior capaz de construir experiencias que los tres percibimos como reales.

Cuando habla de las habitaciones técnicas, regreso a la jaula.

Lucien explica que encontramos personas retenidas y que una intervención inmediata habría destruido la cobertura antes de identificar cómo circulaba el producto. No convierte la decisión en algo heroico. Tampoco la adorna.

Aun así, las palabras suenan demasiado limpias comparadas con un corazón tardando demasiado entre un latido y el siguiente.

Éléonore pregunta por el material que fotografié y por la zona a la que entré.

Lucien no oculta que me aparté de la instrucción inicial.

—Le indiqué que siguiera únicamente el rastro dentro de la zona pública. Encontró un acceso de servicio y continuó sola.

Éléonore me mira.

—¿Por qué?

Podría responder que porque Marc miró hacia las cortinas.

Sería bastante difícil defenderlo como criterio profesional.

—Porque la sangre alterada entraba por allí y quería saber de dónde salía.

—¿Sabías que estabas excediendo tus instrucciones?

—Sí.

Alaric levanta la mirada de los documentos.

—¿Y aun así continuaste?

—Sí.

No tiene demasiado sentido fingir otra cosa.

Éléonore no parece molesta. Tampoco satisfecha. Solo escucha mientras explico qué encontré y por qué decidí no liberar inmediatamente a la mujer ni a los vampiros retenidos.

Esa parte cuesta más.

No porque no tenga razones.

Porque las tengo demasiado claras.