DOCE #3
Hasta ahora siempre lo he encontrado rodeado de oscuridad: el club, un reservado, espacios diseñados para esconder cosas.
Aquí no hay sombras suficientes para convertirlo en algo menos concreto.
Lleva una camisa clara con las mangas remangadas y el sol cae directamente sobre el cabello negro y las facciones angulosas que la noche hacía todavía más duras.
No parece menos peligroso. Solo más real. Me detengo.
Él gira la cabeza y sus ojos me encuentran como si hubiera sabido exactamente dónde mirar.
—Vas tarde.
Frunzo el ceño.
—¿Adónde?
Una sonrisa pequeña aparece en su boca.
—A dormir.
Miro hacia el cielo.
—Estoy ocupada.
—Ya veo.
Sus ojos bajan hacia la bolsa de papel.
—¿Desayuno?
—No puedo comerlo.
—Elección curiosa.
—Quería comprarlo.
La respuesta parece gustarle.
—Entonces tiene sentido.
Me acerco hasta la barandilla, aunque dejo más espacio entre los dos del que permití la última vez. Mi cuerpo recuerda perfectamente lo que ocurrió cuando aquella distancia desapareció.
—Tú tampoco estás ardiendo.
Mira una de sus propias manos como si acabara de advertirlo.
—Una decepción.
—Empiezo a pensar que haces todo esto para irritarme.
—¿Funciona?
—Sí.
La sonrisa se amplía apenas.
Me apoyo en la barandilla y observo el agua. El sol calienta la piedra bajo mis manos y una embarcación pasa por debajo dejando una estela que deforma los reflejos de los edificios.
—Sigo sin saber quién eres.
—Lo sé.
—Y tú sigues sabiendo quién soy.
—También.
—Es muy molesto.
—Eso ya me lo habías dicho.
Giro la cabeza hacia él.
—Podrías solucionarlo.
—Podría.
Espero.
No añade nada.
La necesidad de empujarlo al río compite con las ganas de permanecer allí hasta conseguir que responda una sola pregunta. Me estoy acostumbrando demasiado a esa contradicción.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Los ojos plateados permanecen en el río.
—Lo sé.
—Eso no es una respuesta.
—No.
—¿Quién te habló de mí?
No contesta.
—¿Qué sabes de mí?
Esta vez me mira.
Durante un momento espero que diga algo distinto.
La presión detrás de los ojos regresa antes de que pueda insistir. El sonido del tráfico parece alejarse y tengo que apoyar algo más de peso sobre la barandilla.
Él lo nota.
—Te estás apagando.
—No.
—Muy convincente.
Enderezo la espalda.
—Estoy perfectamente.
Su expresión pierde una parte de la diversión.
—¿Cuánto tiempo llevas fuera?
Miro el cielo y abro la boca para responder.
No tengo la menor idea.
Hace un momento estaba segura de controlar el tiempo y ahora no sé si llevo caminando una hora o varias. Intento recordar la salida del piso, el trayecto hasta la panadería y las calles que he recorrido.
Todo está ahí.
Y, al mismo tiempo, ninguna distancia parece encajar del todo con la siguiente.
—No sé.
—Vuelve.
—No quiero.
La respuesta sale demasiado rápido. Él no pregunta por qué. Agradezco que no lo haga.
El día continúa desarrollándose alrededor de nosotros. Una embarcación cruza el Sena y deja una estela que tarda en cerrarse; un grupo de turistas se detiene al otro lado del puente y una mujer pasa junto a nosotros hablando por teléfono. Podría quedarme allí hasta que volviera a anochecer.
Quiero hacerlo.
Aunque mis piernas empiezan a pesar cada vez más.
—Puedo volver sola.
—Puedes.
La respuesta me hace mirarlo.
—¿Eso es todo?
—Esperabas que discutiera.
—No.
—Mientes mal.
—No sabes nada de mí.
La frase tiene suficiente historia entre nosotros para que su expresión cambie, aunque solo un poco.
—Eso también lo habías dicho.
Se separa de la barandilla y se coloca a mi lado. No me toca ni intenta guiarme; espera hasta que termino aceptando que el piso está bastante más lejos de lo que mi cuerpo quiere caminar.
Empezamos a movernos.
La ciudad continúa alrededor como si no estuviera ocurriendo nada extraño.
El sol cae entre los edificios, las terrazas están mucho más llenas y cada vez circulan más coches.
Él ajusta el paso cuando empiezo a quedarme atrás y no comenta el cambio.
Por alguna razón, esa ausencia de insistencia me resulta más fácil de aceptar que cualquier intento de ayudarme.
—¿Siempre haces lo que quieres? —pregunto.
—Casi siempre.
—Qué sorpresa.
—Tú tampoco pareces especialmente obediente.
Pienso en una puerta gris.
En una mujer que no podía ponerse de pie.
—A veces sí.
La respuesta cambia mi voz. Él me mira. No pregunta. Seguimos.
Cuando llegamos a la calle del piso franco, la somnolencia se ha convertido en un peso físico que arrastra cada movimiento.
El sol sigue tocándome sin hacerme daño, aunque ya apenas puedo disfrutarlo.
Me detengo frente al portal y miro la puerta, deseando que los cuatro pisos que me separan del sofá desaparezcan por iniciativa propia.
—Puedo entrar sola.
—Eso espero.
—Entonces puedes irte.
Inclina la cabeza.
—Podría.
No se mueve.
Permanece observándome de esa forma que todavía no sé interpretar, como si la pregunta fuera yo y le molestara no haber encontrado una respuesta.
—Te queda bien el día, Sarah.
Mi nombre vuelve a sonar demasiado íntimo en su voz.
—Sigo queriendo saber el tuyo.
La sonrisa reaparece.
—Duerme.
—Eso no es un nombre.
—No.
Entro antes de que consiga irritarme otra vez.