DOCE #2
—Dos minutos y cuarenta y siete segundos.
Aiden deja escapar una risa cansada.
—Presumida.
Entonces noto un golpe bajo el esternón.
Seco.
Único. Demasiado parecido a un latido. Me llevo los dedos al pecho por reflejo. Marc sigue el movimiento.
—¿Qué?
—No sé.
Espero.
No vuelve.
El amanecer continúa acercándose y empieza a resultar imposible separar dónde termina el efecto de la sangre y dónde comienza esa presión que cada día me arrastra hacia el sueño. Aiden se ha tumbado por completo y observa algo sobre el techo con el ceño fruncido.
—Hay gente ahí.
Lucien gira hacia él.
—¿Dónde?
Aiden señala un espacio vacío junto a la pared.
—Sé que no están. Lo sé. Pero siguen ahí.
Pronuncia algunas palabras más, cada vez más bajas, y poco después deja de responder. Su cuerpo se afloja contra el sofá mientras el amanecer termina de ganar terreno.
Lucien aguanta algo más. Cuando las piernas empiezan a fallarle se sienta en el suelo junto a la mesa y trata de continuar describiendo lo que percibe, aunque sus frases pierden precisión.
Habla de una habitación que nosotros no vemos, pregunta algo sobre una persona que ninguno conocemos y termina observando sus propias manos como si no estuviera completamente seguro de que sigan siendo suyas.
Marc pasa de él a mí.
—Si empiezas a ver algo, me lo dices.
—Sigo bien.
Su expresión deja claro que esa valoración le corresponde a él. La primera claridad aparece entonces en el borde de una de las persianas. Un hilo dorado se desliza sobre el suelo.
Me quedo mirándolo. La habitación parece alejarse de repente del sonido de la calle, de Aiden dormido y de Lucien con la espalda apoyada contra la pared. La luz continúa avanzando sobre la madera a pesar de que recuerdo perfectamente que las persianas estaban bajadas.
Marc sigue mi mirada. Dice algo. No consigo entenderlo. La franja de sol alcanza la punta de mis botas. No debería estar allí.
Lo sé.
También sé lo que ocurriría si me tocara.
Aun así, me pongo en pie. Las piernas responden perfectamente. Eso también debería llamarme la atención. Camino hacia la ventana mientras la claridad asciende por mis piernas sin provocar nada. Levanto una mano y la acerco despacio al cristal. La luz cae sobre mi piel. Espero el dolor.
No llega.
Mantengo los dedos frente a la ventana mientras el sol empieza a elevarse entre los edificios, limpio y dorado, completamente indiferente al hecho de que debería destruirme.
No hay quemaduras, humo ni piel abriéndose bajo la claridad.
Ni siquiera un calor excesivo. Solo una sensación agradable extendiéndose por el dorso de mi mano.
Otro golpe aparece bajo el esternón.
Después otro.
Miro mi piel. La habitación se refleja débilmente sobre el cristal. Veo el sofá, la mesa, varios muebles y a Marc detrás de mí. Aiden y Lucien no aparecen. Yo tampoco. Eso sigue siendo igual. Me giro. Marc permanece al otro lado de la habitación. No parece sorprendido.
—Claro… —murmuro.
No sé qué acaba de confirmarse, pero la certeza aparece antes de que consiga formular la pregunta.
La ciudad continúa naciendo detrás del cristal.
Cada edificio gana definición, las ventanas se llenan de reflejos y poco a poco dejo de pensar en que debería estar dormida.
La ropa oscura del restaurante empieza a resultarme incómoda para salir a la calle y cambiarme se convierte en la decisión más natural del mundo.
No recuerdo abrir ningún armario. Encuentro un vestido sencillo, unas botas cómodas y una chaqueta ligera. Al pasar frente al espejo del dormitorio veo la cama y la pared ocupando el lugar donde debería aparecer mi cuerpo. Hoy no me importa.
Salgo.
El día me recibe entero cuando cruzo la puerta del edificio.
Durante los primeros metros avanzo esperando que el castigo llegue tarde. El sol toca mi cara, las manos y la piel descubierta de las piernas sin provocar nada. Continúo caminando y permito que vuelva a encontrarme una y otra vez hasta que la imposibilidad empieza a parecer normal.
París está despertando.
Las aceras todavía conservan humedad de la noche y las terrazas empiezan a llenarse del ruido metálico de sillas arrastradas sobre la piedra.
Una bicicleta pasa demasiado cerca y el ciclista protesta contra un hombre que cruza sin mirar.
Frente a una frutería descargan cajas mientras una mujer levanta la persiana del comercio vecino; desde una panadería llega el olor a mantequilla, levadura y azúcar caliente, mezclado con café y con el humo de los primeros vehículos acumulándose en la calle.
La comida no me provoca hambre. Aun así, poder estar allí para olerla resulta extrañamente importante.
Nadie me mira. Nadie sabe que estoy muerta.
Ninguna persona se pregunta quién me creó, si soy peligrosa o cuántas normas he aprendido desde que salí de una tumba.
Nadie observa cuánto tardo en apartarme de un cuello abierto ni escribe cómo responde mi cuerpo cuando algo no debería estar dentro de la sangre.
Puedo caminar entre ellos sin convertirme en la neófita, la anomalía o el problema que alguien debe comprender. Podría ser cualquiera. Entro en la panadería solo porque puedo hacerlo.
El local es estrecho, con paredes color crema y una franja de azulejos blancos detrás del mostrador.
Varias cestas de madera contienen baguettes y panes oscuros; en la vitrina hay croissants, tartas pequeñas y pasteles colocados con una precisión que vuelve todavía más inútil mi presencia allí.
El cristal está ligeramente empañado cerca de la zona del horno y el aire resulta mucho más cálido que en la calle.
Hay varias personas esperando. Una niña balancea el brazo de su madre con aburrimiento mientras un hombre consulta el teléfono y la fila avanza lentamente. Me limito a permanecer allí disfrutando de algo que no sirve absolutamente para nada.
De algo humano.
Cuando llega mi turno, el panadero me pregunta qué quiero.
—Un croissant, por favor.
Lo digo sin pensar. Él lo introduce en una bolsa de papel y me cobra. Salgo con el paquete todavía caliente entre los dedos. No pruebo lo que hay dentro.
Sé que no va a saber como debería y, de algún modo, prefiero conservar intacta la idea.
Sigo caminando.
No tengo ningún lugar al que ir. Eso forma parte de lo bueno.
El Sena devuelve la luz en pequeños destellos y la mañana ha empezado a llenar los puentes de peatones.
El aire huele a piedra húmeda, tráfico y café procedente de las terrazas cercanas.
Hay barcos avanzando lentamente por el agua, bicicletas cruzando entre personas y edificios de piedra clara extendiéndose a ambos lados del cauce bajo un cielo cada vez más azul.
Me apoyo un momento en una barandilla. El sol calienta el dorso de mis manos. Cierro los ojos.
No duele.
Por primera vez desde que desperté no hay nada persiguiéndome dentro de mi propio cuerpo.
Cuando vuelvo a abrirlos, lo veo. Está apoyado contra la barandilla unos metros más adelante, apartado lo suficiente del flujo de peatones para no tener que moverse cada vez que alguien pasa.
El hombre de ojos plateados. A plena luz del día resulta distinto.