Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) DOCE
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DOCE

Llegamos al piso franco cuando la noche empieza a perder profundidad.

Todavía no ha amanecido, pero ya noto el día acercándose.

No se parece al cansancio que recuerdo de cuando estaba viva, aunque tampoco poseo ninguna noche concreta con la que compararlo.

Es una presión que empieza detrás de los ojos y se extiende poco a poco por el cuerpo, apagando la urgencia de los sonidos y haciendo que cada movimiento requiera algo más de esfuerzo.

Aiden deja de hablar durante el último tramo del trayecto y Lucien parpadea con más frecuencia, aunque continúa conduciendo con la misma precisión de siempre.

Marc es el único que parece igual que cuando salimos del restaurante.

El edificio está prácticamente en silencio cuando subimos.

Detrás de algunas puertas empiezan a oírse duchas, tuberías y los primeros movimientos de humanos que se preparan para comenzar el día mientras nosotros hacemos exactamente lo contrario.

Al entrar en el piso, Marc enciende únicamente la lámpara suspendida sobre la cocina.

La luz amarilla deja el salón en una penumbra suave y convierte las persianas completamente bajadas en rectángulos oscuros al otro lado de la estancia.

El piso conserva el olor de unas horas antes —detergente, madera, café seco en alguna taza—, pero nosotros hemos traído dentro demasiadas cosas del restaurante. Perfume, alcohol, humo adherido a la ropa y, por encima de todo, sangre.

Lucien saca la muestra de la chaqueta y la deposita sobre la mesa.

Dentro de la bolsa sellada hay un vial de vidrio oscuro con un código impreso y apenas unos mililitros de líquido.

Resulta difícil mirarlo sin recordar todo lo que había alrededor del lugar donde lo encontré: las correas, las camillas, las paredes lavables, el frío de las salas técnicas y aquella taza de plástico colocada unos centímetros fuera del alcance de una mujer que quizá no llegue viva a la próxima noche.

Esa parte sigue ocupándome más que la muestra.

La dejé allí.

Puedo construir todas las razones que quiera alrededor de la decisión y siguen conduciendo al mismo sitio.

Aparté la mano del picaporte.

Y me fui.

—Quiero registrar una respuesta básica antes de entregar la muestra —dice Lucien—. Lo mínimo.

Marc mira primero el vial y después las persianas.

—Está amaneciendo.

—Precisamente.

El letargo limitará el tiempo de exposición aunque alguno reaccione peor de lo previsto.

No convierte el experimento en seguro, pero al menos impide que tres vampiros drogados puedan seguir deambulando por París durante horas.

Marc, que no tiene que apagarse cuando salga el sol, se quedará despierto controlándonos.

Aiden deja caer el cuerpo sobre el sofá.

—Voto a favor de que el humano inmortalmente aburrido haga de niñera.

Marc lo mira.

—Gracias.

—Siempre dispuesto a colaborar.

La frase me hace mirarlo un instante. No hay nada especial en la manera en que Marc la recibe y Aiden ya ha cerrado los ojos durante un segundo demasiado largo, así que la dejo pasar como otra de sus bromas.

Marc despeja parte de la mesa y empieza a preparar el material. Extiende un paño limpio sobre la madera, saca una pipeta, varios recipientes pequeños y tres cantidades de sangre humana procedentes de las reservas del piso.

Sus movimientos son tranquilos y precisos, más propios de alguien acostumbrado a medir que de quien improvisa un experimento en una cocina a punto del amanecer, aunque ya he dejado de intentar encajar a Marc dentro de una sola función.

Sabe de coches, de armas, de sangre, de personas y, aparentemente, de cómo moverse por una habitación llena de vampiros mucho más viejos que él sin comportarse nunca como si eso tuviera importancia.

Lo que sí me incomoda es reconocer sobre la mesa los mismos tubos y el mismo vidrio que había en la zona técnica del restaurante.

Aquí no existen barrotes ni camillas. Nadie está sujeto contra su voluntad.

Aiden se ha tumbado porque le ha dado la gana y Lucien puede levantarse y marcharse cuando quiera.

La diferencia debería bastar.

No basta del todo.

—¿Cuánto vas a usar? —pregunto.

—Una fracción de lo que creemos que contenían los viales que estaban consumiendo allí. Lo suficiente para observar una reacción sin acercarnos a las concentraciones que encontramos en las muestras.

—Me encanta lo tranquilizador que suena «creemos».

—Por eso yo no bebo —responde Marc.

Lucien me observa mientras prepara la primera dosis.

—Tú tampoco estás obligada.

Lo dice sin ninguna presión detrás. Si niego, termina ahí. No parece que mañana vaya a utilizarlo como una prueba de que no estoy preparada ni a convertir mi negativa en otra anotación sobre mi capacidad de control.

Miro el vial.

Después recuerdo al vampiro sujeto a la pared y a los dos cuerpos sobre las camillas.

—Quiero saber qué les hicieron.

Marc no comenta nada.

Mezcla una cantidad mínima con sangre limpia.

El rojo cambia tan poco que probablemente no habría advertido ninguna diferencia sin estar pendiente.

El olor humano continúa ahí y mi garganta responde de inmediato, pero ahora puedo distinguir debajo esa interferencia que mi percepción aprendió a localizar dentro del neófito.

Aiden se incorpora.

—Yo primero.

—Qué valiente —dice Marc.

—Quiero que conste.

—Voy a poner «voluntario».

—Pon «valiente».

Aiden bebe y vuelve a sentarse en el borde del sofá mientras Marc activa un cronómetro.

Durante el primer minuto no ocurre nada. Mueve la lengua contra los dientes, ladea la cabeza y hace una mueca.

—Sabe raro.

—Define raro.

—Como si la sangre hubiera tomado una mala decisión.

Marc escribe.

—¿Has puesto eso?

—Textualmente.

—Buen hombre.

Me apoyo contra la mesa y observo. Afuera pasa un vehículo y el sonido llega amortiguado por las persianas.

En el piso superior alguien abre un grifo; más lejos, un ascensor empieza a moverse.

En algún lugar de París, millones de personas que no tienen ni idea de que existimos empiezan a levantarse para ir a trabajar mientras nuestros cuerpos se preparan para apagarse.

Aiden deja de bromear unos minutos después.

Primero mira hacia una esquina de la habitación.

Después sigue algo con los ojos hasta la pared contraria.

—Eso se está moviendo.

Los demás miramos.

No hay nada.

—¿Qué ves? —pregunta Marc.

Aiden tarda unos segundos.

—La sombra de la lámpara. Creo. —Parpadea varias veces—. Ahora hay dos.

Marc consulta el cronómetro.

—Tres minutos y dieciséis.

Aiden intenta ponerse en pie. Lo consigue, pero tiene que corregir el equilibrio al dar el primer paso y su expresión cambia cuando comprende que el movimiento no ha ocurrido como esperaba.

—Joder. Es como estar borracho sin la parte divertida.

Lucien comprueba sus pupilas, le hace seguir un dedo con la mirada y formula varias preguntas sencillas.

Aiden sabe responderlas, aunque cada vez necesita un poco más de tiempo.

Resulta inquietante precisamente porque sigue comprendiendo que lo que percibe no es real.

Sabe que la pared no se mueve, sabe que hay una sola lámpara y sabe que su cuerpo está calculando mal distancias que debería conocer.

—Distorsión visual. Pérdida de coordinación —dice Lucien.

—Por ahora —corrige Marc—. No sabemos dónde termina.

Aiden vuelve al sofá por voluntad propia.

—Yo preferiría descubrirlo desde aquí.

Lucien espera algo más antes de aceptar la segunda muestra.

—¿No deberíamos saber primero hasta dónde llega en él? —pregunto.

—La dosis es mínima.

—Eso no responde.

Sus ojos se detienen en mí. Últimamente parece haberse acostumbrado a que ya no acepte determinadas frases únicamente porque las pronuncia él.

—Necesito comprobar si la reacción se repite antes de que el amanecer nos apague. Marc puede detenerlo aquí si alguno empeora.

Eso sí responde. Lucien bebe. Con él tarda más.

Durante casi cinco minutos no ocurre nada visible. Continúa haciendo preguntas a Aiden, revisando las notas de Marc y hablando con suficiente claridad para que empiece a pensar que quizá el efecto dependa mucho del individuo.

Hasta que se calla en mitad de una frase.

No pierde el equilibrio ni mira hacia ninguna sombra inexistente. Observa la mesa durante demasiado tiempo, con el ceño ligeramente fruncido, como si la disposición de los objetos hubiera dejado de obedecer una lógica que hasta hace un instante conocía.

—¿Lucien? —pregunta Marc.

Él levanta los ojos hacia las persianas y después vuelve a la mesa.

—¿Cuánto llevamos aquí?

—Seis minutos y doce segundos desde que bebiste.

Lucien frunce más el ceño.

—No.

—Sí.

—Han sido dos.

Marc anota el dato y Lucien aprieta la mandíbula. Parece menos preocupado por haber perdido la percepción de cuatro minutos que personalmente ofendido porque su cerebro se atreva a discutir con él.

—Alteración temporal.

—Posible alteración de la percepción temporal —corrige Marc—. No conviertas una observación en una conclusión mientras estás drogado.

Aiden se ríe desde el sofá.

—Quiero eso en el informe.

Lucien le dedica una mirada bastante elocuente, aunque tarda una fracción de segundo demasiado larga en enfocarlo.

Marc prepara mi dosis.

Cuando coloca el recipiente delante de mí no lo empuja ni intenta convencerme. El olor de la sangre llega primero y después esa segunda presencia mucho más fácil de localizar ahora que la he visto dentro de otros cuerpos.

Cojo el vaso.

Lucien levanta la cabeza.

—Sarah.

—Lo sé.

Bebo.

El sabor resulta apagado, como si alguien hubiera retirado una parte de la sangre y dejado únicamente lo necesario para engañar al cuerpo. Marc activa el cronómetro y yo espero observando alternativamente el reloj de la cocina, la mesa y la lámpara que Aiden sigue mirando con desconfianza.

Pasa un minuto.

Después otro.

La habitación conserva las mismas dimensiones. No aparecen sombras donde no deberían existir y el reloj avanza con absoluta normalidad.

—¿Qué notas? —pregunta Marc.

—Nada.

Lucien intenta concentrarse en mí.

—¿Mareo? ¿Cambio en la visión?

—No.

—¿Cuánto tiempo?

Miro el reloj.