ONCE #3
Dentro hay tres camillas, dos ocupadas por cuerpos sin latido.
Ambos vampiros permanecen inconscientes y sujetos por muñecas, tobillos, pecho y cuello.
Las correas están colocadas con una precisión puramente funcional, lo suficiente para anular el movimiento sin desperdiciar material.
Entre las camillas hay soportes metálicos, varias bolsas conectadas mediante tubos y una máquina pequeña cuya pantalla muestra números que no entiendo.
A un lado, una mesa está cubierta de viales. El olor de la sangre alterada se vuelve mucho más claro. Algunos están vacíos. Otros permanecen sellados y llevan códigos impresos directamente sobre el vidrio: números, fechas e iniciales que no significan absolutamente nada para mí.
Saco el teléfono protegido que Lucien me dio antes de salir y empiezo a fotografiar. Primero la habitación entera. Después las camillas, las correas, los tubos, los viales y las pequeñas marcas en el interior de los brazos. Intento no mirar demasiado las caras.
Termino haciéndolo.
Uno tiene el cabello rubio pegado a la frente.
El otro lleva un pendiente diminuto en una oreja.
Son detalles inútiles para una investigación.
Los recuerdo igualmente.
Quizá porque después de ver desaparecer gente del refugio sin que nadie preguntara por ella, de repente necesito que estos dos sean algo más que cuerpos sobre una mesa.
La sala contigua contiene menos cuerpos y mucho más material.
Hay cajas isotérmicas apiladas, bolsas transparentes, agujas empaquetadas, tubos, gasas y varias bandejas metálicas.
Un fregadero profundo ocupa uno de los laterales y sobre él hay dispensadores de jabón y desinfectante.
Parte del suelo está manchado y la iluminación roja convierte los restos secos en sombras oscuras pegadas al gris.
Abro uno de los armarios. Filas de viales ocupan pequeñas bandejas separadas por códigos. Algunos contienen sangre almacenada sin nada que mi percepción considere extraño. Otros llevan esa segunda presencia mezclada dentro, la misma anomalía que detecté en el neófito.
Cojo uno de los que la contiene con mayor claridad y lo acerco. No ocurre nada espectacular. No necesito que ocurra. La percepción responde con esa certeza incómoda de que dentro de la sangre existe algo que no pertenece a ella.
Lo introduzco en una bolsa sellada y la guardo dentro de la chaqueta. En la pared del fondo hay una pizarra magnética cubierta de horarios, códigos e iniciales. Está organizada en columnas y varias filas han sido marcadas o corregidas con rotulador. Una palabra se repite.
ENTREGA.
Fotografío todo. No aparecen direcciones.
Solo horas.
Eso significa que falta otra parte de la cadena.
Entonces escucho voces en el corredor.
Esta vez están cerca: una masculina y otra femenina, ambas humanas. No parecen apresuradas. Hablan mientras caminan y una de ellas empuja algo con ruedas, pero por el sonido calculo que tengo poco margen antes de que lleguen hasta esta zona.
Apago la pantalla del teléfono, cierro el armario exactamente como estaba y compruebo que la bolsa sigue protegida dentro de la chaqueta.
Al regresar sobre mis pasos vuelvo a pasar junto a las camillas y después alcanzo las dos primeras habitaciones.
El corazón de la mujer sigue ahí.
Me detengo frente a su puerta y coloco la mano sobre el picaporte.
Podría entrar, romper la jaula y cargar con ella. Después podría intentar volver por el vampiro de al lado o avisar a los demás y convertir esta noche en una pelea abierta.
Quizá funcionara.
También podría dejar allí a los dos vampiros de las camillas y a cualquiera que permanezca en habitaciones que todavía no he visto.
En cuanto doble un barrote, aquel corredor dejará de ser secreto. Quien dirige todo esto sabrá que alguien ha llegado hasta aquí. Podrían mover los viales, cambiar las rutas y retirar a los demás antes de que consigamos volver.
La mujer podría estar muerta para entonces.
La posibilidad no desaparece porque no quiera mirarla.
Mi mano continúa sobre el picaporte y lo más inquietante es que Lucien no me ha ordenado dejarla.
Ni siquiera sabe que existe. No puedo esconderme detrás del Círculo, de un entrenamiento o de una instrucción que pueda obedecer ahora y cuestionar después.
Esta decisión es mía. Detrás de la puerta escucho un movimiento débil y después el corazón.
Un latido.
Una pausa demasiado larga.
Otro.
Aparto la mano. Y sigo caminando.
Cuando las dos personas doblan el corredor detrás de mí, ya estoy a pocos metros de la salida.
Mantengo el paso, bajo ligeramente la cabeza y adopto la tranquilidad de alguien que sabe perfectamente dónde está y no necesita mirar alrededor.
La puerta de servicio aparece delante; la abro sin correr y cruzo antes de que tengan motivos para detenerme.
La música y la luz cálida vuelven de golpe.
Permanezco atrapada en la diferencia.
Una mujer ríe cerca de la barra. Un camarero coloca una servilleta limpia debajo de una copa.
Dos hombres discuten sobre una botella mientras alguien sale de un reservado arreglándose el cuello de la camisa.
Las lámparas ámbar suavizan las caras y el terciopelo absorbe el ruido suficiente para que todo parezca íntimo, controlado y caro.
Detrás de la puerta que acabo de cerrar hay barrotes, correas, agujas, camillas y personas que apenas pueden moverse.
Nadie aquí parece saberlo.
Aunque quizá algunos sí.