ONCE #2
Parece poco mayor que yo, quizá incluso menos.
Tiene las muñecas atrapadas por correas gruesas y otra alrededor del cuello, suficientemente holgada para permitirle respirar y suficientemente firme para impedirle incorporarse.
La camiseta se ha desplazado sobre uno de los hombros y lleva el cabello húmedo pegado a la frente.
Sus ojos están abiertos, pero tardan demasiado en encontrarme.
No escucho ningún corazón.
Es vampiro.
Una bolsa casi vacía está conectada mediante un tubo a su brazo. El líquido del interior es tan oscuro que bajo aquella iluminación apenas consigo distinguir el rojo.
—¿Me oyes?
Las pupilas intentan enfocarme.
—Sí.
La palabra apenas consigue salir.
Entro y dejo la puerta entornada.
—¿Puedes moverte?
Tira de una muñeca. Los dedos responden, pero el resto del brazo apenas se desplaza.
Me acerco a las correas. Las hebillas son metálicas, aunque no especialmente gruesas. Podría romperlas y probablemente también arrancar parte de la estructura de la pared si fuera necesario.
—¿Qué te han dado?
Traga con dificultad.
—Un vial. Pensé que era sangre normal.
—¿Cuánto llevas aquí?
Los párpados bajan como si incluso mantenerlos abiertos requiriera esfuerzo.
—No sé.
—¿Has visto a más gente?
Tarda demasiado.
—Creo.
No consigo sacar nada más.
El corazón de la habitación contigua continúa latiendo despacio, con pausas que empiezan a llamar demasiado mi atención.
Salgo y cierro la puerta sin hacer ruido.
La segunda habitación es más pequeña y no tiene la misma iluminación blanca. Una lámpara situada sobre la puerta mantiene las esquinas en penumbra y el suelo está marcado por pequeños arañazos cerca de una de las paredes.
La mujer que hay dentro es humana.
La han encerrado en una estructura de barrotes anclada directamente al muro.
No tiene tamaño suficiente para que una persona adulta pueda ponerse de pie.
Ella permanece sentada de lado, con una pierna extendida y la otra doblada bajo el cuerpo de una forma que tiene que resultar dolorosa.
Lleva una camiseta gris demasiado grande y unos pantalones oscuros; el cabello se le ha pegado a una mejilla por el sudor.
A pocos centímetros de los barrotes hay una taza de plástico con agua que no puede alcanzar.
Eso es lo primero que me enfada.
Después veo las marcas.
Mordidas viejas conviven con otras recientes en el cuello, los brazos y la zona visible por encima de la camiseta. Algunas son pequeñas y limpias; otras han dejado hematomas oscuros alrededor. Un collar ancho rodea su cuello y ha irritado la piel de los bordes hasta dejarla enrojecida.
Levanta la cabeza cuando me acerco.
—¿Eres una de ellos?
No sé quiénes son ellos .
—No.
La respuesta no parece tranquilizarla.
Tiene sentido.
Yo tampoco sabría reconocer a alguien que viene a ayudar si estuviera en su lugar.
—Voy a sacarte.
Lo digo antes de estudiar siquiera la cerradura.
La mujer cierra los ojos un instante.
—No queda mucho.
—No hables.
Me agacho frente a la jaula. El cierre es humano y sencillo. Podría arrancarlo. Los barrotes tampoco resistirían demasiado, pero están anclados directamente al muro y romperlos deprisa produciría suficiente ruido para anunciar a todo el corredor que alguien ha llegado hasta allí.
Miro hacia la puerta.
—¿Puedes caminar?
Ella agarra uno de los barrotes e intenta incorporarse. El corazón acelera apenas con el esfuerzo, pero las piernas no consiguen sostenerla y termina dejándose caer otra vez.
Ya tengo una respuesta.
Regreso al corredor y permanezco unos segundos entre ambas puertas.
A un lado está el corazón demasiado lento de la mujer; al otro, el silencio absoluto del vampiro.
Más allá del giro llegan otros sonidos: una puerta que se cierra, un carro desplazándose sobre el suelo y dos voces demasiado lejanas para distinguir las palabras.
Calculo.
No porque quiera.
Puedo romper las correas del vampiro, pero no puede caminar y tendría que cargar con él. Puedo abrir la jaula y llevar a la mujer, aunque tampoco parece capaz de sostenerse. A los dos no puedo sacarlos al mismo tiempo y todavía no sé cuántas habitaciones existen más adelante.
La conclusión llega demasiado deprisa.
Eso es lo que me inquieta.
Mi cabeza ya está ordenando accesos, movilidad, número de personas, distancia hasta la salida y posibilidades de que Lucien, Aiden y Marc continúen manteniendo la cobertura si yo empiezo a arrancar metal aquí dentro.
Vuelvo a entrar junto a la mujer.
Ella sigue mirándome.
—Hay otra persona al lado. Voy a buscar una salida.
No sé si se lo digo para tranquilizarla o para darme unos minutos más.
Me pongo en pie.
—No tardes.
Su voz me alcanza cuando ya estoy cerrando la puerta.
Me detengo.
No vuelvo a mirarla.
Continúo.
El corredor gira y pierde cualquier parecido con la parte pública del restaurante.
La madera, la tela y las lámparas cálidas desaparecen por completo.
Las paredes están revestidas de un material blanco lavable y la misma superficie gris cubre el suelo hasta un desagüe rectangular situado cerca de una esquina.
La luz roja recorre el techo en una línea continua y altera los colores hasta conseguir que las manchas secas sobre el suelo parezcan casi negras.
El zumbido constante de una cámara frigorífica sustituye la mayor parte de la música.
Encuentro una sala abierta a la izquierda.