Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) ONCE
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Marc me conduce fuera del corredor y espera hasta que dejamos atrás el reservado antes de mirarme.

—Estás temblando.

Bajo la vista hacia mi mano y descubro que tiene razón.

No me había dado cuenta.

—Tengo frío.

Marc mira alrededor. El corredor está perfectamente climatizado y resulta bastante más cálido que la calle.

—Claro.

—Cállate.

Una esquina de su boca se levanta. Su brazo continúa alrededor de mi cintura mientras nos acercamos a las cortinas y, antes de cruzarlas, vuelvo la cabeza una última vez.

El hombre de ojos plateados sigue allí.

Mirándome.

Marc aparta la cortina y regresamos a la sala.

La zona de copas vuelve a cerrarse alrededor de mí con una facilidad casi ofensiva.

Regresan la música baja, las conversaciones sostenidas sobre vasos de cristal y las lámparas ámbar reflejándose sobre la madera oscura.

Un camarero pasa a nuestro lado con una bandeja donde dos copas de sangre comparten espacio con una botella de champán, como si ambas cosas pertenecieran naturalmente al mismo servicio.

Más allá, una pareja continúa hablando en uno de los sofás y alguien ríe detrás de un biombo.

Hace menos de un minuto tenía una mano tibia sobre la cintura.

Ahora es el brazo caliente de Marc el que todavía me rodea mientras avanzamos hacia la barra secundaria.

Retira el contacto al llegar y no pregunta qué hacía aquel hombre tocándome ni por qué yo se lo estaba permitiendo. Tampoco comenta que mi explicación sobre el frío no engañaría ni a un humano distraído.

Esa discreción inesperada hace que sea yo quien termine hablando.

—¿Lo conoces?

Marc recoge su copa, aunque no bebe.

—Lo he visto antes.

—Os habéis mirado como si fuera algo más que eso.

La sonrisa permanece, pero es bastante más pequeña que cuando nos conocimos.

—Observas demasiado.

—Últimamente me sale rentable.

—Peligrosa afición.

—No cambies de tema.

—Estoy aprendiendo de Lucien.

Estoy a punto de insistir cuando Aiden aparece. Ya no lleva consigo a la humana con la que entró y su expresión ha perdido mucha de la despreocupación de la primera hora.

—Lucien está libre.

Nos desplazamos hacia una zona próxima a la salida de servicio.

Cuanto más nos alejamos de la barra principal, más se resquebraja la imagen perfectamente construida del local.

La madera oscura continúa cubriendo las paredes y las lámparas mantienen la iluminación cálida, pero aparecen cajas de bebidas apiladas junto a una puerta, una rejilla de ventilación demasiado grande para esconderla y un carro con productos de limpieza medio oculto detrás de una mampara.

La música llega amortiguada por dos paredes y el olor a perfume empieza a mezclarse con detergente, cartón húmedo y el aire frío que expulsa una conducción.

Lucien espera cerca.

Resume lo que ha conseguido de Lyris sin detenerse en detalles innecesarios.

Aquello no empieza ni termina en el restaurante.

Existen movimientos similares fuera de la ciudad, intermediarios que cambian con frecuencia y dinero suficiente detrás para que nadie pueda tratarlo como un pequeño negocio improvisado.

Lyris conoce algunas rutas, pero no toda la cadena. Todavía no saben quién la sostiene.

Debería preguntar por eso.

En cambio pienso en los ojos plateados.

—Él estaba dentro.

Lucien deja de hablar.

No necesito aclarar inmediatamente quién. La forma en que toda su atención cae sobre mí basta para saber que lo ha entendido.

—¿El hombre del club?

Asiento.

—En uno de los reservados. Estaba hablando con alguien.

La reacción esta vez no es pequeña.

Lucien se queda quieto.

No esa inmovilidad habitual que tienen los vampiros cuando escuchan.

Esto es distinto. La mandíbula se le endurece, los hombros pierden la relajación que todavía conservaban y durante una fracción de segundo aparece en sus ojos algo que no le había visto ni siquiera cuando describí al hombre después del club.

Alarma.

—¿Hablaste con él?

—Sí.

—¿Qué te dijo?

—Prácticamente nada. Sabe mi nombre.

Algo se tensa todavía más.

Sus ojos bajan hacia mi brazo y vuelven a mi cara.

—¿Se acercó a ti?

La pregunta resulta demasiado específica.

—Sí.

—¿Te tocó?

Miro a Marc casi por reflejo.

Él permanece callado.

—Sí.

Lucien aprieta la mandíbula.

—¿Qué pasa?

—Nada que pueda explicarte aquí.

—En el club dijiste que creías saber quién podía ser.

—Lo recuerdo.

—Entonces ¿ahora lo sabes?

No contesta.

Esta vez no necesito ninguna carta para entender que sí.

Lucien ha reconocido una señal. Puede que los ojos, el comportamiento o simplemente la suma de todo lo que le estoy contando. Lo importante es que ese hombre significa algo para él y que la posibilidad de que haya estado a solas conmigo le preocupa bastante más de lo que intenta mostrar.

Miro a Marc.

—Tú también lo conoces.

Marc no sonríe.

—He coincidido con él.

—Eso ya me lo has dicho.

Los ojos de Lucien se desplazan hacia Marc y entre ambos ocurre algo demasiado breve para que pueda interpretarlo: una mirada, una pausa y ninguna pregunta. Lucien no parece sorprendido de que Marc haya coincidido con aquel hombre. Marc tampoco muestra interés en ampliar la explicación.

Hace unas semanas habría supuesto que, si Lucien no pregunta, será porque no importa. Ahora recuerdo una hoja doblada sobre mi escritorio.

Te están mintiendo.

No significa que lo estén haciendo. Pero cada silencio empieza a encontrar un lugar diferente donde quedarse.

Aiden termina rompiendo la pausa al advertir que nuestra presencia empieza a notarse.

Lucien tarda un segundo en apartar la atención de mí y regresa a la misión.

Ya tenemos una muestra, pero quiere saber cómo se mueve el producto dentro del local antes de retirarnos: entradas, salidas, personal que lo transporta y cualquier punto de almacenamiento que podamos localizar sin comprometer la cobertura.

Su atención vuelve a mí.

—Tú sigue el rastro. Nada más.

—¿Y si él vuelve a acercarse?

La pregunta sale antes de que pueda decidir si quiero hacerla.

Lucien no necesita pensarlo.

—Te alejas.

—¿Por qué?

—Sarah.

—Eso tampoco responde.

Su expresión permanece completamente seria.

—No te quedes sola con él.

No hay tono de instructor.

Tampoco parece una recomendación.

Lo que escucho en Lucien se parece demasiado a una advertencia nacida del miedo para confundirla con otra regla.

No consigo sacarle nada más.

Nos dispersamos.

La zona de copas vuelve a absorbernos con sorprendente facilidad.

A unos metros, una pareja ríe sobre un sofá mientras una camarera les explica las características de una botella oscura.

Junto a la barra, un vampiro acerca una copa a la nariz antes de probarla como si estuviera catando vino.

Dos mujeres atraviesan la sala camino de los reservados y un empleado sustituye discretamente una bandeja vacía por otra cargada de viales.

Nadie parece tener prisa.

Nadie presta demasiada atención a las puertas de servicio.

Sigo la sangre alterada.

Ahora que conozco su presencia resulta más sencillo localizarla. No necesito concentrarme únicamente en el hierro ni en las pequeñas heridas de quienes llenan la sala; busco esa interferencia incrustada en la sangre, la sensación de algo añadido que mi cuerpo reconoce sin ser capaz de nombrarlo.

El rastro me conduce al fondo.

Paso junto a las cortinas sin volver la cabeza hacia el reservado donde dejé al desconocido.

Soy demasiado consciente de que se encuentra a pocos metros, pero continúo hasta que la sangre alterada termina junto a una puerta estrecha utilizada por el personal.

No lleva ningún cartel, solo una pequeña placa negra sin texto y un lector electrónico casi oculto junto al marco.

Una camarera sale justo cuando llego con una bandeja vacía.

Me aparto para dejarla pasar y sujeto la puerta antes de que termine de cerrarse.

Al otro lado desaparece el restaurante.

La música queda reducida a un pulso grave que atraviesa las paredes y el suelo cambia de madera oscura a una superficie gris, mate y fácil de limpiar.

Las lámparas de cristal han sido sustituidas por una línea continua de luz rojiza instalada junto al techo.

Conductos de ventilación recorren parte del corredor, las paredes son lisas y varias cajas isotérmicas aparecen apiladas contra una esquina.

Cerca de ellas hay un carro metálico cargado de guantes, gasas, recipientes sellados y material sanitario.

El aire huele a desinfectante y a sangre.

Aquí la alterada está mucho más presente.

Se ha quedado adherida a las bandejas, al interior de algún contenedor y al aire reciclado que expulsa una rejilla cercana.

Sin perfume, alcohol ni cuerpos alrededor para disfrazarla, percibo mejor esa disonancia que ya reconozco.

Sigue siendo sangre humana, pero hay algo mezclado en ella que no pertenece al cuerpo del que salió.

Mi garganta responde al hierro como siempre y, al mismo tiempo, la presión tenue detrás de los ojos me señala otra cosa.

No necesito beberla para saber que está ahí.

Avanzo despacio.

A cada paso, el restaurante queda un poco más lejos. Pronto empiezo a distinguir un corazón detrás de una de las dos puertas situadas al final del primer tramo; detrás de la otra no escucho ninguno, aunque a estas alturas ya sé que eso no significa que esté vacía.

Abro primero esa.

La habitación es estrecha y mucho más fría que el corredor.

Tiene las paredes revestidas del mismo material claro y lavable, una rejilla de ventilación sobre la puerta y una estructura metálica fijada directamente a uno de los laterales.

Una lámpara blanca demasiado intensa cae desde el techo y elimina prácticamente cualquier sombra.

Hay un chico sujeto a la estructura.