Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) DIEZ #4
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DIEZ #4

Su aliento tibio me roza la piel y mi cuerpo se tensa bajo su mano. La sangre alterada, los viales y hasta Lucien hablando con Lyris al otro lado de las cortinas quedan demasiado lejos. No desaparecen; tengo que hacer un esfuerzo incómodo para recordarlos.

Eso me enfada bastante más conmigo que con él.

—No sabes nada de mí.

Se aparta apenas lo necesario para verme la cara.

—Sarah.

Mi nombre me devuelve de golpe algo de claridad.

No se lo he dicho.

Lo observo mientras él mantiene la mano sobre mi cintura con una tranquilidad que empieza a resultarme insultante.

—No te he dicho cómo me llamo.

No responde. Ni siquiera parece considerar necesario fingir sorpresa.

—¿Cómo sabes que soy Sarah?

Nada.

—¿Quién eres?

La misma calma.

—¿Te habló alguien de mí?

Consigo únicamente una mínima inclinación de cabeza que puede significar cualquier cosa y, por tanto, no sirve para absolutamente nada.

—Eres desesperante.

Su sonrisa aumenta apenas.

—Haces muchas preguntas.

—Porque tú no contestas ninguna.

—Quizá no haces las correctas.

—Pues dime cuáles son.

Sus ojos vuelven a mi boca. Esta vez se quedan allí lo suficiente para que la contracción bajo mi estómago resulte imposible de atribuir al hambre, al rasgo o a cualquier reacción sobrenatural que me permita sentirme menos estúpida.

Cuando vuelve a mirarme encuentro una atención distinta detrás de la diversión. Curiosidad, sí, pero demasiado concentrada. Como si no estuviera simplemente interesado en mí, sino intentando reconocer algo que debería encontrar y todavía no consigue localizar.

—¿Qué sabes de mí?

La sonrisa desaparece.

También cambia el contacto. Los dedos continúan en mi cintura, pero la presión disminuye hasta quedar apenas apoyados sobre la tela.

Me observa con una intensidad que vuelve la cercanía mucho menos parecida a un juego.

Sus ojos recorren mi cara sin detenerse en ningún rasgo, como si lo que estuviera buscando no pudiera verse desde fuera.

—No sabes nada de mí —repito.

—No.

La respuesta me sorprende precisamente porque esta vez es una respuesta.

—Entonces ¿por qué me miras así?

Tarda demasiado en contestar. Su pulgar se mueve una vez sobre mi cintura, casi distraído.

—Estoy intentando decidirlo.

—¿Decidir qué?

La diversión vuelve a cerrarle la expresión antes de que pueda sacar algo más.

Lo miro un momento, dudando entre golpearlo o continuar preguntando hasta agotarle la paciencia. El problema es que todavía no he encontrado ninguna prueba de que tenga una.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Insoportable.

—A veces.

Casi sonrío.

Eso resulta todavía más molesto.

—¿Qué haces aquí?

—Estar.

—Eso ni siquiera cuenta como respuesta.

—No pretendía que lo hiciera.

Estoy a punto de explicarle exactamente lo que opino sobre su talento para no contestar cuando unos pasos se acercan por el corredor.

—¿Todo bien aquí?

Marc aparece con la copa todavía en una mano y la misma expresión relajada que llevaba fuera, como si simplemente hubiera encontrado a dos personas hablando durante una cena normal.

Sus ojos pasan primero por mi cara, después por la mano del desconocido sobre mi cintura y finalmente por los ojos plateados.

No cambia de expresión.

Eso devuelve mi atención.

—Estaba mirando —digo.

Marc baja un instante los ojos hacia la mano que sigue apoyada sobre mí.

—Ya veo.

Se coloca a mi otro lado y rodea mi cintura con un brazo. El calor de su cuerpo contrasta inmediatamente con la tibieza más tenue que todavía noto al otro costado y, con el contacto, la misión regresa entera a mi cabeza.

Lucien me dijo que no atravesara las cortinas.

Yo atravesé las cortinas, recorrí el corredor y ahora estoy dejándome tocar por el único desconocido de París que parece saber cosas sobre mí que yo ignoro.

Perfecto.

Marc no me reprende. Mantiene la misma sonrisa mientras levanta la vista hacia el hombre.

—Ya sabes cómo va esto.

El desconocido lo observa.

Marc continúa relajado, con el brazo alrededor de mi cintura de una forma que podría pasar por cobertura para cualquiera que nos viera desde fuera.

Sin embargo, vuelve a aparecer esa quietud que detecté antes desde el corredor.

No es posesividad ni un desafío evidente.

Es atención. Una alerta cuidadosamente escondida debajo del hombre que hace bromas, habla con cualquiera y parece encajar en cualquier habitación sin esfuerzo.

Los ojos plateados descienden hacia el brazo que me rodea y después vuelven a su cara.

Marc le sostiene la mirada.

Ninguno parece sorprendido de encontrar al otro.

Eso vuelve a molestarme.

No sé qué relación hay entre ellos ni tengo suficiente información para interpretar el intercambio, pero definitivamente no se miran como dos desconocidos que acaban de coincidir en un corredor.

—Vamos —murmura Marc.

Ejerce una ligera presión sobre mi cintura y esta vez cedo. La mano tibia se aparta de mí sin intentar retenerme y damos un par de pasos hacia las cortinas.

—Sarah.

Mi nombre vuelve a detenerme.

Giro la cabeza.

El desconocido continúa junto al reservado, los ojos plateados fijos en mí como si Marc no acabara de interrumpir nada importante.

—Volveremos a vernos.