DIEZ #3
Una camarera atraviesa la sala con una bandeja pequeña cargada de recipientes de cristal oscuro idénticos a los de las fotografías. Deja varios en dos mesas diferentes y continúa hacia las cortinas. Un vampiro joven abre el suyo y vierte el contenido dentro de la copa que estaba bebiendo.
Lucien también lo ve.
Esperamos.
Al principio no ocurre nada. El joven continúa hablando con las otras dos personas de la mesa, se ríe y termina la bebida.
Unos minutos después empieza a quedarse quieto entre respuestas.
Mira hacia un punto situado por encima del hombro de su acompañante y tarda demasiado en regresar a la conversación.
Cuando intenta coger otra copa, los dedos fallan ligeramente al cerrarse alrededor del cristal.
Uno de sus acompañantes se burla.
El joven se ríe también.
Se detiene a mitad.
Sus ojos siguen algo que ninguno de los demás parece ver.
—Ahí está —murmuro.
Lucien cambia de postura, dispuesto a levantarse.
No llega a hacerlo.
—Lucien.
Una mujer se acerca por nuestra espalda.
Tiene el cabello oscuro hasta los hombros, ojos verdes y un vestido negro sencillo que destaca precisamente porque no intenta hacerlo.
No busca a nadie con la mirada ni necesita comprobar las mesas antes de desplazarse.
Atraviesa la sala con la seguridad de alguien que conoce aquel lugar lo suficiente para no preguntarse quién puede detenerla.
Lucien interrumpe el paso.
—Lyris.
Ella sonríe.
—Pensé que ya no frecuentabas sitios divertidos.
—No lo hago.
Sus ojos llegan hasta mí y me estudian con una rapidez nada discreta.
—¿Tuya?
—Conmigo —corrige Lucien.
—Tranquilo. No voy a morderte el juguete.
No me gusta la palabra.
A Lucien tampoco, a juzgar por la rigidez que reaparece en su mandíbula.
Lyris necesita hablar con él. Lucien se niega primero, pero cuando ella insiste en que solo serán dos minutos mira hacia el corredor por donde acaba de desaparecer el vampiro afectado y después localiza a Marc en la barra secundaria.
—Dos.
Antes de alejarse se inclina hacia mí.
—Quédate aquí. Marc está cerca. No entres en ningún reservado y no bebas nada.
—Eso último ya lo había pensado.
Me sostiene la mirada un segundo más antes de seguir a Lyris.
Durante unos minutos hago exactamente lo que me ha pedido.
Más o menos. Los viales continúan apareciendo.
Un camarero recoge varios junto a una puerta lateral y desaparece tras las cortinas; poco después sale otra empleada con una bandeja vacía.
Ahora que sé qué estoy buscando, el movimiento tiene demasiada regularidad para confundirse con el resto del servicio.
Miro hacia Marc. Sigue hablando con los dos humanos. Nuestros ojos se cruzan. Su mirada se desplaza hacia las cortinas y después vuelve a su interlocutor. Puede que no signifique nada. Decido que sí.
Me levanto.
Cruzo la sala con calma, intentando mantener la misma velocidad que cualquiera que simplemente busca los baños o uno de los reservados. Nadie intenta detenerme cuando aparto una de las cortinas.
La música y las conversaciones quedan amortiguadas.
El corredor privado es estrecho y conserva la elegancia calculada del resto del local.
Las paredes combinan madera oscura con paneles tapizados que absorben el sonido; pequeñas lámparas de cristal ahumado dejan círculos de luz sobre una moqueta gris casi negra.
Las puertas de los reservados no llevan números visibles, solo pequeños símbolos metálicos junto a los marcos.
La sangre alterada resulta mucho más fácil de localizar allí, no porque haya más, sino porque el corredor elimina muchos de los olores y sonidos de la sala principal.
Esa interferencia que ya reconozco aparece en varios puntos, débil pero constante, escondida detrás de puertas cerradas y mezclándose con la sangre normal que circula por los privados.
Veo al camarero entrar en uno de ellos y memorizo el pequeño símbolo metálico junto al marco.
Con eso debería bastar. Ya tenemos una muestra y ahora sé por dónde se mueve. Estoy a punto de regresar cuando escucho una voz. No alcanzo a distinguir las palabras. Reconozco el tono.
Me detengo.
Uno de los reservados permanece parcialmente abierto varios metros más adelante. Desde el corredor distingo una habitación de paredes oscuras, un sofá bajo y una mesa rodeada por dos sillones.
Y a él. El hombre de ojos plateados. El desconocido de la barra.
Está sentado frente a otro hombre que me da parcialmente la espalda.
Entre ambos hay dos copas, varios papeles y un objeto pequeño que no consigo identificar.
Hablan en voz baja y toda su atención está concentrada en alguien que no soy yo.
No me mira inmediatamente.
El detalle me descoloca más de lo razonable.
Continúa escuchando a su acompañante y, después de unos segundos, gira la cabeza hacia la zona pública.
Hacia Marc.
Desde donde estoy todavía puedo verlo a través de la abertura de las cortinas. Mantiene la sonrisa mientras uno de los humanos con los que habla gesticula a su lado, con la copa descansando entre los dedos y el cuerpo relajado como si aquella conversación fuera lo único que le interesa.
Sin embargo, su quietud se tensa cuando el desconocido lo observa.
Levanta los ojos. Sus miradas se encuentran. Ninguno sonríe. Ninguno parece sorprendido.
Un segundo después vuelve a prestar atención al humano como si nada hubiera ocurrido.
Los ojos plateados regresan entonces hacia el corredor.
Me encuentran.
Hay una pausa mínima en su expresión, demasiado breve para decidir si no esperaba verme o si está reajustando lo que ya sabía.
Después su boca empieza a curvarse. El hombre sentado frente a él dice algo; el desconocido responde sin dejar de mirarme y, pocos segundos después, su acompañante reúne los papeles y desaparece por una puerta interior.
Debería volver con Lucien. Ya tenemos una muestra, sé qué puerta utiliza el personal y he confirmado que la sangre alterada circula por los reservados.
Seguir avanzando no aporta nada que pueda defender como parte de la misión.
Además, ese hombre sabe algo sobre mí. En el club dijo que yo era lo que estaban ocultando y, pocos días después, alguien entró en mi habitación para dejar una nota asegurando que me estaban mintiendo.
No tengo ninguna prueba de que ambas cosas estén relacionadas.
Precisamente por eso acercarme resulta una idea bastante peor que marcharme.
Doy un paso hacia él.
Después otro.
Cada movimiento es voluntario y eso me inquieta bastante más de lo que debería.
Llevo desde el club intentando averiguar quién es, cómo sabía que alguien me estaba ocultando y de qué manera consiguió hacerme llegar su voz entre cientos de personas sin que Claire escuchara una sola palabra.
Ahora lo tengo a pocos metros, sin sangre derramada, sin gritos y sin una sala llena de vampiros perdiendo el control.
Si me marcho, voy a seguir haciéndome exactamente las mismas preguntas.
El desconocido se pone en pie cuando comprende que voy hacia él.
Desde la barra ya me había parecido alto; de cerca la diferencia resulta más evidente.
El cabello negro le cae ligeramente sobre la frente y la camisa oscura permanece abierta en el cuello, dejando una pequeña porción de piel clara.
No lleva joyas ni nada especialmente llamativo.
Su cuerpo es largo y fuerte sin la masa más evidente de Lucien, y se mueve con una economía extraña, como si cada gesto estuviera decidido antes de empezar.
Los ojos plateados no se apartan de mí mientras termina de acortar la distancia.
No tiene prisa.
Se detiene lo bastante cerca para que perciba su olor.
Frío, mineral, parecido a la piedra después de la lluvia y mezclado con algo que no consigo identificar.
No encuentro en él el perfume, la sangre almacenada o los rastros humanos que he aprendido a separar sobre otros cuerpos, pero tampoco sé lo suficiente para convertir esa diferencia en una respuesta.
Solo sé que no se parece a nadie que haya conocido desde que desperté.
Algo golpea una vez dentro de mi pecho.
Me muerdo el labio con más fuerza de la necesaria, irritada con un cuerpo que lleva semanas encontrando formas nuevas de reaccionar antes que yo.
Él observa el gesto. Su mirada baja hasta mi boca y permanece allí el tiempo justo para que no pueda fingir que ha sido accidental antes de regresar a mis ojos.
—No te apartas.
—Todavía no me has dado un motivo.
Una sombra de diversión le cambia la mirada.
—¿Todavía?
Levanta una mano. Lo hace despacio, dejándome todo el tiempo del mundo para retroceder cuando sus dedos se aproximan a mi brazo.
No lo hago.
La ausencia de contacto termina concentrando mi atención más que si me hubiera agarrado directamente. Percibo la distancia mínima entre las dos pieles, la tibieza que desprende y el instante exacto en que el dorso de sus dedos acaba rozándome.
El contacto es leve.
El escalofrío no.
Me recorre el brazo hasta la nuca y él baja la vista hacia el lugar donde me ha tocado.
La diversión desaparece de su expresión con tanta rapidez que durante un momento soy yo quien lo observa.
Sus dedos permanecen quietos contra mi piel, como si el contacto hubiera producido una reacción que tampoco esperaba.
No sé qué puede sentir. Yo solo noto esa tibieza extraña y una atención de mi cuerpo demasiado intensa para un roce casi inexistente.
Cuando vuelve a mirarme, su pulgar se desplaza apenas y mi respiración pierde el ritmo.
Lo nota.
Por supuesto que lo nota. La curva regresa lentamente a su boca.
Su mano asciende por mi brazo hasta el hombro y después desciende por mi costado hasta quedarse en mi cintura.
No me agarra. La presión es suficiente para saber exactamente dónde están sus dedos y lo bastante ligera para recordarme que podría apartarme cuando quisiera.
Sigo sin hacerlo. Se inclina hasta acercar la boca a mi oído.
—Actúas como si quisieras esto.