DIEZ #2
Lucien continúa antes de que pueda protestar.
Los análisis confirmaron que había algo ajeno circulando en el organismo del neófito y, desde entonces, han encontrado indicios compatibles en muestras relacionadas con dos de los desaparecidos.
También han conseguido vincular recipientes parecidos a aquellos con el restaurante.
No saben exactamente qué contiene.
Sí tienen testimonios fragmentarios sobre sus efectos: alteraciones de la percepción, desorientación, episodios que quienes los consumen describen como demasiado reales para parecer simples alucinaciones y, lo que resulta bastante menos tranquilizador, un deseo anormal de volver a consumir.
—¿Adictiva? —pregunto.
Marc cruza los brazos.
—No sabemos si funciona exactamente como una droga humana. Pero vuelven a buscarla.
Miro la fotografía.
Recuerdo al neófito incapaz de apartarse de la sangre de Víctor incluso cuando Lucien estaba delante diciéndole que se detuviera.
—¿Creéis que él la había tomado?
—Creemos que estuvo expuesto a algo parecido —responde Lucien.
No afirma más.
Eso también empieza a resultarme familiar.
—¿Y qué hacemos?
Entrar, observar cómo circula, identificar a quien la distribuye y conseguir una muestra intacta. Si existe la posibilidad de seguir alguna entrega sin comprometer la operación, lo harán.
Mi parte es bastante más concreta.
—Tú la reconociste dentro de un cuerpo antes de saber qué estabas buscando —dice Lucien—. Si encuentras algo parecido, me avisas.
La carta escondida en mi habitación vuelve a cruzarme la cabeza por una razón irritante. Lucien sabía desde que analizamos al neófito que mi percepción podía resultar útil para aquello. Ahora me está contando lo que han averiguado porque necesita que la utilice.
No es una mentira.
Tampoco significa que yo reciba toda la información en cuanto existe.
Descubro que ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Aiden recoge una fotografía.
—¿Cómo entramos?
Lucien distribuye la cobertura sin convertirlo en una reunión eterna. Él y yo entraremos primero como pareja. Aiden llegará después acompañado y Marc irá solo.
Marc arquea una ceja.
—¿Mi cobertura?
—Ser tú.
—La más difícil.
Aiden se ríe y hasta Lucien parece contener otra sonrisa.
El restaurante parece todavía más inocente en persona.
Ocupa la planta baja de un edificio antiguo de piedra clara, con ventanas altas que derraman luz dorada sobre la acera húmeda.
No hay porteros enormes, puertas metálicas ni música temblando detrás de los muros.
Una pareja mayor sale cuando llegamos y una mujer espera junto a la entrada mientras una empleada le coloca cuidadosamente el abrigo sobre los hombros.
A través de los ventanales distingo manteles blancos, copas finas, camareros vestidos de negro y suficientes humanos cenando para que sus corazones lleguen incluso desde la calle.
Lucien se ajusta el puño de la camisa.
—Recuerda la cobertura.
—Pareja. Nos han recomendado el sitio y tenemos curiosidad por la zona privada.
—Y deja de mirar cada puerta como si estuvieras calculando cuánto tardarías en llegar.
—Estoy calculándolo.
—Lo sé.
Su mano se coloca en la parte baja de mi espalda antes de cruzar la entrada. El contacto no me provoca nada especial y agradezco la normalidad. Ajusto el paso al suyo mientras la mujer de recepción comprueba nuestra reserva y nos acompaña hasta una mesa situada al fondo.
El comedor es clásico sin resultar antiguo.
Los techos altos están recorridos por molduras color marfil y las paredes verde oscuro alternan cuadros discretos con paneles de madera.
Pequeñas lámparas de latón reparten una luz cálida sobre porcelana blanca, cristal fino y cubiertos demasiado brillantes.
Las mesas están suficientemente separadas para que cada conversación permanezca dentro de su propio espacio.
El olor de la cocina invade el salón sin resultar pesado: carne asada, mantequilla, hierbas, vino y pan caliente.
Reconozco cada cosa. Ninguna despierta hambre. Los humanos sí.
Lucien abre la carta.
Yo hago lo mismo.
—¿Qué se supone que hago con esto?
—Elegir algo.
—No puedo comer.
—Lo sé.
—Entonces la cobertura tiene un fallo importante.
—Moverás la comida por el plato.
Levanto la vista.
—Infiltración avanzada.
—Intenta parecer normal.
—Eso parece más complicado.
Un camarero llega antes de que pueda continuar y Lucien pide por los dos sin dudar, incluida una botella de vino que ninguno piensa beber. Cuando el hombre se aleja, lo observo.
—¿Cuántas cenas falsas has tenido?
—Muchas.
—Qué vida tan triste.
—Sarah.
—Estoy observando.
Y lo hago.
Durante los primeros veinte minutos el restaurante funciona exactamente como debería.
Humanos comiendo y hablando, corchos saliendo de botellas, cubiertos contra porcelana y camareros retirando platos antes de que nadie tenga que buscarlos con la mirada.
Desde nuestra mesa distingo gran parte del salón y una puerta discreta situada al fondo, medio oculta por un panel de madera.
Cuando llega la comida imito al resto. Corto, desplazo pequeñas cantidades y acerco alguna copa a los labios sin beber. Nadie parece fijarse.
Aiden entra unos minutos después acompañado de una mujer humana que no he visto antes. Ella parece pasárselo bien y él tampoco da ninguna señal de estar sacrificándose por la misión, así que dejo de intentar calcular cuánto pertenece a la cobertura.
Marc llega solo.
Lo veo cruzar la entrada mientras Lucien finge interesarse por algo de mi plato.
Marc apenas cambia y, sin embargo, encaja inmediatamente.
Saluda a la mujer de recepción, intercambia unas palabras que consiguen hacerla sonreír y se deja conducir hasta una mesa próxima a la barra con la tranquilidad de alguien que podría cenar allí todas las semanas.
No nos mira.
Tampoco a Aiden.
Cerca de medianoche empieza a cambiar la clientela. Algunas mesas se vacían después del postre mientras otras personas llegan sin intención aparente de cenar. Se dirigen directamente hacia la puerta del fondo, hablan unos segundos con una empleada y desaparecen.
Lucien deja la servilleta junto al plato.
—Ahora.
Cruzamos la puerta.
Una escalera desciende un nivel bajo el restaurante. Está revestida de madera oscura y pequeñas luces integradas junto a los escalones producen un resplandor ámbar. El sonido del comedor va desapareciendo mientras bajamos, sustituido por una música lenta y mucho más grave.
La planta inferior parece pertenecer al mismo edificio y a otro mundo.
Mantiene la obsesión por resultar cara, pero cambia el lenguaje.
El techo es más bajo, las paredes están revestidas de madera negra y tela oscura y la iluminación se mueve entre ámbar y rojizo.
Una barra ocupa casi toda una pared bajo estantes retroiluminados donde botellas de licor comparten espacio con recipientes de cristal llenos de diferentes tonos de rojo.
Hay sillones de cuero, mesas pequeñas rodeadas de sofás y zonas separadas mediante biombos de madera tallada.
Al fondo, unas cortinas gruesas de terciopelo oscuro esconden un corredor privado.
La música permanece lo bastante baja para que nadie tenga que gritar. El olor cambia con el espacio.
Alcohol.
Perfume.
Sangre.
No en cantidades capaces de provocar el caos del club.
Aquí está almacenada, medida y clasificada.
Un humano ofrece tranquilamente la muñeca a una mujer vampira detrás de uno de los biombos mientras continúa conversando con ella.
Más lejos, un hombre sin latido sostiene una copa de cristal oscuro con una pequeña cantidad de rojo en el fondo.
Nadie parece desesperado. Nadie corre. La discreción que faltaba en el club aquí forma parte del servicio. Lucien y yo ocupamos dos lugares en la barra. Un camarero joven se acerca y nos entrega una carta mucho más pequeña que la del comedor.
No contiene nombres de vinos.
Leo descripciones de origen, edad aproximada, grupo sanguíneo y dieta. Incluso han añadido notas dulces, metálicas o salinas con el mismo vocabulario que podrían utilizar arriba para hablar de una cosecha.
Siento hambre.
La otra considera bastante ofensivo el esfuerzo de marketing.
—Las reservas especiales se sirven únicamente en los privados —explica el camarero.
—¿Qué tienen de especial? —pregunto.
Su atención se detiene en mí.
—Depende de la experiencia que busque.
Lucien interviene antes de que yo pueda hacerlo.
—Queremos probar algo diferente.
La sonrisa del camarero indica que hemos dicho exactamente lo que esperaba.
—Entonces empezaría despacio.
Se aleja.
Aiden aparece en la zona de copas unos minutos después y ocupa una mesa con su acompañante. Marc tarda algo más. Cuando finalmente baja, se instala en un extremo de una barra secundaria y, antes de que me dé cuenta, ya está hablando con dos humanos como si los conociera desde hace tiempo.
No sé cómo lo hace.
A mí todavía me cuesta recordar que debería respirar si alguien me observa demasiado.
El camarero regresa con una pequeña copa de cristal oscuro y la coloca delante de mí.
—Para ella.
La sangre me llama.
Eso ocurre primero.
Después dejo que la percepción se abra.
La disonancia aparece debajo de la respuesta habitual de mi cuerpo.
No es exactamente un olor, aunque podría describirlo como una nota seca, mineral o medicinal si me obligaran a darle un nombre.
La certeza procede de otro lugar. Hay algo mezclado con la sangre que no forma parte de ella, la misma segunda presencia que detecté circulando por las venas del neófito después de su muerte.
Miro a Lucien.
—Es la misma.
Él mantiene la vista al frente.
—¿Segura?
Me concentro un poco más y noto la presión tenue empezar detrás de los ojos.
—Sí.
Lucien acerca la copa hacia sí como si pretendiera probarla y utiliza el cuerpo para ocultar el movimiento mientras extrae una pequeña cantidad con un tubo estrecho que lleva dentro de la chaqueta.
Ya tenemos una muestra.
La misión podría terminar ahí.
Entonces veo los viales.