Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) DIEZ
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DIEZ

Lucien me espera cerca de uno de los accesos exteriores dos noches después.

A estas alturas distingo las versiones que tiene de sí mismo según lo que vaya a hacer. Durante los entrenamientos suele llevar las mangas remangadas y una paciencia que se agota exactamente cuando empiezo a creer que por fin he hecho algo bien.

La versión que aparece delante del Círculo se vuelve más recta, más difícil de leer, como si incluso la postura formara parte del cargo.

Esta noche ha elegido ropa diseñada para mezclarse con cualquier humano que salga a cenar: pantalones oscuros, camisa negra bajo una chaqueta sencilla y botas discretas.

El cabello rubio ceniza permanece peinado hacia atrás y sus ojos azul claro recorren mi aspecto antes de asentir.

—Servirá.

Miro mi ropa.

—Qué forma tan emocionante de decir que estoy bien.

—No necesitas estar bien. Necesitas no llamar la atención.

—Mucho mejor.

Una sombra de sonrisa aparece en su boca, pero no dura.

Estamos junto a una de las salidas secundarias del refugio, donde la piedra de los corredores deja paso a hormigón reforzado, paneles de seguridad y puertas mucho menos antiguas.

Hay varios vehículos estacionados bajo luces blancas y una rampa asciende hasta desaparecer detrás de una compuerta metálica.

Dos vampiros hablan junto a una motocicleta mientras un humano termina de cargar varias cajas en el maletero de un coche sin prestarnos atención.

Lucien se vuelve hacia uno de los coches y tarda un instante en sacar las llaves. La nota reaparece sin que la llame. Me molesta que alguien a quien no conozco haya conseguido colocarla entre los dos.

Empezamos a caminar hacia uno de los coches y me explica que esta vez no salgo como parte de otra evaluación.

La misión con Víctor, el club y todo lo ocurrido desde entonces ya han demostrado bastante sobre cómo respondo fuera de una sala preparada.

Ahora quieren utilizar algo que, para mi desgracia, empieza a parecer una capacidad bastante específica.

—Esta vez trabajas con nosotros.

La frase me hace mirarlo.

—¿Eso significa que ya no vas a estar detrás diciéndome qué hago mal?

—No.

—Ha durado poco la emoción.

Abre el coche.

—Sube.

El trayecto dura menos de media hora. París continúa sin devolverme recuerdos mientras avanzamos entre tráfico, escaparates encendidos y personas caminando bajo abrigos.

Reconozco tipos de edificios, estaciones, señales y la forma general de moverme por una ciudad grande, pero nada despierta una escena propia.

Podría haber recorrido esas calles cientos de veces antes de morir o no haberlas pisado nunca.

Lucien conduce sin hablar demasiado y termina deteniéndose en un barrio residencial de edificios antiguos, balcones de hierro y pequeños restaurantes todavía abiertos.

La fachada frente a la que aparcamos es tan corriente que podría confundirse con cualquiera de las demás: piedra clara ennegrecida alrededor de algunos balcones, un portal estrecho y una hilera de buzones junto a la entrada.

Entramos detrás de un hombre mayor que lleva una bolsa de supermercado.

Lucien sostiene la puerta y recibe un agradecimiento sin que el hombre le dedique una segunda mirada.

Subimos cuatro plantas por una escalera de madera cuyos peldaños crujen bajo el peso del humano y permanecen casi silenciosos bajo el nuestro.

Lucien abre una de las puertas.

Yo me detengo en el umbral.

El gesto ya empieza a resultar automático.

Él lo nota.

—Puedes entrar, Sarah.

La resistencia desaparece antes de que llegue a empujar contra ella y atravieso la entrada.

El piso es pequeño y funcional, más parecido a un lugar utilizado para reuniones y estancias breves que a una vivienda real.

Un salón rectangular se abre directamente desde la puerta, con un sofá gris, una mesa baja llena de marcas y una televisión apagada.

Al fondo hay una cocina americana de muebles blancos y encimera oscura; varias cajas de comida humana ocupan un rincón junto a la nevera.

Huele a café, detergente y algo que alguien ha cocinado recientemente.

Hay dos hombres esperando.

—Sarah —dice Lucien—. Aiden y Marc.

Aiden es vampiro. Lo sé antes incluso de observarlo con detenimiento porque no hay ningún corazón bajo la camiseta clara.

Es alto, de constitución ligera pero atlética, con el cabello rubio ceniza peinado hacia atrás de una forma que pretende parecer descuidada y unos ojos azul claro que me estudian con bastante menos disimulo que Lucien.

Marc es humano.

Su corazón late con una tranquilidad casi irritante desde el otro lado de la habitación.

Tiene el cabello castaño, espeso y cortado de forma práctica, barba corta y unos ojos miel mucho más cálidos que los de los otros dos.

Lleva camiseta negra, pantalones oscuros y botas gastadas pero limpias.

Hasta hace un momento estaba apoyado contra la encimera con la comodidad de alguien que conoce aquel piso lo suficiente como para saber dónde guardan los vasos.

Es el primero en acercarse.

—Así que tú eres la famosa novata.

Frunzo el ceño.

—¿Famosa?

Aiden se aproxima con bastante menos prisa.

—No te emociones. Cualquier novedad da para demasiadas conversaciones entre gente que puede vivir siglos.

—Especialmente si sale de una tumba —añade Marc.

Lucien cierra la puerta a nuestra espalda.

—Marc.

—¿Qué? Eso sí me lo habéis contado.

No detecto malicia. Solo una curiosidad mucho más directa de la que suelo encontrar desde que desperté, y resulta extrañamente agradable después de tantas personas observándome como si esperaran descubrir qué parte de mí va a fallar primero.

Marc me ofrece la mano.

—Encantado.

Se la estrecho.

Su piel está caliente.

El detalle ya no me sorprende como durante mis primeras noches, aunque sigue estableciendo inmediatamente la diferencia entre él y los otros dos hombres de la habitación.

—Sarah.

—Ya lo sé.

—Claro que lo sabes.

Asumo que ser la única persona que sabe poco sobre Sarah va a convertirse en una constante.

Cuando retiro la mano, el cuello de su camiseta se desplaza apenas y deja ver un cordón fino del que cuelga una pequeña cuenta azul. El color es intenso, muy limpio, y desaparece otra vez bajo la tela cuando Marc vuelve a moverse.

No parece importante.

Por eso probablemente lo recordaré.

—No te preocupes —dice—. Las noches de trabajo suelen acabar mejor de lo que empiezan.

Lucien resopla.

—No la tranquilices.

—Lo estaba intentando.

—Pues deja de hacerlo.

—¿Ves? —Marc se vuelve hacia mí—. Esto es lo que pasa cuando alguien lleva demasiado tiempo creyéndose responsable de todo.

Espero una de esas miradas con las que Lucien consigue convertir una habitación cualquiera en una sala de interrogatorios.

En lugar de eso, aparece una pequeña sonrisa en una esquina de su boca.

Dura poco.

Lo suficiente para sorprenderme.

Llevo semanas viéndolo administrar incluso sus expresiones y ese gesto parece pertenecer a una versión que normalmente no aparece cuando estoy delante.

Con Aiden y Marc deja de ser instructor, vigilante o representante del Círculo.

Sigue siendo reservado, pero hay menos tensión en la forma en que ocupa el espacio.

Me pregunto cuánto tiempo llevan conociéndose.

La respuesta tendrá que esperar porque Lucien entra en una habitación contigua y regresa con una carpeta negra. La coloca sobre la mesa baja y cualquier resto de ligereza desaparece.

—Cinco vampiros han desaparecido durante las últimas tres semanas.

Extiende varias fotografías.

Reconozco a dos.

El primero es el hombre que solía ocupar una mesa al fondo de la biblioteca y dejó de aparecer de una noche para otra. El segundo entrenaba algunas veces en el extremo opuesto de la sala. Pregunté por ambos y nadie parecía saber dónde habían ido.

Ahora tengo sus caras delante.

—No se marcharon.

—No parece —responde Lucien.

Los cinco son relativamente jóvenes y mantienen vínculos débiles con el Círculo.

Dos ni siquiera figuran en sus registros habituales, algo que después de la noche del club me sorprende bastante menos de lo que habría hecho al llegar.

Aiden pregunta por cazadores. Lucien no descarta la posibilidad, pero tampoco tienen nada suficiente para sostenerla.

Después deja otra fotografía sobre la mesa.

Un restaurante.

La fachada es elegante sin resultar ostentosa: piedra clara, grandes ventanales, letras oscuras discretas sobre la entrada y dos árboles perfectamente podados flanqueando la puerta.

—Todos pasaron por aquí poco antes de desaparecer.

Miro la imagen.

—¿Un restaurante?

—Lo interesante está debajo —dice Marc.

Lucien coloca una segunda fotografía. Esta muestra una barra de madera oscura, sillones bajos, paredes revestidas de tonos profundos y una iluminación mucho más tenue que la del comedor.

La planta superior funciona como un restaurante humano normal, con buena reputación y clientela estable.

Después de cierta hora se abre una zona inferior de copas y reservados accesibles por invitación, recomendación o suficiente dinero como para que ambas cosas dejen de importar.

La siguiente imagen contiene varios recipientes pequeños de cristal oscuro sobre una bandeja.

—Circula sangre —explica Lucien.

—¿Humana?

—En principio.

La forma de responder me hace volver La mirada hacia los viales.

Parte se vende como una reserva especial: grupo sanguíneo, edad aproximada, dieta y determinadas características del donante, presentado con suficiente decoración para que beber sangre parezca una experiencia exclusiva en lugar de exactamente lo que es.

Marc señala la fotografía.

—Presentación cara. La necesidad de siempre.

Lucien cambia de imagen.

—La alteración que percibiste en el neófito no pertenecía a su sangre.

Levanto los ojos.

Por fin.

—¿Sabéis qué era?

—Todavía no.

Ahí está otra vez.