Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) NUEVE
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NUEVE

Lucien nos espera cuando el coche entra en la plataforma del refugio.

Está cerca de uno de los accesos, con los brazos cruzados, y apenas necesitamos bajar para que su mirada recorra primero a Claire, después a mí y termine en la sangre seca que mancha una manga de su cazadora.

Claire aclara que no pertenece a ninguna de las dos antes de que pregunte y él nos conduce directamente a una de las salas pequeñas próximas al sector de entrenamiento.

Claire resume el rastro de sangre, el club que no figuraba en el informe y la cantidad de vampiros mezclados entre humanos.

Lucien pregunta por las salidas, la seguridad y cuántos conseguimos identificar antes de que todo se rompiera.

Yo intervengo poco. Lo importante ya está claro: no perseguíamos a un neófito alimentándose mal.

Había demasiados vampiros y varios ya bebían de humanos antes del caos.

—Creía que el Círculo impedía estas cosas.

Lucien levanta los ojos hacia mí.

—Intenta impedirlas.

La diferencia habría parecido pequeña unos días atrás.

Después de ver un club entero convertirse en una carnicería, no lo es.

Alaric ya me había explicado que el Círculo no gobierna a cada vampiro que existe, pero hasta ahora todo lo relacionado con ellos había ocurrido dentro de un refugio donde una puerta cerrada bastaba para recordar quién imponía las reglas.

Fuera, esas mismas reglas dependen de que alguien decida obedecerlas.

Claire espera a que terminemos de hablar del club antes de mencionar al hombre de la barra.

Lo hace sin dramatismo: uno solo, apartado entre toda aquella gente pese a que nadie parecía estar evitando conscientemente acercarse a él, pelo negro y una presencia que ya resultaba extraña antes incluso de descubrir que podía hablar conmigo sin que ella escuchara nada.

—Ojos plateados —añado.

La mano de Lucien se queda inmóvil sobre la mesa.

Solo un instante.

Llevo suficientes noches observándolo para verlo.

Me pregunta qué dijo y esta vez no hace falta reconstruir demasiado. Le cuento que me miró desde la barra y dijo: «Así que tú eras lo que estaban ocultando». Después me llamó interesante. Cuando le pregunté quién era, no respondió.

Claire confirma que ella no escuchó absolutamente nada.

Lucien se interesa por si sentí alguna presión, si el rasgo reaccionó o si aquel hombre consiguió obligarme a hacer algo. No puedo darle una respuesta útil sobre lo primero; había demasiadas cosas ocurriendo dentro del club como para separar una sensación concreta. Sobre lo segundo estoy segura.

—No me obligó a nada.

Quise saber quién era.

Eso sí.

Pero fue mío.

La distinción parece importarle.

Cuando Claire pregunta si lo reconoce por la descripción, Lucien tarda unos segundos antes de admitir que tiene una posibilidad en mente. No quiere darme un nombre hasta comprobarla.

—Parecía saber quién era yo.

—Eso es lo que me preocupa.

—Ha dicho que me estaban ocultando.

—Lo sé.

—¿Quién?

Lucien mantiene mi mirada.

—Eso también tenemos que averiguarlo.

No me gusta particularmente la respuesta, pero después de pasar días viéndolo negarse a convertir teorías en certezas tampoco basta para hacerme pensar que está ocultándome algo.

Claire pregunta qué van a contarle al Círculo y Lucien responde que todo: la concentración de vampiros, el comportamiento de la seguridad, la sangre, el caos y el desconocido que pudo hablarme sin que nadie más lo oyera.

La misión estaba basada en información incompleta y hay que descubrir por qué, aunque ninguno parece dispuesto a decidir todavía si fue un error, mala información o algo deliberado.

El resto de la conversación se vuelve logístico bastante rápido.

Empiezan a hablar de cámaras, posibles testigos, humanos que pudieron salir y quién tendrá que revisar el lugar cuando sea posible.

Dejo de seguir una parte. Lo importante ya lo he entendido: aquello no era normal, el Círculo no tiene el control absoluto que yo había supuesto y Lucien quizá sabe quién era el hombre de ojos plateados.

Antes de marcharnos, Claire recuerda que salí del club sin beber.

—Casi muerdo a un hombre.

Lucien me mira durante un momento.

—Pero no lo hiciste.

No lo dice como un consuelo. Tampoco como si lo anterior hubiera dejado de importar.

Es simplemente un hecho.

Después de Víctor, agradezco que no intente convertirlo en otra cosa.

Las noches siguientes recuperan una rutina que empieza a resultarme demasiado familiar para llevar tan poco tiempo aquí.

Entreno con Lucien, paso horas en la biblioteca y sigo abriendo la cartera de Víctor aunque ya me sé de memoria casi todo lo que contiene.

También paso más tiempo fuera de mi habitación.

Al principio lo hago porque necesito moverme; después porque descubro que conocer un lugar no consiste únicamente en aprender qué corredor conduce a cada puerta.

Febrero termina sin que llegue a verlo. Bajo tierra, las estaciones solo existen en los detalles que otros traen pegados del exterior: lluvia sobre los abrigos, barro menos frío adherido a las botas y, una noche, pequeñas flores blancas asomando de una bolsa de papel.

Marzo entra en París mientras yo sigo midiendo el tiempo por entrenamientos, bolsas de sangre y preguntas que continúan sin respuesta.

Intento hablar con otros vampiros.

El resultado es mediocre.

No son hostiles conmigo. Tampoco parecen particularmente interesados.

Una noche termino hablando con un hombre que suele leer en una de las zonas comunes porque reconoce el libro que llevo bajo el brazo.

Me recomienda otro, discutimos durante unos minutos sobre una parte y, cuando creo que quizá la conversación continúe, se levanta y se marcha.

En la biblioteca ocurre algo parecido con una mujer a la que ya he visto varias veces: responde mis preguntas sobre unos registros, me indica dónde buscar algo y después desaparece por otra galería sin que ninguna de las dos considere necesario averiguar nada de la otra.

Al principio pienso que sigo siendo la nueva.

Después comprendo que no tiene demasiado que ver conmigo.

El refugio no funciona como una comunidad, al menos no como había empezado a imaginar.

Hay personas que se conocen desde hace décadas y otras que apenas intercambian palabras pese a dormir a pocos corredores de distancia.

Los humanos trabajan, los vampiros van y vienen, algunos coinciden durante semanas y otros llevan allí suficiente tiempo para que nadie parezca recordar cuándo llegaron.

Comparten un lugar, determinadas reglas y la necesidad de que el mundo exterior no descubra lo que son.

Eso no los convierte en familia.

Lo entiendo cuando uno de los vampiros que suele ocupar una mesa al fondo de la biblioteca deja de aparecer.

Tardo dos noches en darme cuenta y una tercera en preguntar por él.

El hombre al que se lo menciono apenas levanta la cabeza del volumen que está colocando en una estantería; supone que se habrá marchado.

Cuando pregunto adónde, se encoge de hombros.

Nadie sabe.

Nadie pregunta.

Unos días después ocurre lo mismo con otro al que había visto varias veces entrenando.

Deja de estar. No hay despedida, explicación ni conversaciones en voz baja intentando averiguar qué ha ocurrido.

Podría haber abandonado París, trasladarse a otro refugio o estar muerto y, por lo que veo, ninguna posibilidad altera demasiado el funcionamiento del lugar.

La ausencia se cierra alrededor de ellos.

Eso me resulta más extraño que la frialdad.

Supongo que cuando puedes vivir siglos acabas aprendiendo a no convertir cada presencia en algo permanente.

Yo todavía no.

Claire desaparece también, aunque al menos ella me avisa.

Me la encuentro una noche saliendo de una de las zonas a las que no tengo acceso con una bolsa pequeña al hombro y la cazadora de cuero puesta.

Me dice que tiene trabajo y que estará fuera un par de días.

Intento preguntarle de qué clase de trabajo, pero la respuesta sigue siendo «trabajo», acompañada de una sonrisa que deja bastante claro que no voy a conseguir nada mejor.

Lucien sabe que se marcha y no parece encontrarlo extraño.

Así que intento no hacerlo yo tampoco.

Lo que no esperaba era notar tanto su ausencia.

No porque cambie el refugio. Lucien sigue apareciendo a la misma hora, el entrenamiento continúa y la biblioteca permanece donde estaba.

Pero nadie interrumpe desde un lateral para decir que debería permitirme romper algo por diversión, nadie ocupa uno de los sillones de la zona común con las piernas dobladas de cualquier manera y mi habitación deja de recibir visitas inesperadas con bolsas de sangre.

Los dos días resultan más silenciosos.

Los lleno entrenando.

Lucien continúa intentando comprender el rasgo que se manifestó con Víctor, aunque los resultados siguen siendo poco fiables.

Algunas noches consigo notar una presencia sin verla; otras solo aparece presión detrás de los ojos y tenemos que parar antes de que se transforme en dolor.

El análisis de la sangre del neófito confirmó al menos una cosa: había algo extraño en ella.

No imaginé la diferencia. Cuando intento saber qué era exactamente, Lucien vuelve a decir que todavía lo están estudiando.

También sigo sin tener el nombre del hombre del club.

Eso empieza a irritarme.

No lo suficiente para desconfiar de Lucien, pero sí para darme cuenta de cuántas veces he escuchado alguna versión de todavía no desde que desperté.

Todavía no sabemos quién te creó. Todavía no entendemos tu memoria.

Todavía no fuerces el rasgo. Todavía no sabemos qué había en esa sangre.

Todavía no puedo decirte quién es ese hombre.

Puede que todas las razones sean perfectamente válidas.

Sigue siendo mi vida la que permanece esperando detrás de ellas.

Así que busco por mi cuenta dentro de lo que tengo permitido.

Leo sobre cazadores y encuentro sobre todo referencias viejas, conflictos anteriores y nombres que no me dicen nada.

Busco el apellido de Víctor entre registros a los que puedo acceder y obtengo suficientes coincidencias para no conseguir ninguna respuesta útil.

Pruebo suerte describiendo los ojos plateados a un par de vampiros.

Uno asegura no haber visto nunca nada semejante.

El otro tarda un poco más en responder antes de decir lo mismo.

No sé si alguno miente.

Mi percepción, por desgracia, no incluye eso.

Claire regresa la segunda noche mientras estoy entrenando. No anuncia su llegada ni viene a buscarme. Simplemente, en mitad de un ejercicio, la encuentro apoyada contra una de las paredes como si nunca se hubiera marchado.

—Veintiocho ha vuelto.

—Me alegra ver que me has echado de menos.

—Estaba disfrutando del silencio.

Cometo el error de mirarla mientras lo digo y Lucien aprovecha para golpearme en el hombro.

Claire sonríe.

Todo vuelve a colocarse con una facilidad absurda.

No sé por qué eso me tranquiliza.

Tres noches después, alguien me deja un mensaje.

He pasado casi toda la noche en la biblioteca y regreso a mi habitación con dos libros bajo el brazo, todavía pensando en un registro de transformaciones que no me ha servido absolutamente para nada.

La puerta se abre cuando acerco la mano y entro sin prestar demasiada atención hasta que algo sobre el escritorio me detiene.

Una hoja.

No estaba allí cuando salí. Lo sé porque había dejado la cartera de Víctor abierta exactamente en ese lugar. Ahora está cerrada y desplazada unos centímetros, como si alguien hubiera necesitado hacer espacio.

Dejo los libros sobre la cama y escucho.

No hay nadie dentro. Más allá de las paredes encuentro el rumor habitual de la ventilación, unos pasos lejanos, una puerta y varios corazones humanos dispersos por el nivel.

Nada que me diga quién ha entrado ni cuándo.

Me acerco. Hay un pedazo de pergamino escrito en tinta sobre la mesilla.

Le doy la vuelta por si alguien ha decidido esconder la parte útil al otro lado.

Nada.

La irritación llega primero. Alguien ha entrado en mi habitación, ha movido la cartera de Víctor y solo me deja tres palabras.

Después recuerdo una voz atravesando el ruido del club.

Así que tú eras lo que estaban ocultando.

Miro otra vez el papel. No sé si ambas cosas están relacionadas y no pienso decidirlo solo porque alguien quiera asustarme.

Guardo la hoja dentro del cajón y lo cierro. Mi mano permanece sobre la madera un segundo más de lo necesario.