OCHO #3
Un humano grita cuando un vampiro lo agarra del brazo y lo arrastra contra su cuerpo.
A pocos metros, otro aprovecha el movimiento para hundir los dientes en el cuello de una mujer que ni siquiera había empezado a correr todavía.
No todos pierden el control. Algunos retroceden, otros buscan la salida y varios observan durante un momento.
Pero basta con que unos pocos crucen la línea.
Después otros deciden que ya no existe.
La sala se rompe.
Los humanos empiezan a empujarse hacia las salidas mientras los vampiros que quieren alimentarse encuentran de pronto cientos de cuerpos aterrados corriendo a su alrededor.
Una mujer cae junto a la pista y alguien pasa por encima de ella.
Un hombre intenta apartar a un vampiro de su pareja y recibe un golpe que lo lanza contra una mesa.
Hay un cuello abierto cerca de una de las barras y el olor aumenta de golpe.
Sangre.
Por todas partes.
Demasiada.
Toda la disciplina de las últimas noches se reduce a intentar conservar un mundo alrededor de ese olor. Busco la música, las luces, el cuero de mi chaqueta, el suelo pegajoso y la mano de Claire cerrándose alrededor de mi brazo.
—Sarah.
La miro.
Me cuesta.
Eso basta para que tome la decisión por las dos.
—Fuera. Ahora.
Asiento y empezamos a movernos.
La pista ya es una masa desordenada de cuerpos intentando huir en direcciones distintas.
Algunos vampiros se abalanzan sobre humanos sin molestarse en ocultarse; otros simplemente aprovechan que todo se ha roto para alimentarse con una libertad que hace unos minutos no se permitían.
Las normas del Círculo, las advertencias sobre exposición, los registros y todo aquello que me explicaron en la biblioteca existen todavía.
Aquí parece no importarle a nadie.
O no a todos.
La idea se abre paso incluso a través del hambre.
El Círculo no controla esto.
Quizá nunca lo hizo.
La seguridad intenta cerrar parte de los accesos.
Dos de los hombres que estaban en la entrada aparecen en el corredor principal empujando a la gente hacia atrás, probablemente intentando impedir que la estampida llegue a la calle o que alguien vea demasiado.
No sé si saben exactamente qué está ocurriendo o simplemente cumplen órdenes, pero convertir una salida en un cuello de botella con cientos de humanos aterrados parece una idea especialmente mala.
Claire piensa lo mismo.
Cambia de dirección.
—Por aquí.
La sigo hacia uno de los laterales mientras varios cuerpos chocan detrás de nosotras.
Una vampira intenta agarrarme al pasar y bloqueo su brazo casi sin pensarlo, utilizando su propio impulso para apartarla.
No me detengo. Otro aparece delante de Claire y ella lo golpea antes de que consiga cerrarnos el paso.
No estamos intentando ganar.
Solo salir.
Eso ayuda.
Un humano cae cerca de mí y el olor de la sangre que le cubre media cara me golpea tan fuerte que durante un instante el resto vuelve a desaparecer. Mi cuerpo se inclina antes de que llegue a decidir nada.
Claire tira de mi brazo.
—No.
Una sola palabra. Esta vez basta. Aprieto la mandíbula hasta sentir los colmillos contra el labio y continúo.
Encontramos una puerta lateral detrás de la zona de servicio.
Uno de los hombres de seguridad intenta detenernos antes de alcanzarla; Claire le aparta la mano, él insiste y la siguiente vez termina contra la pared con suficiente fuerza para dejar de hacerlo.
Empujamos la puerta. Un corredor de hormigón conduce hacia unas escaleras metálicas.
Detrás continúa el ruido de la sala, pero la música empieza a mezclarse con gritos, golpes y cristales rotos.
Subimos deprisa. Cuando llegamos arriba hay otro empleado intentando bloquear una salida de emergencia. Claire no reduce el paso.
—Aparta.
El hombre decide no hacerlo.
Yo lo agarro antes de que alcance a Claire y lo aparto de la puerta. Sale despedido varios metros y golpea contra unas cajas apiladas.
No compruebo cómo queda.
Claire abre.
El aire frío de la calle me golpea la cara.
Solo existen humedad, asfalto y gasolina. Nada de cientos de corazones encerrados bajo un mismo techo. Nada de sangre caliente atravesándolo todo.
Salimos a una calle lateral detrás de las naves y seguimos andando hasta que el club queda a suficiente distancia para que el olor empiece a perder fuerza. Claire no se detiene hasta llegar casi al coche.
Yo sí miro atrás. No porque espere ver algo, sino porque recuerdo al hombre de la barra. Los ojos plateados. Así que tú eras lo que estaban ocultando.
Claire abre el coche y me hace entrar. Solo cuando las puertas están cerradas y el motor arranca parece permitir que la tensión abandone ligeramente sus hombros.
—¿Eso era normal? —pregunto.
—No.
Nada más.
No necesito mucho más tampoco.
El club debería ocupar toda mi cabeza. No lo hace.
Miro por la ventanilla mientras las naves industriales quedan atrás y las luces de París empiezan a aparecer sobre el cristal.
Por encima del motor todavía escucho la voz del hombre de la barra y veo el plateado de sus ojos.
Me reconoció antes de que yo tuviera la menor idea de quién estaba mirando.