OCHO #2
El rastro que perseguíamos prácticamente desaparece dentro de aquel caos.
Hay labios partidos, encías sangrantes y heridas pequeñas suficientes para convertir cualquier pista en parte del ambiente.
Un hombre pasa junto a mí con sangre bajo la nariz y la cabeza se me gira antes de que pueda impedirlo.
Sigo la línea roja hasta su boca.
La sed responde.
Esta vez no necesito que nadie me agarre.
Aparto la mirada y sigo andando.
Claire lo ve.
—Mejor.
—Como se lo cuentes a Lucien se volverá insoportable.
—¿Más?
—Buen punto.
La sonrisa no dura.
Hay algo más entre los humanos.
Una ausencia.
La detecto primero cerca de una de las barras: un hombre sostiene un vaso entre los dedos y reproduce bastante bien la postura relajada de quienes lo rodean, pero no tiene corazón.
Después encuentro a una mujer bailando entre dos chicos.
Cuando echa la cabeza hacia atrás, las luces alcanzan unos colmillos que no se ha molestado demasiado en ocultar.
Hay otro junto a las escaleras.
Y uno más en la segunda altura.
Dejo de contar.
Miro a Claire.
Ella ya está observando la sala de otra manera.
—¿Cuántos?
Sus ojos recorren la pista, las barras y las pasarelas.
—Demasiados.
Un vampiro pasa muy cerca con una humana pegada a la cintura. Lleva sangre fresca en los labios y ella tiene dos pequeñas marcas medio ocultas bajo el cabello. No parece asustada. Sonríe con los ojos demasiado brillantes y se deja arrastrar entre la gente como si aquello formara parte de la noche.
Nadie alrededor reacciona.
Nadie parece haber visto nada raro.
Miro otra vez los colmillos, la sangre, la cantidad de vampiros mezclados entre humanos y después a Claire.
—Creía que ocultarse era la base de todo esto.
Ella ya no sonríe.
—Lo es.
—Pues aquí no lo parece.
Claire observa al vampiro perderse entre los cuerpos y después levanta la mirada hacia la planta superior.
Entonces noto que alguien me observa.
No debería poder aislar una mirada concreta entre cientos de cuerpos, luces cambiantes y estímulos suficientes para hacerme perder la concentración si aflojo durante medio segundo. Aun así, giro la cabeza y lo encuentro.
Está en la barra.
Solo.
Eso sería normal en cualquier otro sitio.
Aquí no. El club está tan abarrotado que los humanos se rozan para avanzar y cada hueco libre desaparece en segundos, pero alrededor de ese hombre queda un espacio extraño, apenas medio metro que nadie parece dispuesto a ocupar.
La gente pasa detrás, se inclina sobre la barra a ambos lados y pide bebidas por encima de otros hombros, pero nadie lo toca.
Nadie tropieza con él. Nadie parece siquiera reparar en que está dejando libre un espacio que podría ocupar otra persona.
Él tampoco hace nada para conservarlo.
Está allí.
Tiene el cabello negro, algo largo sobre la frente, la piel clara y unas facciones demasiado definidas para perderse bajo la iluminación irregular del club.
Lleva una camisa negra abierta en el cuello y permanece apoyado contra la barra con una tranquilidad que no encaja con la música, los cuerpos ni los vampiros alimentándose a pocos metros.
No bebe. No habla con nadie. Ni siquiera parece estar esperando.
Me mira.
Un fogonazo blanco alcanza su rostro. Sus ojos son plateados. La primera conclusión que saco es que encontrar a un desconocido con ojos así en un club donde ya hay demasiados vampiros probablemente no sea una buena señal.
La segunda resulta bastante menos útil. Es tremendamente atractivo.
Me irrita notarlo. Sobre todo porque él no me mira como los hombres que llevan toda la noche recorriendo cuerpos con los ojos.
Su atención permanece clavada en mi cara con una precisión incómoda, como si hubiera encontrado exactamente aquello que estaba buscando.
—Sarah.
Claire ha seguido mi mirada. También localiza al hombre, aunque su expresión me dice que no lo reconoce. Lo estudia y después vuelve a revisar la sala, cada vez menos interesada en nuestra supuesta misión y más en todo lo que no encaja con ella.
Entonces escucho la voz del desconocido.
—Así que tú eras lo que estaban ocultando.
Se me tensan los hombros.
La música golpea con tanta fuerza que una pareja a menos de un metro tiene que hablarse prácticamente dentro del oído. Él está bastante más lejos y no parece haber levantado la voz.
Sin embargo, lo oigo perfectamente.
Claire me mira.
—¿Qué?
No respondo. Sigo observándolo.
Una pequeña curva aparece en la boca del desconocido.
—Interesante.
Otra vez.
Limpio. Cercano. Como si la distancia y todo el ruido entre nosotros no importaran.
—¿Quién eres? —pregunto.
Esta vez sí tengo que alzar la voz.
Sus ojos plateados permanecen sobre mí.
No responde.
Ni una palabra.
Eso me inquieta más que cualquier explicación.
Claire se acerca hasta quedar prácticamente pegada a mi hombro y recorre de nuevo el club con la mirada.
Hay demasiados vampiros. Algunos beben discretamente; otros ni siquiera se molestan en esconder los colmillos.
Una humana pasa junto a nosotras con dos marcas recientes bajo la mandíbula y la expresión demasiado relajada para alguien que acaba de perder sangre.
Más allá, un vampiro se limpia la boca con el pulgar mientras continúa hablando con otro como si estuviera en cualquier bar.
—Esto no coincide con el informe —dice Claire.
Aparto por fin la mirada del hombre.
—¿El qué?
—Nada de esto.
La misión era localizar a un vampiro alimentándose de forma imprudente.
Uno. Quizá un neófito incapaz de controlar la sed.
No un club lleno de los nuestros mezclándose con humanos mientras las normas que llevo días escuchando parecen convertirse en sugerencias opcionales en cuanto nos alejamos lo suficiente del refugio.
Claire vuelve a mirar al hombre de la barra y después las salidas.
—Nos vamos.
—¿Ya?
—Sí.
No parece asustada. Eso sería más tranquilizador si no conociera lo suficiente su manera de observar una habitación para saber que acaba de decidir que seguir investigando es peor opción que marcharse.
Doy un último vistazo hacia la barra. Los ojos plateados continúan sobre mí. Entonces llega el olor.
Sangre fresca.
No una herida pequeña en un labio ni un nudillo abierto. Una cantidad suficiente para atravesar perfume, alcohol, sudor y humo artificial de un extremo al otro del club. Mi garganta se cierra.
Los colmillos descienden. Y no soy la única. El cambio ocurre casi a la vez en distintos puntos de la sala. Varias cabezas se giran hacia el mismo sitio. El hombre de la barra que fingía beber deja el vaso. La vampira que estaba bailando se queda quieta durante una fracción de segundo.
Después alguien se mueve.
Demasiado rápido.