Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) OCHO
23%

OCHO

Para entonces ya puedo moverme por el refugio sin sentir que cada corredor intenta devolverme al punto de partida.

La rutina ha hecho el resto y Lucien vuelve los ejercicios más difíciles cada noche.

Desde Víctor no he perdido el control otra vez, aunque tampoco he vuelto a tener los dientes hundidos en un cuello humano.

Por eso resulta extraño que, cuando Éléonore me manda llamar poco después de despertar, Claire sea quien me espera en la cámara del Círculo.

Lucien también está allí.

Precisamente por eso resulta todavía más raro.

La sala conserva la misma piedra pulida, la cúpula perdiéndose en sombra y la iluminación demasiado blanca que recuerdo de mi primera noche, aunque esta vez solo están Éléonore y Alaric frente a nosotros.

Claire lleva vaqueros negros, botas y la cazadora de cuero con la que la conocí; el cabello recogido en una coleta baja y las manos metidas en los bolsillos.

Lucien permanece unos pasos más lejos con los brazos cruzados.

No necesito conocerlo desde hace años para darme cuenta de que no le entusiasma la situación.

Éléonore no pierde tiempo con demasiada explicación. Durante las últimas noches han aparecido varios humanos con heridas compatibles con mordeduras en la periferia de París y esta madrugada han encontrado un cadáver. El patrón apunta a un vampiro alimentándose de forma cada vez menos cuidadosa.

Eso ya no me resulta nuevo.

—¿Otro neófito?

—Es una posibilidad —responde Alaric—. No la única.

Éléonore desliza un par de fotografías sobre la mesa. Apenas necesito mirarlas para entender lo importante: cuello abierto, piel demasiado pálida, sangre seca. Nada especialmente ambiguo después de todo lo que llevo viendo desde que desperté.

—Vas a acompañar a Claire.

Miro primero a Éléonore. Después a Claire. Finalmente a Lucien.

—¿Claire?

Ella levanta una ceja.

—Intentaré no ofenderme.

—No era eso.

Precisamente porque normalmente sería Lucien.

Éléonore parece comprender la pregunta sin que tenga que formularla.

Me explica que quieren comprobar cómo respondo fuera de los ejercicios controlados y sin depender siempre de las instrucciones de la misma persona.

Observaré, seguiré a Claire y no intervendré salvo que la situación lo exija.

No necesito más para entender qué están haciendo. La misión con Víctor demostró unas cosas y empeoró otras. Esta vez quieren verme en un entorno real sin que Lucien esté a mi lado corrigiendo cada movimiento. Tiene cierta lógica. Aun así, cuando miro hacia él, continúa sin parecer satisfecho.

—Es pronto —dice.

Éléonore sostiene su mirada.

—Por eso no irá sola.

No discuten más. Da la impresión de que esa conversación ocurrió antes de que yo entrara y ninguno tiene intención de repetírmela completa.

Eso también empieza a ser habitual.

Lucien termina aceptando la decisión con la misma cara con la que aceptaría una fractura mal colocada.

Antes de que salgamos me recuerda que controlar la sed en el refugio no significa haber dejado de tenerla y que, si noto que empieza a imponerse, tengo que decirlo antes de decidir demostrarle a nadie que puedo soportarlo.

La referencia a Víctor no hace falta.

Está ahí igualmente.

—Lo sé.

Me observa unos segundos antes de asentir.

Claire me toca ligeramente el hombro al pasar.

—Vamos antes de que saque una carpeta.

—Tengo varias —responde Lucien.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

Nos alejamos y, aunque intento no hacerlo, termino sonriendo.

Claire conduce.

Por alguna razón, eso me parece mucho menos negociable que casi cualquiera de las reglas del Círculo.

Me acomodo en el asiento del acompañante mientras dejamos atrás las zonas más transitadas de París.

Ha llovido hace poco y el asfalto devuelve las farolas en reflejos deformados mientras las fachadas residenciales van dejando paso a talleres cerrados, almacenes, aparcamientos vacíos y grandes naves industriales separadas por vallas metálicas.

Claire mantiene una ventanilla ligeramente abierta y el aire húmedo introduce dentro del coche combustible, tierra mojada, metal y rastros humanos que aparecen y desaparecen conforme avanzamos.

Todavía no entiendo por qué me han enviado con ella.

No me molesta.

Simplemente es raro.

Lucien lleva días dirigiendo cada ejercicio, conoce exactamente dónde empiezo a perder el control y fue quien estuvo conmigo cuando apareció el rasgo con Víctor y después con el neófito.

Claire ha entrenado conmigo, sí, pero de una manera distinta.

Menos clínica. Mucho menos interesada en decirme lo que va a hacer antes de hacerlo.

Quizá sea precisamente esa la idea.

No pregunto.

La sangre tarda varios minutos en aparecer.

Al principio es tan tenue que podría confundirse con cualquiera de los rastros que atraviesan la ciudad.

Una pequeña herida, carne transportada dentro de algún vehículo, sangre seca en una calle por la que acabamos de pasar.

Cierro los ojos para separar mejor los olores y encuentro algo que permanece debajo de todos ellos.

Reciente.

—Sigue recto.

Claire reduce la velocidad.

El rastro desaparece en una intersección y vuelve unos segundos después, más débil.

—Derecha.

Gira sin preguntar.

Seguimos así durante varias calles. No es una línea limpia.

La sangre aparece, se pierde entre humo, humedad y cuerpos humanos, y vuelve cuando cambio la atención.

Cada vez resulta más fácil comprender lo que Lucien intenta enseñarme cuando insiste en no perseguir el primer estímulo que me interesa: si me cierro demasiado sobre el olor, pierdo el resto de la ciudad.

Lo que no esperaba era encontrar tráfico.

Primero son unos cuantos coches aparcados junto a la acera. Después motos. Más adelante, taxis dejando grupos de personas y varias figuras caminando en la misma dirección con ropa que encaja bastante poco con las naves industriales cerradas que nos rodean.

Claire disminuye la velocidad.

—Eso no estaba en el informe.

La música llega unos segundos después, primero como una vibración grave mezclada con el motor y después como un ritmo reconocible que parece salir de algún punto más adelante.

El rastro de sangre conduce exactamente hacia allí.

—Puede haberse metido dentro.

—Puede.

La respuesta es seca.

No le gusta.

Aparca varias calles antes y continuamos andando. El aire frío apenas afecta a mi piel, pero agradezco tenerlo alrededor mientras nos acercamos a la concentración de cuerpos que ya puedo escuchar.

La zona no parece albergar ningún club. Las fachadas siguen siendo de hormigón, ladrillo y chapa, y la mayoría de las naves permanecen cerradas. Solo la acumulación de vehículos y gente fumando junto a las esquinas delata que ocurre algo allí.

La entrada está encajada entre dos persianas metálicas bajadas. Una puerta negra, dos hombres enormes controlando el acceso y ninguna señal exterior que diga qué existe al otro lado.

Aun así, una fila dobla parcialmente la esquina.

Nos colocamos al final.

Los corazones aparecen enseguida.

Todavía puedo separarlos. Uno detrás, varios delante, otro acelerado dentro de un hombre que lleva demasiado alcohol encima. También llegan pequeñas cantidades de sangre: una herida en el labio de una chica, un nudillo abierto y algo más distante que podría proceder del interior.

Mi garganta se tensa.

Lo noto.

No intento fingir que no. En lugar de dejar que el olor crezca, hago lo que llevo noches practicando.

Busco el cuero de la chaqueta de Claire, humo de tabaco, perfume, asfalto mojado, cerveza y la bebida demasiado dulce que alguien ha derramado junto a la pared.

La sangre sigue ahí. Pero no está sola. Claire me mira de reojo.

—¿Cómo vas?

—Tengo sed.

—No te he preguntado si tienes sed.

La miro.

—Voy bien.

—Entonces seguimos.

Hace una semana no habría entendido la diferencia.

Los porteros nos dejan pasar y descendemos por una escalera estrecha de hormigón pintado de negro.

Las paredes están cubiertas de carteles y pegatinas superpuestos y unas tiras de luz roja recorren los peldaños.

La música aumenta con cada tramo hasta dejar de ser algo que escucho y convertirse en una vibración que noto en el suelo, en el pasamanos y bajo las botas.

Al final de la escalera se abre un corredor y después el club.

El primer impacto no es la luz.

Es la sangre.

El aire está saturado de sudor, alcohol, perfume, humo artificial y cientos de cuerpos humanos demasiado cerca unos de otros.

La pista de baile ocupa el centro bajo estructuras metálicas y luces que atraviesan el humo en destellos blancos, violetas y azules.

Hay barras a ambos lados, una segunda altura recorriendo parte del recinto y zonas de sofás medio ocultas detrás de cortinas oscuras.

Pero durante los primeros segundos apenas veo nada de eso.

Los corazones lo ocupan todo.

Cientos de latidos superpuestos en una pulsación enorme que cambia constantemente con el baile, el alcohol, la excitación y el esfuerzo. Cada cuerpo contiene sangre caliente moviéndose a centímetros de otros cuerpos y mi percepción intenta seguir demasiadas cosas al mismo tiempo.

Los pies se me clavan al suelo.

Claire roza mi brazo.

—Sarah.

Asiento. Sé qué tengo que hacer. Amplío.

Busco el hielo moviéndose dentro de una cubitera, un vaso golpeando contra otro, el suelo pegajoso bajo mis botas y una mujer riéndose cerca de la barra.

Encuentro el olor de Claire, una bebida dulce que pasa a nuestro lado, la máquina de humo y alguien rozándome el hombro mientras intenta abrirse paso.

Poco a poco el club vuelve a ser un lugar en vez de una colección de arterias.

—Podemos seguir.

Claire tarda un segundo en responder.

—Vale.

Nos internamos entre los cuerpos.