SIETE #3
Durante varias noches hemos intentado reproducir lo ocurrido con Víctor sin conseguir prácticamente nada.
Lucien se niega a utilizar sangre fresca como detonante, decisión que, teniendo en cuenta cómo terminó la última vez que bebí directamente de alguien, no discuto.
En su lugar prueba estímulos mucho más aburridos: bolsas cerradas, recipientes, humanos al otro lado de una pared, incluso su propia presencia mientras yo mantengo los ojos cerrados.
Nada.
Puedo oler la sangre si está suficientemente cerca. Escuchar un corazón. Distinguir a un humano de un vampiro por cosas que ya conocía antes.
Pero aquello que ocurrió en las caravanas no aparece.
Hasta que Lucien deja de buscarlo directamente.
La sala que utiliza esa noche es una de las grandes estancias junto a la zona de entrenamiento.
Han retirado casi todo el mobiliario y distribuido varias cajas, piezas metálicas y obstáculos por el espacio.
Hay sonidos reproduciéndose desde distintos puntos de las paredes, conversaciones superpuestas, golpes y música que aparece y desaparece.
La iluminación cambia en intervalos irregulares.
Mi tarea es moverme por la sala, identificar determinados estímulos y no permitir que Claire me golpee mientras lo hago.
Claire interpreta la última parte con demasiado entusiasmo.
Llevo varios minutos esquivándola mientras intento localizar un sonido metálico entre dos conversaciones grabadas cuando finge un ataque por la derecha.
No caigo. Giro hacia el otro lado, bloqueo su brazo y la obligo a retroceder.
Entonces las luces se apagan. No por completo. Solo lo suficiente para obligarme a readaptar la vista. Claire se mueve. La pierdo durante una fracción de segundo detrás de uno de los obstáculos. Y aparece la presión.
Me detengo.
No es igual a lo ocurrido con Víctor. Allí nació en la sangre y se extendió por todo su cuerpo. Esto empieza debajo del esternón y asciende hacia la garganta y los ojos, una sensación profunda que reconozco antes de entenderla.
Cierro los ojos. Claire sigue moviéndose.
No escucho sus pasos. O sí, pero no es eso lo que utilizo.
Sé dónde está. La certeza ocupa un espacio preciso a mi izquierda, detrás de una de las estructuras metálicas.
No veo su cuerpo ni su sangre como vi la de Víctor.
Es algo más impreciso, un límite alrededor de una presencia que existe durante apenas un segundo.
Me giro justo cuando Claire sale. Bloqueo su brazo. Los dos movimientos chocan.
Ella se queda quieta.
Yo también.
Abro los ojos.
Lucien está mirándome.
No tiene la carpeta en las manos.
—Otra vez —dice.
Claire retrocede sin bromear esta vez.
Intentamos repetirlo.
No ocurre.
La segunda vez escucho sus pasos antes de encontrar nada extraño. La tercera solo consigo provocar presión detrás de los ojos y un dolor creciente que termina obligándome a parar.
Lucien corta el ejercicio en cuanto me llevo una mano a la sien.
—Basta.
—Puedo seguir.
—No.
Esta vez no discuto demasiado porque la habitación empieza a estrecharse alrededor de las luces.
Claire se acerca y me observa con los brazos cruzados.
—Eso no era lo de la sangre.
—No exactamente.
Lucien hace unas pocas preguntas y respondo como puedo. La sensación compartía la misma presión inicial, pero no vi sangre ni nada dentro de Claire. Simplemente sabía dónde estaba aunque durante un momento no pudiera verla.
Él escucha.
No escribe.
—¿Eso es un rasgo? —pregunto.
Lucien tarda un instante.
—Puede serlo.
—Qué respuesta tan útil.
—Todavía no sabemos qué estás haciendo.
Eso al menos es cierto.
La palabra rasgo ya no me impresiona tanto como habría hecho unos días atrás.
Alaric me explicó que existen capacidades vinculadas a vampiros concretos, linajes o excepciones que tardan años en comprenderse.
Lo mío acaba de aparecer después de beber la sangre de un hombre que aseguraba ser mi hermano y desde entonces parece empeñado en manifestarse de formas distintas.
No me parece especialmente razonable exigirle un manual.
—¿Está relacionado con Víctor?
Lucien me sostiene la mirada.
—Empezó con él.
No afirma más.
Tampoco puede.
—¿Y lo del neófito?
Esta vez la pausa es más breve.
—El Círculo sigue revisándolo.
—Pero había algo.
—Sí.
La confirmación me sorprende.
—Entonces no me lo imaginé.
—Nunca he dicho que lo hicieras.
Tiene razón.
Eso resulta irritante.
Lucien termina el ejercicio y me advierte que no intente forzar la percepción sola hasta que sepan qué desencadena la presión y por qué termina convirtiéndose en dolor. Claire coincide con él, lo que vuelve la situación considerablemente más sospechosa.
—Dos personas diciéndome que no haga algo siempre consigue que parezca mucho más interesante.
—Sarah —dice Lucien.
—No voy a hacerlo.
Claire me mira.
—Eso ha sonado poco convincente.
—Estoy herida por vuestra falta de confianza.
La conversación se acaba.
Cuando regreso a mi habitación, la cartera de Víctor sigue donde la dejé. Me siento frente al escritorio, la acerco y paso el pulgar por el borde gastado. No despierta nada. Él sabía quién era yo; ahora solo queda averiguar cuánto.
La abro otra vez. No espero que despierte ningún recuerdo; me conformo con encontrar una pista.