Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) SIETE #2
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SIETE #2

Una noche consigue derribarme dos veces utilizando prácticamente el mismo movimiento. A la tercera detecto el cambio de peso justo antes de que lo complete y engancho su cuerpo al mío para arrastrarla durante la caída. Rodamos sobre el suelo acolchado y termino encima de ella.

Claire se ríe.

—Eso sí.

—¿Eso qué?

Me empuja con una rodilla y recupera la posición antes de que pueda utilizar la ventaja.

—Eso.

—Sigues sin responder.

—Deja de preguntar cuando vas ganando.

Cometo el error de escucharla.

Acabo debajo.

Lucien nos observa desde unos metros más allá con los brazos cruzados y decide que las dos hemos sido horribles.

Claire levanta un dedo desde el suelo para recordarle que técnicamente ella no es su alumna.

—Se nota —responde él.

La familiaridad entre ellos empieza a llamarme la atención, aunque no lo suficiente para preguntar todavía.

Claire disfruta provocándolo y Lucien parece haber desarrollado una tolerancia extremadamente concreta hacia ella.

No se comportan como una pareja ni como familiares.

Simplemente hay demasiadas cosas que no necesitan decirse entre ambos, límites que conocen sin discutirlos y referencias que desaparecen antes de que yo pueda entenderlas.

Termino aceptando que casi todas las relaciones dentro del refugio empezaron mucho antes de que yo apareciera.

Supuestamente tengo tiempo para averiguarlas.

Fuera de los entrenamientos también noto pequeños cambios.

Los corazones humanos continúan llamando mi atención, pero ya no interrumpen automáticamente todo lo demás.

Puedo cruzarme con alguien en un corredor sin seguir el movimiento de su garganta hasta que desaparece y soy capaz de continuar hablando mientras un humano pasa cerca con recipientes de sangre destinados a alguna otra zona del refugio.

No parece gran cosa hasta que recuerdo a Víctor.

Entonces deja de parecer pequeño.

No pienso demasiado en las cuatro personas del merendero. Sus caras aparecen algunas veces, igual que la caravana, las manos manchadas o el sabor de aquella primera sangre, pero Víctor ocupa un espacio distinto porque ahora tengo algo físico que pertenece a él esperando sobre mi escritorio.

Y porque fui consciente durante mucho más tiempo. Sé exactamente cuándo lo mordí. Sé que intentó apartarme. Sé que hubo varios latidos en los que podría haber parado y no lo hice.

No necesito convertir eso en una conversación todavía. Basta con recordarlo cada vez que Lucien coloca a un humano delante de mí. Claire tampoco pregunta. Agradezco que no lo haga. Lo que sí termino preguntándole una noche es si conoce a los cazadores.

Estamos sentadas junto a una de las paredes de la sala de entrenamiento después de terminar.

Quedan únicamente Lucien y otro vampiro al fondo, hablando cerca de las plataformas.

Claire juega con una venda entre los dedos mientras yo intento decidir cómo formular la pregunta sin convertirla en algo más grande de lo que sé.

Al final simplemente le digo que Víctor era uno.

La venda deja de moverse.

Claire ya sabía que había un humano implicado en la salida y que había muerto. Por su expresión, el resto es nuevo.

—Lucien lo reconoció por el equipo —añado—. Dijo que era un cazador.

Claire tarda un poco en contestar. Me explica únicamente lo necesario: existen humanos que saben que los vampiros son reales y algunos se dedican a perseguirlos.

No todos trabajan igual ni obedecen a una sola organización, así que saber que Víctor era uno explica sus armas y su manera de combatir, pero no quién era ni cómo llegó hasta allí.

Eso me deja prácticamente en el mismo sitio.

—Dijo que era mi hermano.

Claire me mira.

No encuentro sorpresa teatral ni una respuesta preparada.

—¿Le crees?

—No lo sé.

Es la única respuesta que tengo.

Le cuento lo de la familiaridad de su sangre, aunque no necesito entrar demasiado en detalles porque Lucien ya le ha contado que algo apareció durante la misión.

Claire me pregunta si esa sensación era igual a reconocer un olor o un recuerdo y niego.

Era más física que eso, una certeza sin traducción.

La sangre de Víctor se parecía a algo mío sin ser mía.

—¿Eso significa que era mi hermano?

—No tengo ni idea.

La respuesta llega sin adornos.

La agradezco.

Claire tampoco intenta convencerme de que Víctor mentía o decía la verdad. Se limita a señalar que, si mi percepción acaba de aparecer, utilizarla para demostrar parentescos después de una única experiencia sería bastante precipitado.

—Eso ha sonado casi como Lucien.

—Retíralo.

—Demasiado tarde.

Me lanza la venda. La conversación termina ahí. Es suficiente.

Las noches continúan y, poco a poco, Claire empieza a existir fuera de la gasolinera y del entrenamiento.

Algunas veces caminamos juntas hacia las zonas comunes después de una sesión.

El lugar es mucho menos solemne que las salas relacionadas con el Círculo: sofás grises, mesas bajas, un par de pantallas reproduciendo noticias sin sonido y estanterías donde libros y revistas se mezclan con objetos que alguien ha dejado allí y todavía no ha recogido.

Nunca está lleno.

Normalmente encuentro a uno o dos vampiros y varios humanos entrando o saliendo. Nadie parece reunirse allí por una necesidad particular de convivencia; simplemente es un lugar cómodo por el que algunas vidas coinciden durante un rato antes de continuar en direcciones distintas.

Claire se deja caer en uno de los sillones como si llevara décadas haciéndolo.

Probablemente sea así.

Habla mucho más que Lucien, aunque eso tampoco requiere un esfuerzo extraordinario. Cuenta historias incompletas sobre ciudades donde ha vivido, lugares que detesta y personas que conoció sin especificar nunca cuándo ocurrió nada si puede evitarlo.

Después de escucharla mencionar tres países sin una sola fecha, termino preguntándole cuántos años tiene.

—Veintiocho.

La miro.

Mantiene la expresión perfectamente seria.

—Claro.

—Gracias por respetar mi privacidad.

—Podrías haber dicho treinta.

—Eso habría sido excesivo.

No consigo sacarle nada mejor.

Con mi pasado es diferente. Si le cuento algo, escucha, pero no insiste. Nunca me dice que los recuerdos volverán ni que todo terminará apareciendo si espero suficiente. Tampoco intenta rellenar los huecos con teorías.

Eso empieza a gustarme.

Lucien ocupa un espacio distinto. No intenta convertirse en mi amigo y yo tampoco espero que lo haga.

Entrena conmigo, responde algunas preguntas y rechaza otras cuando considera que no tiene una respuesta fiable.

Cuando algo sale mal comprueba primero que sigo entera, identifica el error y me obliga a repetir.

Hay cierta tranquilidad en saber qué esperar de alguien.

También reconozco sus pequeños gestos. Hace girar un bolígrafo entre los dedos cuando piensa y deja de hacerlo cuando algo lo irrita. Si un resultado entra dentro de lo esperado, toma notas. Cuando algo lo sorprende, mira primero.

Y cuando algo le preocupa de verdad, deja de escribir.

Lo descubro durante uno de los ejercicios con mi nueva percepción.