Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) SIETE
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SIETE

Durante las noches siguientes, el refugio empieza a dejar de parecerme un laberinto.

No conozco todos los corredores y sigo encontrando puertas que no reaccionan cuando acerco la mano al panel, pero ya puedo llegar desde mi habitación hasta las zonas comunes, la biblioteca o la sala de entrenamiento sin detenerme en cada bifurcación.

También he aprendido a distinguir las galerías que permanecen prácticamente vacías de aquellas por las que empiezan a circular humanos poco después del anochecer y, cuanto mejor conozco el lugar, más evidente resulta que hay muchos menos vampiros de los que su tamaño permite imaginar.

Veo casi siempre las mismas caras. Alguno desaparece durante varias noches y vuelve con ropa distinta, un maletín o bolsas de tiendas; otros apenas abandonan determinadas zonas.

Los humanos, en cambio, sostienen gran parte del movimiento cotidiano: transportan documentos, limpian, trabajan en salas que todavía no conozco y se cruzan conmigo con una normalidad que sigo encontrando ligeramente absurda.

Aquí abajo tampoco hay amaneceres ni atardeceres que me permitan medir el tiempo.

La roca convierte el exterior en una posibilidad teórica y mi cuerpo solo parece reconocer dos estados: despierta o completamente apagada.

Así que he terminado utilizando el propio refugio como reloj.

Primero despiertan la ventilación y las tuberías; después llegan las puertas, los pasos y los corazones humanos moviéndose por las galerías.

Más tarde aparecen los pocos vampiros que han pasado la noche fuera y el lugar vuelve a vaciarse lentamente cuando se aproxima el día.

También he empezado a desordenar mi habitación. La chaqueta que cogí del armario ya no vuelve siempre a su sitio, tengo varios libros de la biblioteca apilados junto a la cama y la cartera de Víctor permanece sobre el escritorio desde que regresamos del asentamiento de caravanas.

La cartera la he abierto muchas veces.

Dentro hay documentos, dinero, tarjetas y suficientes cosas para confirmar que al menos una parte de lo que me dijo era cierta: se llamaba Víctor.

Eso es todo lo que puedo demostrar. Ningún papel explica por qué reconoció mi cara, por qué conocía mi forma de pelear o por qué utilizó sus últimas respiraciones para asegurar que éramos hermanos.

Tampoco explica por qué su sangre me resultó familiar cuando la bebí.

A veces saco la cartera, reviso lo mismo y vuelvo a dejarla donde estaba. Los recuerdos no aparecen por insistencia.

Lucien tampoco vuelve a mencionar al neófito durante las primeras noches.

Cuando le pregunto qué ocurrió con aquella sangre extraña que percibí dentro de él, se limita a decir que el Círculo está revisándolo y que todavía no tienen una respuesta que pueda darme.

No parece estar ocultándome una revelación espectacular; no sabe suficiente o no piensa especular conmigo delante.

Por ahora puedo aceptar ambas cosas.

Lo que sí cambia es el entrenamiento.

Lucien aparece cada noche prácticamente a la misma hora y deja de tratarme como si todavía estuviera comprobando qué partes de mi cuerpo funcionan.

Ya sabe que soy fuerte, rápida y que tengo movimientos aprendidos que mi memoria no puede explicar.

Ahora intenta convertir todo eso en algo que pueda controlar incluso cuando el resto de la situación deja de ser cómoda.

La diferencia parece pequeña.

No lo es.

—Otra vez.

Lanzo el golpe.

Lucien lo bloquea, desvía mi brazo y me obliga a corregir el apoyo antes de dejarme recuperar la posición. Repito el mismo movimiento y vuelve a detenerme prácticamente en el mismo punto.

A la tercera vez sospecho que lo hace por diversión.

—Ha sido igual.

—Precisamente.

Lo miro.

—Quizá el problema sea tu incapacidad para apreciar la excelencia.

—Otra vez.

Eso probablemente significa que no.

La sala de entrenamiento ya no resulta tan ajena como durante mis primeros días.

Reconozco el olor mineral de la piedra mezclado con cuero y metal, la zona del suelo que resbala y la diferencia del eco cerca de una de las paredes antiguas.

Incluso permanece una marca de mis primeras sesiones en una columna, aunque alguien ha reparado parte del borde.

No me han explicado cuánto cuesta arreglar una instalación subterránea cuando una neófita decide utilizar la arquitectura para aprender a frenar.

Prefiero no preguntar.

Lo que más me irrita es descubrir que ser más fuerte sirve de bastante poco cuando la persona que tienes delante sabe exactamente qué vas a hacer con esa fuerza.

Al principio compensaba cualquier error acelerando o golpeando más.

Lucien esperaba precisamente eso. Ahora me obliga a frenar, desplazar el peso, buscar ángulos y aprovechar movimientos ajenos en lugar de convertir cada ejercicio en una competición sobre quién puede atravesar primero una pared.

Funciona.

Lo odio un poco por eso.

También insiste mucho más con el control desde lo ocurrido con Víctor. No menciona su nombre cada vez ni necesita hacerlo. Basta con que aparezca un humano en una de las salas preparadas para que yo recuerde el corazón golpeándome directamente contra la boca mientras bebía.

Las pruebas ya no consisten en sentarme delante de un donante y demostrar que puedo permanecer quieta.

Lucien introduce conversación, movimiento y distracciones.

A veces hay dos humanos. Otras uno camina alrededor de la habitación mientras otro tiene una herida pequeña en el brazo.

Me obliga a responder preguntas, reconocer sonidos o realizar movimientos sencillos mientras la sangre permanece dentro de mi alcance.

La primera vez que intenta hacerlo después de la salida, abandono la habitación antes de terminar.

No porque ataque a nadie.

Porque sé que si permanezco allí mucho más voy a hacerlo.

Lucien no me impide salir ni convierte aquello en un fracaso dramático. Espera en el corredor hasta que los colmillos se retraen y después me hace volver.

La siguiente vez aguanto más.

Poco a poco aprendo a conservar el resto del mundo alrededor del olor.

Busco la ventilación, la voz de Lucien, el roce de una manga, un ruido detrás de una pared.

Cualquier cosa que impida que un corazón ocupe todo el espacio dentro de mi cabeza.

Algunas noches funciona mejor que otras.

Una vez parto el borde de una silla entre los dedos intentando no levantarme; otra tengo que salir de la sala con tanta rapidez que casi arranco la puerta.

Pero no vuelvo a morder a nadie. Lucien nunca me dice que lo hago bien; simplemente hace más difícil la siguiente prueba. Asumo que esa es su versión de un cumplido.

Claire aparece durante los entrenamientos sin que nadie la invite.

La primera vez la encuentro apoyada contra una columna mientras Lucien intenta enseñarme a salir de una inmovilización sin utilizar únicamente fuerza.

Hace varios días que solo la veía de pasada.

Lleva pantalones negros, una camiseta oscura de manga larga remangada hasta los codos y el cabello completamente suelto, cayéndole por la espalda en una línea negra que se mueve cada vez que cambia de postura.

No tiene la inmovilidad de Lucien. Juega con una goma alrededor de la muñeca, desplaza el peso de una pierna a otra y se aparta de vez en cuando un mechón que vuelve al mismo sitio.

A primera vista sigue sin haber nada en su constitución estrecha que explique cómo consiguió detenerme con una sola mano en una gasolinera.

Ya he aprendido que intentar calcular la fuerza de un vampiro por su aspecto es una buena forma de acabar contra el suelo.

Lucien vuelve a inmovilizarme y me ordena salir sin utilizar fuerza. Consigo ignorar a Claire durante aproximadamente dos minutos antes de que decida intervenir y sugiera que dejarme romperle un brazo a alguien de vez en cuando quizá mejoraría mi motivación.

Lucien ni siquiera se gira.

—No.

Claire sonríe.

—Qué aburrido.

—Puedes irte.

—También puedo quedarme.

Él la ignora a partir de ahí.

Yo entiendo por qué me cae bien.

Desde esa noche aparece cuando le apetece. A veces observa desde uno de los laterales mientras Lucien me obliga a repetir el mismo movimiento hasta que empiezo a odiar mis propias extremidades. Otras termina dentro del ejercicio casi sin pedir permiso.

No enseña como él.

En realidad, no estoy segura de que Claire considere que está enseñando.

Lucien corrige dónde coloco los pies, desmonta un movimiento y espera que comprenda por qué funciona antes de dejarme continuar.

Claire intenta engañarme. Me habla mientras ataca, finge movimientos, utiliza cosas que no forman parte del ejercicio y cambia de ritmo justo cuando cree que empiezo a sentirme cómoda.

La primera vez que me golpea con una toalla mojada mientras intento bloquearle una patada me quedo mirándola demasiado tiempo.

La segunda patada sí me alcanza.

—Eso es jugar sucio.

—Eso es seguir de pie.

—Lucien dice que tengo que mejorar la técnica.

—Lucien lleva demasiado tiempo vivo.

Desde el otro extremo de la sala llega su voz.

—Te oigo.

Claire ni siquiera mira hacia él.

—Lo sé.

En movimiento resulta todavía más difícil relacionar su cuerpo estrecho con la fuerza que posee.

No pelea como Lucien y tampoco intenta competir directamente conmigo.

Utiliza las piernas, el impulso y un centro de gravedad que parece desplazarse justo cuando creo haberlo calculado.

Me obliga a prestar atención a dónde apoya un pie, cómo carga una cadera y qué hacen sus hombros cuando quiere convencerme de que va a moverse hacia un lado.

El pelo acaba molestándole y termina recogiéndoselo con la goma que llevaba alrededor de la muñeca.

Cuando vuelve hacia mí la observo demasiado.

—Si sigues mirándome las piernas, voy a asumir que estás aprendiendo algo.

Consigo bloquear la patada por muy poco.

—Intento averiguar cómo me has tirado.

—Mucho menos interesante.

Ataca otra vez.

Aprendo.

A veces demasiado deprisa para saber de dónde sale.