Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) SEIS #3
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SEIS #3

Lucien avanza hasta quedar entre él y el cadáver y le ordena que se detenga.

El vampiro niega con la cabeza, atrapado entre lo que escucha y lo que su cuerpo le exige, y durante un instante creo que quizá consiga hacerlo.

Lo veo luchar de una forma demasiado parecida a la que acabo de perder yo: los dedos clavándose en las palmas, la mandíbula cerrada, el cuerpo queriendo avanzar mientras los pies permanecen quietos.

Yo también sabía que tenía que parar.

Miro la sangre seca en el dorso de mi mano.

No me sirve de demasiado.

El vampiro vuelve a moverse.

Lucien lo intercepta antes de que alcance a Víctor. Lo golpea contra el lateral de una caravana y lo mantiene allí con una mano cerrada alrededor del cuello mientras el joven forcejea sin apartar los ojos del cadáver. Todavía le da un último instante para detenerse.

—Para.

Lucien termina con él.

El cuerpo cae sobre la grava y, casi al mismo tiempo, la presión detrás de mis ojos regresa.

Esta vez la reconozco.

No llega con la misma violencia que cuando estaba bebiendo de Víctor, pero algo sigue abierto dentro de mí y responde antes de que pueda decidir si quiero utilizarlo.

La sangre del vampiro aparece bajo su piel de una manera que no sabría explicar si alguien me obligara a hacerlo: no exactamente como una imagen, sino como una red que puedo localizar incluso sin verla de verdad.

Y hay algo mal.

Me acerco un poco más.

No debería saber cómo tendría que sentirse la sangre de un vampiro.

Hasta hace unos minutos ni siquiera sabía que podía percibirla de esta manera.

Aun así, después de haber tenido la de Víctor dentro de la boca, la diferencia resulta inmediata.

La suya era cálida, viva, empujada por cada latido hasta que el corazón dejó de moverse.

Esta permanece inmóvil dentro del cadáver, pero además contiene algo que no parece pertenecerle, una presencia mezclada con ella y extendida por las venas como una segunda capa.

—Lucien.

Está agachado junto al cuerpo y levanta la vista cuando le digo que hay algo extraño en su sangre. No consigo explicarle mucho más. No es un color, tampoco una sustancia que pueda señalar con el dedo. Solo sé que está ahí y que la sangre de Víctor no tenía nada parecido.

Lucien deja de moverse.

Es apenas una pausa, pero la veo.

Después vuelve a mirar al neófito y lo registra de otra manera, revisando la ropa, los bolsillos y las manos con una atención que no tenía unos segundos antes.

—¿Puedes distinguirlo? —pregunta.

—Ahora sí.

—¿Y sabes qué es?

Niego.

—Solo sé que no debería estar ahí.

Lucien me observa durante un momento y después vuelve al cadáver. No dice que esté equivocada. Tampoco parece sorprendido por completo, y eso me llama bastante más la atención que cualquier respuesta.

—¿Tú sabes qué es?

—Lo hablaremos en el refugio.

No es un sí, pero tampoco un no.

Hace apenas unos días habría insistido. Ahora tengo el cadáver de un hombre que acaba de decirme que es mi hermano a pocos metros y su sangre todavía en la boca, así que guardo la pregunta para después.

La percepción empieza a apagarse mientras Lucien termina de revisar al neófito. Cuanto más intento mantenerla, más difícil resulta distinguir aquella alteración hasta que finalmente solo veo un cuerpo inmóvil sobre la grava.

Me inquieta casi tanto perderla como haberla sentido.

Cuando vuelvo hacia Víctor, la escena recupera todo su peso.

La braga negra con la calavera blanca ha quedado tirada cerca de la mesa rota y él permanece apoyado contra la chapa, con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado.

Lucien se acerca, registra el equipo y reúne la ballesta, los dispositivos de luz ultravioleta, varias armas y algunas piezas cuyo uso no reconozco.

Finalmente encuentra una cartera, la revisa y me la entrega.

La guardo dentro de la chaqueta sin mirarla todavía.

—¿Lo conocías?

—Nunca lo había visto.

Levanto los ojos hacia Lucien. La nueva percepción ha desaparecido casi por completo, pero no necesito nada sobrenatural para notar cómo protege el costado herido o la tensión que todavía conserva alrededor de los ojos por la radiación ultravioleta.

Nada de eso me permite saber con certeza si dice la verdad.

—Ha dicho que era mi hermano.

—Lo he oído.

Miro otra vez a Víctor. Podría haber mentido. Podría conocerme por cualquier otra razón y haber utilizado lo primero que se le ocurrió cuando entendió que estaba muriendo. Ni siquiera esa familiaridad que he sentido al beber su sangre demuestra nada mientras no sepa exactamente qué significa.

Pero mi cuerpo conocía su forma de pelear.

Su cara me resultó familiar antes de saber su nombre.

Y su sangre ha hecho algo dentro de mí que ninguna otra había conseguido.

No basta para creerle.

Sí basta para que no pueda descartarlo.

Lucien se incorpora con cierta dificultad y me dice que tenemos que marcharnos antes de que alguien venga a investigar el ruido. Asiento y lo sigo, aunque a mitad del camino me detengo junto a la braga negra que Víctor perdió durante la pelea. La calavera blanca está torcida sobre la grava.

La recojo.

No sé por qué.

La guardo junto a la cartera y continúo hasta el coche.

Lucien intenta dirigirse hacia el asiento del conductor, pero basta con mirar la quemadura que le cruza parte de la cara y la mancha oscura alrededor del costado para decidir que no pienso permitirlo.

—Dame las llaves.

—Puedo conducir.

—También podías pelear y mira cómo ha terminado eso.

Me dirige una mirada seca, pero termina entregándomelas.

Cuando me siento al volante, mis manos vuelven a demostrarme que saben cosas que yo no recuerdo haber aprendido.

Ajusto el asiento, encuentro los controles y saco el coche del terreno irregular sin pensar demasiado en cada movimiento.

Hace unos días descubrir otra habilidad enterrada dentro de mi cuerpo habría resultado casi divertido.

Esta noche solo me recuerda cómo anticipaba los movimientos de Víctor antes de que él los terminara.

Las caravanas desaparecen detrás de nosotros y durante varios minutos ninguno habla. La cartera pesa contra mi costado, todavía tengo el sabor de la sangre en la boca y la prueba de campo que debía demostrar que podía controlarme ha terminado con un humano muerto entre mis dientes.

Había logrado mantenerme frente a un donante dentro del refugio. Esta noche, fuera de una habitación preparada para que nada saliera mal, no he conseguido hacer lo mismo.

Y aun así, algo ha cambiado.

Ahora sé que mi cuerpo puede reconocer a personas que mi memoria ha borrado. Sé que beber la sangre de Víctor ha despertado una percepción que antes apenas conseguía rozar y que, gracias a ella, he encontrado algo extraño dentro del neófito.

Miro un instante a Lucien.

Él también lo ha entendido.

—Lo de la sangre —digo—. Cuando te lo he dicho, has sabido que importaba.

Lucien permanece unos segundos mirando la carretera.

—Sí.

—¿Pero no vas a decirme por qué?

—No hasta que sepamos qué has percibido exactamente.

La respuesta no me gusta, pero tampoco tengo todavía motivos para convertirla en una mentira. Él tampoco sabe qué me ocurre y, si algo he aprendido desde que llegué al refugio, es que yo misma no consigo explicarlo la mitad del tiempo.

Vuelvo la vista al frente.

Hace unas noches mi problema era no saber quién era. Ahora sospecho que recuperar mi pasado no va a limitarse a recordar un nombre.