SEIS #2
La chapa se hunde con un estruendo. Lucien cae sobre una rodilla. El cazador ya se ha apartado. Entrar, dañar y salir antes de la respuesta. Conozco esa secuencia. La certeza resulta tan absurda que durante un momento olvido incluso al vampiro joven que sigue detrás de nosotros.
El hombre vuelve la cabeza hacia mí. Voy hacia él.
Mi primer ataque fracasa. El cazador lo ve venir, gira hacia dentro y atrapa mi muñeca, utilizando mi propia velocidad para enviarme contra el lateral de otra caravana.
El hombro golpea la chapa y noto una hoja rozándome el costado antes de conseguir separarme. Miro el corte superficial.
—Sigues entrando igual.
La frase me golpea bastante más que el cuchillo.
—¿Igual que cuándo?
No responde.
Ataca.
Ahora comprendo por qué Lucien ha tenido problemas.
El hombre pelea exactamente contra aquello que nos hace peligrosos.
Reduce espacios, introduce obstáculos, rompe el ritmo y aprovecha nuestras reacciones para colocarnos donde le interesa.
No intenta ganar una competición de fuerza o velocidad.
Convierte ambas cosas en defectos si las utilizamos sin pensar.
Una mano viene hacia mi cuello y la bloqueo.
Era una distracción.
Un cable se cierra alrededor de mi muñeca y tira de mí hacia delante.
Pierdo el equilibrio, pero mi cuerpo corrige antes de que mi cabeza encuentre una solución.
Giro la muñeca en el ángulo correcto, libero la tensión, coloco un pie por fuera del suyo y bloqueo su cadera antes de que complete el movimiento.
Los dos nos detenemos.
Yo no sé cómo sabía hacerlo.
Él sí.
El escalofrío que me recorre no tiene nada que ver con el frío.
Utilizo la fuerza para liberarme y lo lanzo contra una mesa plegable. La estructura cede bajo su peso entre herramientas y botellas, pero rueda con la caída, utiliza una rodilla para impulsarse y vuelve a estar de pie cuando llego hasta él.
Esta vez consigo entrar antes.
Golpeo la muñeca armada, bloqueo el cuchillo y alcanzo su cuello con la otra mano. Él gira para escapar y mis dedos se enganchan en la tela que le cubre el rostro.
Se oye un desgarro.
El cazador retrocede, termina de arrancarse la braga negra y la deja caer sobre la grava.
Verle la cara entera empeora todo.
Tiene la mandíbula ancha cubierta por una barba muy corta, los pómulos altos y una cicatriz fina cruzándole una mejilla. Otra pequeña marca se pierde cerca de la ceja. La boca está entreabierta por el esfuerzo y un hilo de sangre baja desde el labio.
Él capta mi reacción.
—Mierda.
A partir de ahí la pelea cambia. Cada uno de sus movimientos despierta en mi cuerpo una respuesta demasiado precisa para pertenecer únicamente a los entrenamientos con Lucien: sé cuándo la mano izquierda es una distracción, anticipo el cambio de peso antes de que avance y levanto el brazo para interceptar golpes que todavía no han terminado de empezar.
No estoy aprendiendo cómo pelea. Lo estoy reconociendo, y por la forma en que me mira sé que él también se ha dado cuenta.
Intento atraparlo, pero esquiva mi mano y me golpea en la mandíbula.
El cuchillo viene después y mi brazo ya está interponiéndose antes de que tenga tiempo de pensarlo.
Terminamos demasiado cerca, respiración contra respiración, aunque solo una de las dos importa.
Escucho su corazón acelerado, el reajuste de sus botas sobre la grava y el pequeño crujido del cuero bajo sus dedos. Huelo metal, polvo, sudor y sangre.
Sangre.
El hilo que le baja desde el labio ha llegado hasta la mandíbula.
Mi sed reacciona.
Aparto la atención de él durante un segundo, lo suficiente para odiar que mi cuerpo haya decidido introducir aquello en mitad de una pelea.
Lucien se incorpora detrás de nosotros y el cazador lo detecta al instante.
Su atención cambia y una mano busca la ballesta.
Sé lo que pretende hacer. Lucien está herido, todavía recuperándose de la radiación ultravioleta, y este hombre ha venido equipado específicamente para matarnos. Ya lo ha apuñalado una vez.
Entro dentro de su guardia antes de que consiga levantar el arma.
Desvío la ballesta, bloqueo su muñeca y golpeo el brazo con el que intenta alcanzar el cuchillo. Él gira para liberarse y respondo siguiendo un movimiento que mi cuerpo parece conocer mejor que yo. Lo empujo contra la chapa de la caravana y le inmovilizo un brazo.
Podría apartarlo.
Podría derribarlo. Durante un segundo creo que voy a hacerlo. Entonces vuelve la cara hacia mí. El corazón golpea. La sangre de su labio está demasiado cerca. Y algo se rompe.
No pienso en el donante del refugio. No pienso en los dos pasos que conseguí dar hacia atrás mientras Lucien me observaba. Ni siquiera pienso en que hace apenas unos segundos estaba completamente segura de poder controlarme.
Solo huelo sangre. Mi boca encuentra su cuello antes de que entienda que me he movido.
Los colmillos atraviesan la piel. El cazador se sacude entre mis manos. El primer trago me golpea con tanta violencia que todo lo demás desaparece.
Calor.
Hierro.
Vida.
Su corazón empujando directamente contra mi boca.
Aprieta una mano contra mi hombro e intenta arrancarme de encima, pero soy más fuerte.
Lo sujeto contra la caravana mientras vuelvo a beber y el alivio que me atraviesa resulta tan brutal como aquella primera noche en el merendero.
No tenía hambre. Eso no importa. Ahora sí.
—No…
Su voz apenas atraviesa el ruido de su corazón.
No paro.
El latido se acelera todavía más. La sangre llega caliente, cargada de algo que no sé identificar y que vuelve cada trago más intenso que el anterior. Mis dedos se cierran sobre su chaqueta mientras él intenta empujarme.
Entonces ocurre.
Algo explota detrás de mis ojos. No es dolor exactamente. Es una presión profunda que atraviesa la cabeza y se extiende por el pecho al mismo tiempo que su sangre baja por mi garganta.
De repente no solo la saboreo. La percibo.
Dentro de él. Puedo sentir cómo atraviesa arterias, cómo se reparte bajo la piel, cómo cada contracción del corazón la empuja hacia mí.
Aparece ante mi percepción como una red viva extendida por todo su cuerpo y, por un instante, el resto del mundo desaparece detrás de ella.
Pero hay algo más.
Una familiaridad. Tan inmediata que me obliga a separarme. Retrocedo con sangre en la boca. El cazador queda apoyado contra la chapa. Una mano busca su cuello, pero no consigue detener lo que sale entre sus dedos. Su corazón continúa funcionando, aunque el ritmo falla.
Lo miro.
La percepción sigue abierta. Puedo sentir su sangre dentro de él. Y algo en ella me resulta conocido. No sé por qué. No sé qué significa. Solo sé que mi cuerpo reacciona como reaccionó al reconocer su forma de pelear, su cara, sus ojos.
—¿Quién coño eres?
Víctor intenta respirar. Sus ojos encuentran los míos.
—Víctor…
El nombre provoca otra sacudida extraña dentro de mí.
Las piernas le fallan y consigo sujetarlo antes de que llegue al suelo. Terminamos junto a la caravana, él apoyado contra la chapa y yo arrodillada delante, todavía con el sabor de su sangre llenándome la boca.
—Eres mi… hermana.
Sus dedos se cierran débilmente alrededor de mi muñeca.
El cuerpo se me bloquea.
—¿Por qué iba a creerte?
Una sombra extraña cruza su expresión. Su corazón pierde otro golpe.
—Ya veo.
Quizá intenta sonreír. Quizá solo le cuesta respirar.
El corazón vuelve a fallar.
La sangre que todavía percibo dentro de él pierde fuerza con cada latido.
Esa familiaridad continúa ahí, pegándoseme al cuerpo desde dentro, pero no sé interpretarla.
Podría significar cualquier cosa. Podría no significar nada.
Acabo de beber su sangre y hace unos minutos ya estaba convencida de conocerlo sin saber de dónde.
También podría estar utilizando eso.
Podría haberme reconocido por otro motivo.
Podría estar mintiendo porque sabe que se muere.
Sus ojos empiezan a perder el enfoque.
—Espera.
Su corazón solo tiene un latido. Después otro, mucho más débil.
Y se detiene. Permanezco arrodillada frente a él.
La sangre que percibo bajo su piel se apaga.
No desaparece de golpe. El movimiento cesa primero en unas zonas, después en otras, hasta que todo queda inmóvil dentro de un cuerpo que hace unos segundos estaba luchando conmigo.
Me limpio la boca con el dorso de la mano y veo sangre.
Su sangre.
La he bebido hasta matarlo. Esta vez no puedo decir que ocurrió demasiado deprisa para saber qué estaba haciendo. Perdí el control, pero hubo segundos en los que podría haber parado. No lo hice. Miro otra vez su cara.
—Tenemos que irnos.
—Sí.
Un roce sobre la grava me obliga a apartar la vista de Lucien.
El vampiro joven sigue allí, refugiado junto a una de las caravanas durante toda la pelea, demasiado asustado para acercarse y demasiado hambriento para marcharse.
Ahora ya no nos mira a nosotros, sino al cuerpo de Víctor y, más concretamente, a la sangre que continúa oscureciendo su ropa y extendiéndose sobre la tierra.
Tiene los colmillos completamente fuera y toda aquella tensión desordenada con la que apareció parece haberse reducido a una única necesidad.
Da un paso y Lucien se gira hacia él.
—Quieto.
El neófito obedece, aunque apenas logra sostenerlo.
Aprieta las manos a ambos lados del cuerpo, aparta la cara y consigue incluso retroceder medio paso, como si todavía quedara suficiente de él para entender lo que está haciendo.
Entonces vuelve a entrarle el olor de la sangre.
Su garganta trabaja, los hombros se inclinan hacia delante y sus ojos regresan a Víctor.
—Tengo hambre.
No suena a excusa. Lo entiendo demasiado bien.