SEIS
Lucien no me dice adónde vamos hasta que dejamos atrás las últimas zonas iluminadas de París.
El coche avanza por carreteras cada vez más vacías mientras los edificios se convierten primero en polígonos industriales, después en naves aisladas y finalmente en extensiones de terreno donde los faros apenas arrancan unos metros a la oscuridad. No hay música.
Lucien conduce con las dos manos sobre el volante y la misma concentración con la que hace casi todo, mientras yo observo el paisaje y escucho una cantidad absurda de cosas que hace una semana ni siquiera habría sabido que estaban ahí: el cambio del asfalto bajo las ruedas, otro vehículo circulando por una carretera paralela, el roce del aire contra la carrocería y algo pequeño moviéndose dentro del maletero cada vez que tomamos una curva.
—Es una prueba de campo —dice al fin.
Aparto la mirada de la ventanilla.
Eso explica bastante.
Lucien me cuenta que están buscando a un vampiro joven, transformado hace pocos meses y sin un creador que haya respondido por él. Cuatro humanos han muerto durante las últimas semanas y existen indicios de más ataques. Se mueve constantemente, se alimenta mal y deja demasiados rastros.
—¿Otro como yo?
—No.
La respuesta llega demasiado deprisa.
—Gracias.
—Tiene creador. No sabemos dónde está, pero la transformación fue reciente y convencional.
Ah.
Otra pequeña diferencia que parece colocarme fuera de cualquier categoría incluso cuando aparece alguien con un problema parecido.
—¿Qué hacemos cuando lo encontremos?
—Comprobar si todavía puede ser contenido. Si puede, vuelve con nosotros. Si no, lo eliminamos.
Lo dice con la misma naturalidad con la que podría explicarme qué salida tomar en una autopista.
No debería sorprenderme.
He matado a cuatro personas sin saber siquiera qué estaba haciendo y hace apenas unas noches descubrí que un corte en un brazo puede conseguir que toda una habitación desaparezca alrededor de un corazón. Entiendo por qué el Círculo no considera la creación de vampiros una decisión privada.
—¿Y yo?
—Observas. Sigues mis indicaciones. Si tienes que intervenir, intervienes.
—Muy concreto.
—Fuera del refugio no puedo darte una lista de lo que va a ocurrir.
Eso también tiene sentido.
La carretera asfaltada termina dando paso a una pista de tierra compactada.
Las primeras caravanas aparecen dispersas a ambos lados, algunas torcidas sobre bloques de hormigón y otras rodeadas de toldos, bidones, bicicletas y muebles que llevan demasiado tiempo expuestos a la intemperie.
No parece un camping de verdad. No hay recepción, parcelas delimitadas ni iluminación suficiente para fingir que aquello está pensado para turistas.
Más bien un sitio donde alguien puede quedarse durante semanas sin que a nadie le interese demasiado quién es.
Lucien aparca lejos de las primeras caravanas y apaga el motor. La oscuridad recupera el parabrisas.
Escucho.
Hay un generador funcionando a distancia, el golpeteo irregular de una pieza metálica movida por el viento y una televisión encendida dentro de alguna caravana. Más lejos aparece algo distinto.
Un corazón. Me concentro. Late con calma. Demasiada, quizá, para alguien que vive en un lugar como este a estas horas.
—Hay un humano.
Lucien todavía tiene una mano sobre el volante.
—¿Dónde?
Señalo hacia el extremo más oscuro del terreno.
—Por allí.
—¿Solo uno?
Amplío la atención. No es exactamente escuchar.
El vampiro no tiene un corazón al que seguir, pero desde que llevo varios días rodeada de los nuestros reconozco otras ausencias.
Una figura moviéndose entre dos caravanas sin respiración.
Un roce de ropa demasiado leve. Pasos que aparecen y desaparecen sin el ruido torpe de un cuerpo humano.
—El vampiro también está aquí.
Lucien abre la puerta.
—Vamos.
El aire exterior huele a tierra, combustible y metal húmedo.
Caminamos entre las caravanas sin necesidad de linternas y agradezco que la oscuridad haya dejado de significar prácticamente nada.
Distingo piedras, desniveles, malas hierbas y objetos abandonados a varios metros con una claridad que todavía me resulta nueva.
Lucien avanza delante, pero no tanto como para perderme.
Nos detenemos frente a una caravana apartada de las demás. Una manta cubre una de las ventanas desde dentro y alguien ha colocado una cadena rota sobre la puerta para que parezca cerrada.
El olor a sangre vieja llega incluso antes de entrar.
Dentro hay un colchón hundido, ropa sucia, gasas manchadas y envases de comida humana que apenas han sido tocados.
Una pequeña mesa está cubierta de botellas, herramientas y restos de material sanitario.
Todo indica que alguien lleva tiempo intentando mantenerse con vida de una manera bastante poco organizada.
Pero hay otro olor.
Humano.
No concentrado en un único lugar, sino repetido alrededor de la ventana, junto a la entrada y en una esquina desde la que se ve gran parte del terreno exterior.
Me agacho junto a una marca en el suelo.
—El humano ha estado aquí más veces.
Lucien observa la habitación.
—¿Seguro?
—Su olor está en varios sitios, pero no entre las cosas del vampiro. Parece que entra, mira y se va.
Alguien golpea metal en el exterior. Levanto la cabeza.
Dos movimientos.
Uno rápido. Otro mucho más regular. El corazón se acerca.
—Vienen.
Lucien sale primero.
Lo sigo.
El vampiro aparece entre dos caravanas antes que el humano. Es joven y está demasiado delgado incluso para alguien muerto. Lleva el cabello pegado a la frente, sangre reseca alrededor de las uñas y los colmillos parcialmente fuera. Al verme se queda inmóvil.
El miedo le dura poco.
Después mira a Lucien.
—No quería hacerlo.
Lucien no se acerca.
—¿Las muertes?
El joven baja los ojos.
—Tenía hambre.
No dice que no las haya causado.
El corazón humano se acerca por detrás.
Puedo contar cada paso sobre la grava y notar las pequeñas variaciones de su respiración. El ritmo permanece estable hasta que su propietario aparece al final del pasillo formado por las caravanas y nos ve.
Entonces pierde un golpe.
El hombre lleva el rostro cubierto desde casi el puente de la nariz hasta el cuello por una braga negra sobre la que destaca una calavera blanca.
Una ballesta compacta descansa contra uno de sus hombros y el resto del equipo está distribuido por su cuerpo con una precisión que hace imposible confundirlo con alguien que simplemente ha decidido pasearse armado por un descampado.
Viste oscuro, con una chaqueta gastada sobre una camiseta negra y pantalones pensados para moverse; las cicatrices de sus antebrazos y el desgaste de sus manos dicen bastante más que las armas.
Es alto y fuerte, aunque lo que termina llamándome la atención no es su tamaño.
Es la forma en que se coloca.
Rodillas ligeramente flexionadas, peso preparado para cambiar de dirección y hombros relajados mientras el resto del cuerpo parece listo para responder.
No adopta la postura de alguien que acaba de encontrarse con dos criaturas capaces de romperle el cuello antes de que termine de levantar la ballesta.
Lucien cambia de posición a mi lado.
—Cazador.
La palabra no significa nada especial hasta que lo miro.
—¿Qué?
—Humano. Entrenado para matarnos.
Ah.
Eso explica la tranquilidad.
El cazador no aparta los ojos de mí.
Su cabello castaño oscuro está desordenado hacia arriba, con algunos mechones cayéndole sobre la frente, y una pequeña pieza metálica cuelga de una oreja. Apenas registro esos detalles porque sus ojos encuentran los míos.
Son claros, verdes mezclados con un tono más cálido que la poca iluminación convierte casi en miel.
—Así que tenía razón —dice detrás de la calavera—. Ahora estás con ellos.
La frase me golpea con extrañeza. Lucien avanza medio paso.
—Baja el arma.
El hombre ni siquiera lo mira.
—¿Nos conocemos? —pregunto.
Sus cejas se acercan ligeramente.
—¿No me reconoces?
—No.
La sorpresa que aparece en sus ojos resulta demasiado auténtica para fingirla.
—Eso sí es nuevo.
—Sarah —dice Lucien.
Hay una advertencia en mi nombre.
No llego a responder. El cazador mueve una mano hacia el antebrazo contrario y Lucien reacciona al mismo tiempo.
Veo el pulgar preparándose para presionar algo.
—Lucien…
La luz ultravioleta estalla antes de que termine.
El fogonazo blanco azulado me obliga a apartar la cara y deja una quemadura inmediata detrás de los ojos. Lucien lo recibe mucho más cerca. Lo escucho retroceder mientras el cazador ya está moviéndose, aprovechando los pocos segundos que tarda nuestra visión en recuperarse.
La ballesta cae contra su costado, retenida por una correa, y el hombre entra dentro de la guardia de Lucien. El primer golpe es directo; Lucien lo bloquea y responde con suficiente fuerza para lanzarlo contra una de las caravanas.
El cazador no intenta resistir el impacto.
Gira con él, apoya un pie contra la chapa y utiliza el impulso para salir por otro ángulo antes de que Lucien consiga sujetarlo. Una hoja corta aparece en su mano izquierda y vuelve a desaparecer cuando Lucien intenta cerrar la distancia.
Aumenta la velocidad y durante un instante parece que por fin va a alcanzarlo.
Entonces veo al cazador cargar el peso sobre una pierna y algo dentro de mi cuerpo reconoce la secuencia antes de que consiga pensarla completa.
Va a cederle espacio por la derecha. Lucien intentará ocuparlo. Él está esperando precisamente eso.
—¡No lo sigas!
Lucien ya se ha comprometido con el movimiento.
El cazador pivota, baja el brazo y activa otra descarga ultravioleta a corta distancia.
Lucien consigue girar, pero el fogonazo alcanza parte de su cara y el brazo izquierdo.
Esa fracción de segundo basta para que el humano entre debajo de su defensa y hunda una hoja entre sus costillas antes de empujarlo contra el lateral de una caravana.