CINCO
El olor cambia antes de que llegue. Papel antiguo, cuero gastado y madera encerada sustituyen poco a poco el mineral frío de los corredores mientras sigo las indicaciones de Lucien hasta el distribuidor.
La segunda puerta a la derecha está exactamente donde dijo y, cuando acerco la mano, se abre sin obligarme a descubrir otra norma nueva.
Aprecio esas pequeñas victorias.
La biblioteca ocupa una caverna mucho mayor de lo que esperaba.
Las estanterías se adaptan a las irregularidades de la roca y ascienden varios niveles, algunas encajadas directamente en huecos excavados en la piedra y otras unidas por pasarelas estrechas y escaleras móviles.
Hay mesas de lectura, sillones repartidos entre columnas y vitrinas cerradas donde descansan libros y documentos cuyo aspecto deja bastante claro que no forman parte de mi recién estrenado permiso.
Me quedo unos segundos junto a la entrada. Esperaba una biblioteca. No esperaba algo construido como si alguien hubiera tenido siglos para seguir añadiéndole libros y ningún motivo para dejar de hacerlo.
Tampoco está vacía. Una vampira lee en uno de los niveles superiores y otro ocupa una mesa bastante lejos de mí, rodeado de varios volúmenes abiertos. Ambos levantan la vista cuando entro, me observan apenas un instante y vuelven a lo suyo.
Eso parece ser lo habitual aquí abajo.
Avanzo entre las estanterías intentando comprender la organización.
Pequeñas placas metálicas señalan historia, literatura, registros, antropología y religión.
Más allá hay corredores con paneles de acceso junto al marco y vitrinas cerradas que ni siquiera intento abrir.
Lucien ha conseguido que la norma de «si no se abre, no entres» se me quede grabada bastante deprisa.
Empiezo por historia. No porque tenga una estrategia especialmente brillante, sino porque despertar después de cinco años sin recordar quién eres convierte el concepto en algo bastante personal.
Hojeo libros sobre sociedades europeas, epidemias, conflictos religiosos y movimientos migratorios antes de descubrir que la mayoría podría estar en cualquier biblioteca humana.
Sigo avanzando hasta que los títulos empiezan a desviarse hacia algo que me interesa bastante más: cultos nocturnos, mitología funeraria, tradiciones de sangre y registros de desapariciones relacionadas con criaturas que, aparentemente, llevamos siglos fingiendo que no existen.
Cojo varios y me instalo en una mesa.
Durante el rato siguiente descubro que tener acceso a una biblioteca vampírica no significa encontrar un manual titulado Enhorabuena, estás muerta: instrucciones para tu primera semana .
La mayoría de los textos están escritos por humanos o por autores que parecen asumir que el lector ya sabe muchísimo más que yo.
Encuentro criaturas que regresan de la muerte, demonios que beben sangre, espíritus, enfermedades, maldiciones y castigos divinos.
Cada cultura parece haber encontrado una explicación distinta para algo parecido y cuanto más leo, menos claro resulta dónde acaba el mito y empieza lo que realmente existe.
Uno de los pocos principios que se repite con suficiente insistencia para parecer una norma y no otra superstición habla de umbrales: la mayoría de las criaturas sobrenaturales no puede atravesar físicamente un hogar ocupado ni una base protegida sin que alguien con derecho sobre el lugar le permita entrar.
La puerta puede estar abierta e incluso podrían romperla; el límite las rechaza igualmente.
El permiso no siempre necesita palabras, pero las excepciones capaces de ignorarlo son tan escasas que los propios registros discuten si existen de verdad.
Pienso en la resistencia que me detuvo al llegar y en Claire diciendo «Puedes entrar, Sarah». Al menos una cosa de aquellos libros coincide con algo que ya he sentido.
Cuando la vampira del nivel superior baja, intento aprovechar la oportunidad.
Le pregunto dónde encontrar información sobre transformaciones y ella se limita a indicarme los registros del segundo nivel.
Intento añadir algo sobre linajes, pero ya está alejándose antes de que termine de formular la pregunta.
—Gracias.
Levanta una mano sin volverse. Vale. Poco sociables.
En el segundo nivel encuentro a otro vampiro colocando libros. Este tarda todavía menos en despacharme: señala una estantería de registros antiguos y me advierte que muchos están incompletos. Cuando pregunto por qué, me contesta que porque son antiguos y continúa trabajando.
Lo sigo con la mirada.
Comprendo que el refugio no funciona como una comunidad en el sentido que había imaginado.
Nadie espera en las zonas comunes para compartir anécdotas de inmortalidad, nadie parece especialmente interesado en saber cómo acabé aquí y ser la nueva no me convierte automáticamente en parte de nada.
Los vampiros que encuentro tienen cosas que hacer, conversaciones propias y vidas que continúan sin necesitarme dentro.
Después de varios días siendo observada como una anomalía, casi lo agradezco.
Los registros de transformaciones sirven algo más.
Fechas, lugares, nombres de creadores, nombres de neófitos y pequeñas observaciones sobre su evolución.
Encuentro menciones a episodios violentos durante los primeros días, aislamiento, dificultades para controlar la alimentación y habilidades que tardaron meses o incluso años en aparecer.
Cinco años dentro de una tumba no figura en ninguna parte.
Tampoco «desconoce quién la convirtió».
Cierro el tercer volumen.
—Fantástico.
Cambio de sección.
Un libro mucho más antiguo termina llamándome la atención entre varios textos sobre mitología. La cubierta de cuero está gastada en los bordes y el título apenas puede leerse. Me lo llevo hasta una mesa y lo hojeo sin esperar demasiado.
Lilith aparece antes de llegar a la mitad.
Conozco el nombre. Otra de esas informaciones que existen dentro de mi cabeza sin que pueda recordar cuándo entraron allí. La primera mujer. La que se negó a obedecer. La que abandonó el Edén. Demonio, madre de monstruos, asesina, amante, castigo. Depende del relato.
El texto que tengo delante va más lejos y la relaciona directamente con el origen de los primeros bebedores de sangre.
—Ese libro tiene una imaginación considerable.
Levanto la cabeza.
Reconozco al hombre antes de saber cómo se llama.
Cabello castaño claro y ondulado rozándole la mandíbula, ojos miel y esa expresión demasiado medida que ya vi cuando estaba frente al Círculo.
Sin la ropa ceremonial parece menos distante, aunque conserva una elegancia que consigue resultar casi más intimidante vestida de manera normal.
—Estabas en el Círculo.
Asiente y, al comprender que evidentemente no sé nada más sobre él, se presenta como Alaric.
Guardo el nombre.
—Sarah.
—Lo sé.
Claro que lo sabe.
Su atención baja hacia el libro y le explico que estoy intentando averiguar de dónde vienen los vampiros, aunque de momento cada volumen parece empeñado en contradecir al anterior.
Alaric se sienta al otro lado de la mesa y hojea un par de páginas antes de indicarme que ese es precisamente el problema de buscar una respuesta definitiva en textos como aquel.
Según él, no puedo leer «Lilith fue la primera» y asumir que significa que alguien pueda demostrarlo.
Solo significa que alguien escribió que lo fue, probablemente a partir de otro relato todavía más antiguo y después de pasar por suficientes manos como para que separar historia, interpretación y necesidad religiosa resulte casi imposible.
—Entonces ¿no fue Lilith?
—No he dicho eso.
Lo miro.
Alaric parece perfectamente cómodo viviendo dentro de contradicciones.
Me explica que nadie sabe quién fue el primer vampiro, si realmente existió uno o si aquello que hoy llaman vampiro tuvo un único origen.
Hay registros, tradiciones, historias repetidas durante siglos y teorías que determinadas familias aceptan como ciertas, pero no una respuesta capaz de imponerse sobre todas las demás.
Eso resulta bastante menos satisfactorio de lo que esperaba.
—Entonces ¿para qué conservarlo?
Alaric vuelve la mirada hacia la página abierta.
Porque un mito, explica, puede ser importante aunque no sea literalmente cierto.
Lilith sobrevivió dentro de muchas tradiciones vampíricas porque representa cosas que distintas épocas han querido conservar: ruptura, sangre, desobediencia, rechazo de una autoridad, elección.
Algunos la consideran origen, otros símbolo y otros simplemente una apropiación posterior de una figura humana mucho más antigua.
La palabra elección permanece un poco más que las demás.
—¿Y qué cree el Círculo?
Alaric deja escapar algo parecido a una risa.
El Círculo, por lo visto, tiene suficientes problemas sin añadir una religión oficial. Tampoco existe una postura única sobre el origen, y que seis vampiros se sienten delante de mí vestidos de negro no significa que compartan una explicación metafísica sobre nuestra existencia.
Sospecho que había atribuido demasiadas respuestas a gente que simplemente posee más información que yo.
—Pensaba que vosotros sabríais estas cosas.
—Sabemos muchas.
—Pero no esa.
—No.
Lo dice sin incomodidad. Eso me sorprende más que la respuesta.
Alaric tampoco parece considerar que la ignorancia sea un fracaso.
Me explica que vivir mucho tiempo permite acumular registros, comparar versiones y descubrir cuándo una historia deja de sostenerse, pero no convierte automáticamente lo desconocido en conocido.
De hecho, el mayor peligro sería empezar a confundir antigüedad con infalibilidad.
—¿Así que ni siquiera vosotros confiáis completamente en lo que escriben los vampiros?
Esta vez la pequeña sonrisa resulta evidente.
—Especialmente en lo que escriben los vampiros.
Tiene sentido.
Vivir quinientos años no debería impedir que alguien sea un mentiroso.