Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) CUATRO #3
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CUATRO #3

Los colmillos bajan y la garganta se contrae alrededor de un hambre que un segundo antes no existía.

El corazón del hombre deja de ser uno de los muchos sonidos del refugio y pasa a ocupar prácticamente toda la habitación.

Cada latido empuja sangre hacia aquella línea roja y mi cuerpo la reconoce con una intensidad que ninguna bolsa fría ha conseguido provocar.

No me muevo.

Recuerdo el merendero. La garganta de aquel chico, el calor entrando en mi boca y ese alivio brutal que consiguió borrar todo lo demás.

Aprieto las manos.

—Sarah.

—Ya sé.

Lucien me obliga a mirarlo y consigo que la habitación vuelva a existir alrededor de la sangre. La mesa, la mujer junto al donante, la cámara, la ventilación, las puertas. Todo continúa ahí aunque mi atención intente reducirlo otra vez a un corazón y una herida.

Lucien observa mi reacción con demasiada atención.

—A estas alturas, una neófita normalmente ya habría intentado acercarse.

No necesito que me explique por qué eso importa.

—Qué bien por mí.

Apenas consigo decirlo sin enseñar los dientes. El corazón del hombre se acelera ligeramente y la pequeña variación destroza el control que acababa de recuperar. Incluso el olor cambia. Hay miedo ahora, mínimo y contenido, pero mi cuerpo lo distingue.

Doy un paso. Lucien no se interpone. Me detengo sola. Puedo llegar hasta el donante antes de que ninguno de ellos termine de reaccionar. La distancia es ridícula y algo dentro de mí ya sabe cómo recorrerla.

Dos pasos. Quizá uno. Aprieto los puños hasta que las uñas se me clavan en las palmas.

Quiero beber.

No tiene sentido negarlo. Quiero cruzar la habitación, sujetarlo y volver a sentir sangre caliente en la boca.

Pero no quiero hacerle daño.

Las dos cosas existen al mismo tiempo. Espero que llegue el mismo punto ciego del merendero, ese instante en el que desapareció todo salvo el hambre y dejé de elegir.

No llega.

El deseo aprieta, duele y exige. Yo sigo ahí.

Retrocedo un paso. El cuerpo entero protesta.

Doy otro. La mujer cubre entonces la herida con una gasa y el olor comienza a disminuir.

Me vuelvo antes de que pueda arrepentirme y apoyo las manos contra la pared, esperando a que el corazón del donante deje de sonar como algo colocado exclusivamente para torturarme.

Los colmillos tardan unos segundos en retraerse.

—Joder.

Cuando vuelvo a mirar a Lucien, sigue observándome en lugar de escribir.

Ya conozco esa reacción.

—¿Qué?

—Has retrocedido.

—Sí. Estaba allí.

No parece apreciar demasiado la puntualización.

Lucien me explica solo lo necesario: estando alimentada y dentro de un entorno controlado sigo respondiendo con una intensidad propia de una neófita, pero haber podido detenerme y alejarme por decisión propia no es lo habitual tan poco tiempo después del despertar.

Otra anomalía.

Las acumulo.

La mujer termina de vendar al donante y él se pone la chaqueta. Antes de marcharse me dedica una leve inclinación de cabeza.

—Gracias —le digo.

—De nada.

Lo observo salir y continúo escuchando su corazón por el corredor hasta que se mezcla con el resto de sonidos.

—Por hoy hemos terminado —dice Lucien.

No pregunto si he aprobado. A estas alturas ya he entendido que nadie aquí parece trabajar con categorías tan sencillas.

Regresamos hacia las zonas comunes y esta vez puedo prestar más atención al recorrido.

Reconozco varios corredores, la bifurcación que conduce al área residencial y el cambio de iluminación que marca la proximidad de entrenamiento.

También vuelvo a fijarme en la cantidad de vampiros que encontramos.

Muy pocos. El refugio parece construido para albergar a muchos más de los que realmente lo ocupan y los humanos continúan siendo mayoría entre quienes se mueven por aquellas zonas.

Lucien me comunica entonces que ya no necesito estar acompañada constantemente. Puedo moverme por las áreas comunes y acceder a parte de la biblioteca y los archivos generales. Las zonas restringidas continúan igual de restringidas y tampoco tengo permiso para abandonar el refugio.

—¿Puedo ir a la biblioteca?

—Sí.

—¿Toda?

—No.

Claro que no.

Me indica las secciones a las que tengo acceso: historia, literatura, registros generales y parte del archivo público. El resto seguirá cerrado y, si alguna puerta se niega a abrirse, la norma continúa siendo bastante sencilla: no insistir.

Cuando llegamos a la intersección que conduce hacia mi habitación, Lucien señala el corredor contrario.

—Segunda puerta a la derecha después del distribuidor.

Miro en esa dirección.

Por primera vez desde que he llegado, alguien acaba de decirme dónde puedo ir sin acompañarme hasta allí.

Es poca cosa.

Aquí abajo valoro bastante las cosas pequeñas.

—Sarah.

Me vuelvo.

Lucien sostiene la carpeta bajo el brazo.

—Lo de ahí dentro no significa que puedas controlarte fuera.

—Lo sé.

Asiente y se marcha.

Me quedo sola en la intersección. A un lado tengo la habitación que me han asignado. Al otro, una biblioteca llena de información sobre un mundo al que aparentemente pertenezco y del que no sé prácticamente nada.

Esta vez sí puedo elegir.

Giro hacia la biblioteca.