Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) CUATRO #2
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CUATRO #2

Lucien consulta uno de los paneles situados junto a la mesa.

—Otra vez.

La segunda sale mejor. Después me hace repetirla. Y repetirla.

Pronto deja de interesarle cuánto tardo.

Cambia el punto donde debo frenar, me ordena girar cuando ya he arrancado y señala otro objetivo en mitad del recorrido sin avisarme antes.

La sala deja de ser una línea recta y se convierte en una sucesión de decisiones demasiado rápidas.

En uno de los intentos calculo mal una curva y golpeo una columna con el hombro.

El impacto desprende pequeños fragmentos de piedra que caen sobre el suelo acolchado.

Me giro.

Lucien mira la grieta.

—Estaba así.

—Claro.

—Me alegra que confíes en mí.

—Otra vez.

Después de un rato queda claro. La velocidad no le interesa demasiado porque ya ha comprobado que soy rápida. Quiere saber si puedo decidir cuánto, durante cuánto tiempo y, sobre todo, cuándo dejar de serlo.

Ahí empiezan los problemas.

Frenar exactamente donde me indica exige mucha más concentración que atravesar la sala.

Girar sin destrozar el suelo resulta todavía peor.

Cuanto menor es el ajuste, más consciente tengo que ser de la presión de los pies, de los músculos de las piernas y del impulso que continúa arrastrándome cuando mi cabeza ya ha decidido detenerse.

Es extraño descubrir que lo difícil no es utilizar algo que hace dos noches ni siquiera sabía que tenía, sino impedir que funcione con toda su intensidad.

Lucien se acerca a la columna dañada cuando terminamos una de las series y pasa los dedos por la grieta.

—Tienes potencia de sobra.

—Eso sonaba bien hasta que has puesto esa cara.

—No sabes utilizarla.

—Ahí está.

Lucien se coloca frente a mí en la zona acolchada.

—Atácame.

Lo miro un instante. La diferencia entre su tranquilidad y la cantidad absurda de fuerza que acabo de demostrar debería hacerme pensar que preocuparme por hacerle daño es bastante estúpido, así que avanzo sin perder más tiempo.

El primer golpe no llega a ninguna parte. Lucien lo bloquea con facilidad y aparta mi brazo. En el segundo atrapa mi muñeca, cambia el ángulo y utiliza mi propio impulso para obligarme a girar. Consigo recuperar el equilibrio antes de caer y vuelvo sobre él.

Esta vez el patrón se rompe.

Cuando me bloquea, mi cuerpo corrige antes de que yo piense cómo hacerlo. Cambio de dirección y el codo busca su costado en el hueco que acaba de dejar. Lucien consigue detenerlo, pero tiene que desplazarse para hacerlo.

Me quedo mirándolo.

No ha sido un recuerdo.

Ha sido reconocimiento.

Seguimos. Cada vez que intento pensar dónde colocar los pies o cómo mover las manos llego tarde; cuando dejo que el cuerpo responda, sé dónde apoyar el peso, cómo girar una muñeca antes de que consiga sujetarla o qué espacio queda libre cuando Lucien cambia de postura.

Él continúa siendo mucho mejor y me demuestra la diferencia derribándome dos veces antes de inmovilizarme un brazo contra la espalda en la tercera.

—Te apoyas demasiado en la fuerza.

Intento liberarme utilizándola precisamente para demostrar que funciona. Lucien aumenta un poco la presión y consigue dejar bastante claro que no.

—Sal —ordena.

Dejo de tirar. Cambio el peso, giro el hombro y aprovecho el hueco que crea su propia postura. No sé de dónde sale el movimiento hasta que ya lo he hecho y consigo escapar.

Lucien retrocede un paso.

—¿Quién te enseñó?

La pregunta borra parte de la satisfacción.

—No lo sé.

Me hace repetirlo. No consigo reproducir el movimiento cuando intento reconstruirlo de forma consciente, así que vuelve a atacarme y obliga a mi cuerpo a encontrar otra respuesta. Bloqueo tarde, esquivo la siguiente y termino otra vez en el suelo cuando cambia el ritmo. Me levanto enseguida.

Cuanto menos intento comprenderlo, mejor funciona.

No tengo técnica suficiente para vencer a Lucien, pero tampoco estoy aprendiendo desde cero.

Sé caer sin golpearme mal, protegerme el cuello, utilizar las caderas para cambiar un agarre y reconocer pequeños desplazamientos en su cuerpo antes de que complete un ataque.

No puedo recordar un gimnasio, una pelea ni a nadie enseñándome una sola de esas cosas.

Lucien termina deteniéndose.

—No eres principiante.

Miro mis manos.

Como vampira sí. En esto, aparentemente, no.

Cruza la sala y regresa con un cuchillo corto que me entrega por el mango. En cuanto el peso cae sobre mi palma, los dedos cambian de posición por sí solos.

Los dos lo vemos.

Lucien señala uno de los blancos preparados al otro lado de la sala.

—Lánzalo.

—No sé hacerlo.

—Tu cuerpo parece discrepar.

Miro el objetivo y lanzo.

El cuchillo gira antes de clavarse bastante lejos del centro, pero se clava. El segundo queda mejor colocado y el tercero termina mucho más cerca de donde estaba mirando.

La incomodidad aumenta con cada impacto.

No estoy aprendiendo.

Estoy recuperando movimientos sin recuperar lo que los acompaña.

—Esto me da bastante mal rollo.

Lucien recoge uno de los cuchillos.

—Has perdido recuerdos. No necesariamente todo lo que aprendiste antes de perderlos.

Contemplo el arma clavada en el blanco. La diferencia no me tranquiliza demasiado.

Por suerte, Lucien no insiste con otras diez maneras de comprobar lo mismo. Guarda los cuchillos y da por terminada la parte física antes de conducirme por un corredor corto hasta una estancia más pequeña.

Hay una mesa de acero, varias sillas, material sanitario y una cámara instalada en una esquina.

También hay un hombre sentado.

Humano.

Lo sé antes de fijarme bien en él porque su corazón ocupa demasiado espacio dentro de la habitación. Ronda los treinta, lleva una camiseta gris de manga corta y mantiene un brazo apoyado sobre la mesa con una tranquilidad que me resulta bastante más extraña que cualquiera de las instalaciones.

—Control —dice Lucien.

El hombre es donante y sabe exactamente qué soy y para qué está allí. Se lo pregunto directamente y él mismo lo confirma, algo que apenas alivia la tensión que se instala en mi cuerpo.

Una mujer humana entra con material sanitario y prepara su brazo. No necesito que Lucien me explique el resto. La gasa, el antiséptico y la forma en que despeja una pequeña zona de piel bastan.

—Quieres ver qué hago con sangre fresca delante.

—Sí.

Al menos esta vez no pierde tiempo adornándolo.

La mujer hace una incisión superficial.

El olor me alcanza antes de que termine de formarse la primera gota.