CUATRO
Cuando despierto, el refugio ya está en movimiento.
No tengo ventanas ni reloj, así que termino calculándolo por lo que ocurre al otro lado de las paredes.
Al principio solo escucho el zumbido constante de la ventilación; después empiezan las puertas, pasos que cruzan el corredor, alguna conversación demasiado lejana para distinguir las palabras y un corazón humano que aparece y se aleja hacia otra parte del complejo.
Me quedo tumbada un rato escuchándolo todo.
Es extraño lo rápido que distingo unas cosas de otras.
Los humanos hacen más ruido incluso cuando intentan no hacerlo.
Respiran, cambian el peso de una pierna a otra, se aclaran la garganta, arrastran ligeramente una suela.
Los vampiros pueden permanecer quietos durante demasiado tiempo y, sobre todo, debajo de sus voces no hay nada.
Ni respiración.
Ni latido.
Me levanto y voy al baño. El espejo continúa devolviendo una habitación vacía alrededor del lugar donde debería estar yo, así que dejo de mirarlo y me arreglo utilizando el reflejo de las cosas que tengo detrás y bastante sentido común.
Cuando termino, me pongo unos vaqueros, una camiseta oscura y unas deportivas.
Nada de botas, prendas negras extrañas ni nada que parezca diseñado para anunciar que vivo bajo tierra con vampiros.
Al pasarme los dedos por el pelo todavía húmedo, varios mechones se enganchan entre ellos. Es castaño, normal, ondulado y bastante más largo de lo que habría elegido después de descubrir que tengo que arreglarlo sin poder verme.
Estoy recogiendo el pelo con una goma cuando llaman a la puerta.
Lucien entra después de que responda.
Hoy lleva pantalones oscuros y una camisa gris con las mangas remangadas hasta los antebrazos. Mira mi ropa, después a mí.
—Bien.
—Me alegra haber superado la primera prueba.
—Todavía no hemos empezado.
Claro.
Salgo con él.
Lucien avanza algo más despacio y, conforme dejamos atrás la zona residencial, señala lo imprescindible sin detenerse demasiado.
El corredor de la izquierda conduce a las áreas comunes; el ascensor del fondo conecta varios niveles, aunque algunos están restringidos; una puerta doble lleva a las zonas donde trabajan humanos y vampiros durante la noche.
Más adelante hay archivos, dependencias del Círculo y corredores donde mi acceso todavía no funciona.
No convierte la explicación en una visita guiada. Más bien parece asegurarse de que no me pierda y abra una puerta que termine conmigo desmembrada.
—¿Cómo sé dónde puedo entrar?
—Prueba la puerta.
—¿Y si no se abre?
—No entres.
Lo miro.
—Sistema impecable.
Gira la cabeza apenas. Creo que acabo de irritarlo. Eso mejora ligeramente mi noche.
—¿Entrenamiento?
—Sí.
—Quiero hacer eso.
Lucien se detiene.
—Aprenderás cuando puedas estar cerca de otro cuerpo sin confundir entrenamiento con alimentación.
—Eso suena razonable y me molesta.
Esta vez su boca se mueve apenas. Podría haber sido una sonrisa, aunque todavía no tengo suficiente información sobre él para afirmarlo.
El refugio resulta mucho menos antiguo en cuanto dejamos atrás aquella zona.
Los pasillos se ensanchan y la roca queda parcialmente cubierta por paredes lisas de tonos grises.
Hay oficinas abiertas tras paneles de cristal oscuro, mesas con documentos, archivadores, ordenadores y teléfonos.
Una mujer pasa junto a nosotros consultando una tableta mientras dos hombres discuten frente a una pantalla llena de columnas que no alcanzo a leer.
Al fondo, una impresora trabaja con un zumbido perfectamente corriente.
Después de la cámara de piedra y las túnicas negras esperaba más velas, criptas y gente hablando en latín.
—Tenéis ordenadores.
Lucien sigue caminando.
—Desde hace algún tiempo.
Lo miro.
No parece estar bromeando, lo que hace que tenga bastante más gracia.
Más adelante, el olor a sangre alcanza mi garganta antes de que vea de dónde procede.
Mi reacción es inmediata. La saliva se acumula bajo la lengua y aparece un tirón desagradable en las encías. Trago mientras pasamos frente a una puerta más ancha que las anteriores.
Lucien reduce el ritmo.
—Aquí se gestiona la alimentación.
La puerta permanece abierta y puedo ver gran parte del interior.
La estancia está dividida en varias zonas por mamparas de cristal y muebles bajos.
Predominan el blanco, el acero y un verde apagado en algunas paredes, más parecido a una pequeña clínica o un banco de sangre que a cualquier cosa remotamente sobrenatural.
Hay neveras altas con puertas opacas, recipientes etiquetados, cajas térmicas y varias pantallas donde alguien registra datos.
También hay personas trabajando.
Algunas son claramente humanas. Lo sé por el ritmo de los corazones, por la respiración y por el calor de sus cuerpos.
Una mujer joven ordena recipientes sobre una mesa de acero mientras un hombre sentado frente a un ordenador revisa algo en una pantalla.
Más atrás, alguien con uniforme sanitario prepara material junto a una camilla.
Ninguno parece asustado.
Eso me desconcierta más que encontrar prisioneros.
—Son humanos.
—Sí.
—¿Saben dónde están?
Lucien me dedica una mirada breve.
—Sí.
Me acerco un poco más al marco.
—¿Y saben qué sois?
—También.
No responde a la siguiente pregunta hasta que la formulo.
—¿Os alimentáis de ellos?
—Son donantes.
La palabra suaviza muy poco la idea.
—¿Voluntarios?
—Hay contratos. Compensaciones. Protección. Distintas razones para estar aquí.
No dice «todos».
Lo noto.
—¿Y mordéis…?
—No.
Señala con la barbilla varios recipientes sellados.
—La alimentación ordinaria se hace mediante extracción. Cazar humanos sin autorización es una de las formas más rápidas de convertir nuestra existencia en un problema para todos.
Me vienen a la cabeza cuatro cadáveres junto a una caravana.
—Supongo que esa parte también iba por mí.
—Principalmente.
Seguimos avanzando antes de que el olor consiga convencer a alguna parte de mi cuerpo de que entrar allí sería una idea excelente.
A partir de ese momento Lucien limita las explicaciones a lo esencial.
Hay lugares donde puedo entrar, otros donde necesitaré acompañamiento y algunos a los que sencillamente no tengo acceso.
Menciona archivos restringidos, dependencias del Círculo y unas galerías inferiores sin añadir qué contienen.
Una de las intersecciones tiene incluso un ascensor cuyo panel solo muestra símbolos y números; otra termina en una puerta metálica sin tirador, flanqueada por dos lectores de acceso.
Naturalmente, esas últimas son las que más me interesan.
—¿Qué hay abajo?
—Nada que necesites conocer.
—Eso hace que quiera conocerlo bastante más.
—Sobrevivirás a la curiosidad.
—No puedes saberlo.
—Es una esperanza.
Sospecho que acaba de hacer otra broma.
La sala de entrenamiento ocupa un espacio enorme excavado bajo una bóveda irregular. Parte del suelo está cubierta por superficies oscuras y acolchadas; el resto conserva piedra pulida, marcada aquí y allá por impactos que nadie se ha molestado en reparar del todo.
Varias columnas gruesas sostienen las zonas donde la roca parece necesitar refuerzo y, entre ellas, hay estructuras metálicas fijadas a las paredes, barras de distintos tamaños, bancos, pesos, plataformas y aparatos cuyo uso no consigo identificar.
Grandes paneles de cristal separan varias estancias laterales y una galería elevada recorre uno de los extremos.
Me lleva hasta una plataforma donde hay varias barras y discos metálicos y elige un peso que, por el tamaño, debería costarme mover. Lo levanto sin demasiado esfuerzo. Lucien añade más y vuelvo a hacerlo. Después otros dos discos. La barra ya parece una broma bastante pesada.
—¿Estás intentando averiguar cuánto puedo levantar o hundirme en el suelo?
—Levanta.
Lo hago. Esta vez noto el esfuerzo en los hombros y los brazos, pero sigue sin corresponderse con la cantidad de metal que tengo delante. Lucien añade más.
—¿En serio?
—Sí.
Resoplo y vuelvo a agarrar la barra. Los músculos se tensan bajo la camiseta y presto algo de atención a mi propio cuerpo.
Tengo los brazos definidos sin resultar exagerados, el abdomen firme y unas piernas fuertes que tampoco parecen producto exclusivo de haber despertado convertida en vampira.
No tengo el cuerpo de alguien que haya pasado su vida sentada.
El problema es que tampoco recuerdo haber entrenado nunca.
Levanto otra vez. Lucien observa el peso, después a mí, y me obliga a repetirlo antes de dar por terminada la prueba. Cuando por fin deja de añadir discos, anota algo en la carpeta.
—¿Qué?
—Eres más fuerte de lo que deberías.
Miro la barra.
—¿Para una vampira?
—Para una neófita.
La pequeña satisfacción que empezaba a sentir desaparece bastante rápido.
—¿Mucho?
Lucien guarda silencio el tiempo suficiente para responder sin hacerlo.
—Mucho —concluyo.
—Lo suficiente para que interese al Círculo.
Fantástico. Lucien me conduce hacia la parte acolchada de la sala.
—Ahora vamos a comprobar si toda esa fuerza sirve para algo.
—Eso ha sonado ofensivo.
—Era la intención.
También sospecho que nunca voy a estar segura.
Anota algo en la carpeta.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás escribiendo.
—Eso no significa que vaya a leértelo.
Odio la carpeta.
Lucien señala una franja oscura que cruza el suelo acolchado hasta una de las paredes. A un lado hay varios sensores bajos y un pequeño panel con números que cambian cuando alguno de nosotros se mueve cerca.
—Corre hasta el final y detente antes de tocar la piedra.
Miro la distancia. No parece suficiente para necesitar siquiera velocidad.
—¿Eso es todo?
—Hazlo.
Acelero.
El cuerpo responde antes de que termine de decidir cuánto quiero correr. La sala se comprime de golpe y la pared aparece demasiado cerca. Tengo que clavar los pies para no estamparme contra ella; las suelas chirrían sobre la superficie y termino deteniéndome con una mano apoyada en la piedra.
Miro hacia atrás.