Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) TRES #3
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TRES #3

El agua cae sobre mi cabeza y resbala por el cuerpo sin que el calor me afecte como creo que debería, pero limpia, y ahora mismo eso basta.

Me froto el pelo, los brazos, el cuello y el pecho con más insistencia de la necesaria.

En algunas zonas sigo frotando incluso después de que la piel esté limpia hasta que entiendo que no estoy intentando quitar barro.

Cierro el grifo antes de seguir insistiendo.

Hay un espejo sobre el lavabo.

Procuro no mirarlo.

Ya sé lo que voy a encontrar y no necesito ver otra vez una habitación completa reflejada alrededor del lugar donde debería estar mi cara.

Me seco, regreso a la habitación envuelta en una toalla y abro el armario.

Dentro hay ropa básica en varias tallas, suficiente para que termine encontrando unos vaqueros, una camiseta oscura y un jersey que me queda algo grande.

Me visto sin pensarlo y, cuando termino, me sorprende el alivio absurdo de llevar algo que no pertenecía a uno de los muertos del merendero.

Todavía estoy intentando desenredarme el pelo con los dedos cuando llaman a la puerta.

Los dedos se detienen enredados en el cabello.

—¿Sarah?

Reconozco la voz y abro.

Claire espera al otro lado con una copa de cristal en una mano y una bolsa de sangre en la otra.

Su aspecto sigue siendo el mismo, aunque la rigidez que llevaba encima desde que apareció en la gasolinera se ha reducido un poco.

Sin la iluminación del aparcamiento y con el pelo negro cayéndole sobre la cazadora, resulta menos una aparición imposible y más alguien que lleva demasiadas horas despierta.

—¿Puedo pasar?

La pregunta hace que mire primero la puerta y después a ella.

—Supongo.

Claire entra.

—Hemos empezado con mal pie.

La miro.

—Me recogiste de una gasolinera después de descubrir que me habían violado y me trajiste hasta una base subterránea llena de vampiros para que seis desconocidos decidieran qué hacer conmigo.

Claire me sostiene la mirada.

—Lo siento.

No esperaba la disculpa tampoco.

Claire levanta lo que lleva en las manos.

—¿Tienes sed?

La garganta decide por mí.

—Sí.

—Puedes beber directamente o puedo servirla.

Miro primero la bolsa y después la copa.

—¿Qué diferencia hay?

—Ninguna.

—Entonces ¿por qué preguntas?

Claire se encoge de hombros.

—Porque puedes elegir.

La respuesta me deja más quieta de lo que debería.

Es una tontería. Una bolsa o una copa. Nada importante.

Pero desde que abrí los ojos dentro de una tumba casi todo lo que me ha ocurrido ha llegado decidido de antemano.

No elegí despertar, ni descubrir que llevaba cinco años muerta, ni perder el control en aquel merendero.

No elegí necesitar el camión de Óscar ni quedarme sin documentación delante de una recepcionista.

Tampoco elegí venir aquí; seguí a Claire porque era la única persona que parecía saber algo y el Círculo ya ha decidido que, de momento, no puedo marcharme.

Ahora ella está esperando.

Tomo la copa.

La sangre está templada. El alivio llega enseguida, extendiéndose desde la garganta hasta el pecho, y dejo de tener parte de la atención pendiente de cada latido humano que he escuchado por el camino.

Claire se apoya contra el borde del escritorio. La habitación es pequeña para ignorar a alguien con tanta facilidad y su presencia vuelve la habitación aún más provisional.

—Lucien te enseñará cómo funciona esto.

—Ya ha empezado.

—¿Y?

—Creo que le caigo fenomenal.

Una pequeña sonrisa le mueve la boca.

—Entonces habrá ido bien.

Bebo otro sorbo.

—El Círculo quiere hacerme pruebas.

—Sí.

—¿Y nadie piensa explicarme qué están buscando?

—Lucien.

La miro.

—Te gusta mucho delegar.

—Ya te explicarán mejor las normas, linajes, facultades y demás.

—¿Facultades?

Claire asiente.

—Capacidades. Cada vampiro acaba desarrollándose de una manera distinta. Ya lo verás.

Espero que continúe.

Esta vez el silencio no parece un descuido. Claire ha decidido exactamente hasta dónde llega la respuesta y se queda ahí, observándome por encima del borde de la copa como si no tuviera ninguna obligación de rellenar el resto.

—¿Y tú?

—Yo qué.

—¿Qué puedes hacer?

Claire sonríe sobre la pregunta.

—Acabamos de conocernos.

—Eso significa que es interesante.

—Significa que soy menos confiada que tú.

Teniendo en cuenta mis últimas veinticuatro horas, no puedo discutirlo.

Termino la copa y se la devuelvo.

—Gracias.

Claire la recoge.

—Descansa. Mañana Lucien empezará contigo.

—¿Suele entrenar neófitos?

Su mano se detiene sobre el panel de la puerta.

—No.

—Ah.

—Buenas noches, Sarah.

Sale antes de que pueda preguntarle por qué demonios me han asignado precisamente a él.

La puerta vuelve a cerrarse y la habitación recupera enseguida esa neutralidad incómoda.

A través de las paredes llegan sonidos lejanos del refugio: pasos en algún corredor, una puerta que se abre, el zumbido grave de la ventilación y voces demasiado bajas para distinguir las palabras.

No necesito ver el resto del complejo para saber que continúa funcionando a mi alrededor mientras yo sigo encerrada en una habitación preparada para alguien que podría ser cualquiera.

Me tumbo sin saber si podré dormir antes de que llegue el amanecer. Antes de cerrar los ojos, digo mi nombre en voz baja.

—Sarah.

Esta vez suena un poco menos prestado.