Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) TRES #2
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TRES #2

—Entonces tomaremos otra decisión.

Fantástico.

Levanta la vista hacia un punto situado a mi espalda.

—Lucien.

—Estoy aquí.

La voz es grave y llega desde tan cerca que me giro.

No lo he escuchado entrar.

Un hombre se separa de una de las zonas más oscuras junto a la pared y avanza hacia nosotros.

No lleva la túnica del Círculo. Viste pantalones negros y una camisa azul tan oscura que bajo aquella iluminación casi parece negra.

Las mangas están remangadas hasta los antebrazos y lleva los primeros botones abiertos, suficiente para romper la rigidez ceremonial de la cámara sin darle un aspecto descuidado.

Es alto, de hombros amplios y cintura estrecha.

Su cuerpo tiene la clase de musculatura que parece consecuencia de utilizarlo, no de pasar horas intentando construirlo delante de un espejo.

El cabello rubio ceniza está corto en los laterales y más largo arriba, peinado hacia atrás salvo por algunos mechones que han terminado cayendo sobre la frente.

Tiene pómulos altos, nariz recta, mandíbula marcada y una boca seria que no parece especialmente familiarizada con sonreír.

Cuando me mira, la descripción deja de importarme tanto.

Sus ojos son azules, aunque no se parecen a los de Claire.

En ella llama la atención el color. En Lucien importa mucho más la forma de mirar.

Recorre mi postura, las manos, la ropa y finalmente la cara con la concentración de alguien que ha recibido algo desconocido y está intentando localizar por dónde puede romperse.

—Quedará bajo tu mando —dice Éléonore—. Y bajo tu vigilancia. Mientras permanezca bajo nuestra autoridad, nadie actuará sobre ella sin autorización.

—Entendido.

La respuesta parece suficiente para él. Para mí, no tanto.

Lucien inclina la cabeza hacia la salida.

—Ven.

Podría preguntar adónde, pero sospecho que hoy ya he agotado mi cuota de respuestas útiles.

Lo sigo.

El aire de la cámara parece quedarse atrás en cuanto atravesamos la puerta.

El hombre al que Éléonore ha llamado Lucien camina por delante sin molestarse en comprobar si lo sigo y durante los primeros corredores ninguno de los dos hace demasiado esfuerzo por llenar el silencio.

Después de pasar los últimos minutos frente a seis desconocidos que me observaban como si intentaran decidir en qué categoría meterme, tampoco tengo demasiadas ganas de hablar.

Conforme nos alejamos del Círculo, la piedra vuelve a mezclarse con paredes lisas, puertas oscuras y franjas de iluminación empotrada.

Hay cámaras en algunas esquinas, personas cruzando intersecciones y voces que llegan desde corredores laterales, pero Lucien no señala nada ni convierte el camino en una visita guiada.

Avanza como si su única responsabilidad fuera asegurarse de que llego a algún sitio sin perderme por el camino.

Al cabo de un rato gira la cabeza lo suficiente para mirarme.

—¿Tienes sed?

Compruebo mi garganta casi por reflejo. No arde, no tira, no siento esa necesidad animal que apareció antes del merendero.

—No.

—¿Cuándo te alimentaste por última vez?

La imagen de los cuerpos aparece demasiado rápido.

—Ayer.

Lucien reduce apenas el paso.

—¿De quién?

—De varias personas.

Ahora sí vuelve la cabeza por completo.

—¿Varias?

Aprieto los labios, porque sospecho que no le han contado demasiado de lo ocurrido antes de que Claire me encontrara.

—Había cinco juntos. Uno escapó.

Su expresión no cambia, pero espera.

—Los otros cuatro murieron.

—¿Los mataste para alimentarte?

La pregunta me incomoda más de lo que debería, quizá porque formulada así parece que tomé una decisión que en realidad apenas recuerdo haber tenido tiempo de pensar.

—No lo planeé. Olí sangre y después todo ocurrió demasiado rápido. Hay partes que recuerdo y otras no.

Lucien me observa un segundo más antes de reanudar la marcha.

No añade ninguna opinión sobre los muertos, ni intenta tranquilizarme, ni pregunta cómo me siento después de haberlos dejado tirados junto a una caravana. Lo agradezco más de lo que quiero admitir.

Seguimos avanzando hasta llegar a una zona bastante más silenciosa.

Las puertas están separadas a intervalos regulares y el ruido del resto del refugio se reduce al zumbido de la ventilación, algunos pasos lejanos y el cierre ocasional de alguna habitación.

Lucien se detiene frente a una puerta oscura y apoya la mano junto al marco. Se abre con un sonido breve.

—Esta será tu habitación.

Entro detrás de él. La habitación es sencilla y bastante más cómoda de lo que esperaba: una cama amplia, un escritorio, un armario empotrado y una puerta interior que conduce a un baño.

No hay ventanas ni objetos personales, nada que indique quién se supone que debe vivir allí.

Todo está limpio, ordenado y preparado para alguien cuya existencia, en teoría, desconocían hasta hace unas horas.

Lucien permanece junto a la entrada.

—Mañana empezaré contigo.

—¿Qué significa exactamente «empezaré conmigo»?

—Preguntas. Evaluaciones. Lo que determine el Círculo.

No aclara gran cosa, aunque por su expresión parece considerar que debería bastarme. Se vuelve hacia la puerta.

—Lucien.

Se detiene y me mira por encima del hombro.

—¿Estoy encerrada aquí?

—En esta habitación, no.

—No era eso lo que preguntaba.

Hay una pausa breve antes de responder.

—No salgas del refugio.

Eso sí responde.

La puerta se cierra detrás de él y me quedo sola en mitad de una habitación que pretende ser un alojamiento y se acerca demasiado a una celda cómoda.

Recorro con la mirada la cama, el armario, el escritorio vacío y la puerta del baño.

Todo es perfectamente funcional. Nada resulta hostil.

Supongo que por eso la sensación de estar encerrada se vuelve todavía más difícil de ignorar.

Entonces reparo en mi ropa.

El pantalón, la camiseta y la sudadera pertenecían a personas que hace unas horas estaban vivas.

Todavía tengo tierra seca atrapada entre el pelo y, aunque ya no veo sangre sobre mi piel, recuerdo perfectamente dónde estuvo.

Por primera vez desde que salí del ataúd tengo un baño, agua caliente y una puerta que puedo cerrar.

Voy directa a la ducha.