Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) TRES
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Una ciudad aparece horas después entre autopistas, edificios y una extensión de luces que no provoca absolutamente nada en mi memoria.

París, dicen los carteles.

Después empiezan a rodearnos bloques de viviendas, puentes, señales y carriles que se multiplican hasta convertir el viaje en algo distinto a las carreteras vacías por las que llevo moviéndome desde que desperté.

Miro por la ventanilla intentando reconocer algo, pero las fachadas, los carteles iluminados y las personas caminando bajo abrigos oscuros no despiertan ninguna imagen.

Podría haber estado aquí cien veces o no haber pisado París en mi vida.

Claire tampoco parece interesada en enseñarme la ciudad.

Atraviesa las zonas con más tráfico y poco a poco vuelve a alejarnos de ellas hasta tomar una carretera secundaria bordeada de árboles.

El camino termina frente a una pared de roca.

Hace algo junto al salpicadero y una línea que había confundido con una grieta empieza a ensancharse.

Parte de la pared se desplaza hasta revelar una entrada oscura perfectamente integrada en la piedra.

El coche atraviesa la abertura y comienza a descender por un túnel excavado en la roca.

La entrada vuelve a cerrarse detrás de nosotros.

Franjas de luz blanca recorren las paredes y, a intervalos regulares, distingo cámaras, paneles y pequeñas puertas técnicas que Claire no se molesta en explicarme.

El túnel termina en un aparcamiento subterráneo dividido por columnas de piedra y hormigón. Hay coches, varias motocicletas y un todoterreno, pero muchos menos vehículos de los que esperaba después de ver el tamaño de la instalación.

Claire aparca y baja. La sigo hasta una puerta negra encajada directamente en la roca. Ella cruza primero. Yo intento hacerlo detrás.

No puedo.

No hay cristal, ninguna puerta cerrada ni nada bloqueando físicamente el paso, pero algo me detiene en seco. Una presión invisible se extiende delante de todo mi cuerpo y, cuando intento avanzar otra vez, se vuelve más firme. Miro a Claire. Ella ya se ha girado.

—Puedes entrar, Sarah.

La resistencia desaparece.

Permanezco quieta un segundo antes de atravesar el umbral.

—¿Qué coño ha sido eso?

No responde.

El interior tampoco se parece demasiado a lo que había imaginado cuando decidí que probablemente era una vampira y que Rumanía parecía un destino razonable.

La roca continúa visible en muchas de las paredes, pero está atravesada por estructuras modernas, iluminación empotrada, ventilación, puertas oscuras y algún panel electrónico.

Varias cámaras ocupan esquinas del techo o puntos estratégicos de los corredores.

No parecen decorativas.

Claire sigue andando.

Hay gente moviéndose por el refugio, aunque enseguida comprendo que no todos son como nosotras.

Escucho demasiados corazones. Personas que llevan carpetas, empujan pequeños carros, trabajan frente a pantallas o atraviesan los pasillos con ropa corriente.

Algunos nos miran. Otros apenas levantan la cabeza.

Entre ellos hay cuerpos distintos.

Quietud excesiva. Ausencia de respiración. Silencios donde debería haber un latido.

Vampiros.

Intento contarlos mientras avanzamos y abandono bastante pronto porque desaparecen por corredores o puertas antes de que pueda saber si ya los he visto. Claire no presenta a nadie y nadie se acerca a presentarse. Solo recibo miradas. Algunas curiosas, otras bastante menos agradables.

Pasamos por un distribuidor, dejamos atrás un ascensor y entramos en una zona donde el tránsito disminuye. Aquí la piedra gana terreno y las puertas están más separadas.

Claire reduce el paso.

—A partir de aquí, piensa antes de hablar.

La miro.

Esta vez no respondo.

Después de todo lo ocurrido desde que abrí los ojos dentro de aquel ataúd, consigo reconocer una advertencia cuando la escucho.

Claire parece apreciar mi silencio y continúa. El corredor termina en otra puerta. La atraviesa; yo esta vez me detengo antes de probar suerte.

Claire mira por encima del hombro. Sus comisuras se elevan.

—Puedes pasar.

Cruzo.

El corredor desemboca en una cámara circular excavada directamente en la roca.

La primera impresión no es de lujo, sino de espacio.

La cúpula se eleva varios metros sobre nuestras cabezas y se pierde en una penumbra atravesada por haces discretos de iluminación blanca.

El suelo, también de piedra, ha sido pulido hasta quedar casi uniforme y en el centro hay una zona circular ligeramente más clara, sin muebles ni ninguna indicación de qué se supone que ocurre allí.

No hay cuadros, estandartes ni tronos. Tampoco velas, columnas decorativas o símbolos gigantes destinados a recordarle a cualquiera quién manda.

Seis personas esperan formando un arco frente al centro de la estancia.

Las seis visten de negro. Las prendas recuerdan a togas ceremoniales, aunque están construidas con una rigidez que las aleja bastante de cualquier disfraz: tela gruesa, cuellos altos y cortes largos que caen hasta casi ocultar los pies.

Solo cuando alguno se mueve alcanzo a distinguir marcas negras cosidas sobre el mismo negro en los bordes interiores, símbolos demasiado discretos para ser adornos y demasiado precisos para estar allí por casualidad.

Claire se detiene conmigo en el centro.

La mujer situada en mitad del grupo da un paso al frente.

Lleva el cabello ceniza recogido hacia atrás con una pulcritud casi ceremonial y tiene un rostro estrecho, de pómulos marcados y ojos gris hielo.

Su túnica parece confeccionada con una tela distinta a la de los demás, más pesada y sin apenas brillo bajo la iluminación fría.

No sé si esa diferencia significa rango o simplemente gusto personal.

—Soy Éléonore.

Espera apenas un segundo.

—Estás ante el Círculo.

Claire da un paso atrás.

La miro.

—¿Te vas?

—Sí.

No añade nada más.

Se marcha y la puerta se cierra detrás de ella.

Me quedo sola frente al Círculo.

Éléonore me observa durante varios segundos.

—¿Cómo te llamas?

La pregunta debería ser fácil.

No lo es.

—Sarah.

Éléonore me ha hablado en francés y yo le respondo en el mismo idioma. El cambio se produce sin esfuerzo, antes incluso de que piense en hacerlo.

—¿Sarah qué?

—No lo sé.

Ninguno se mueve, pero noto que la atención sobre mí cambia.

—¿No conoces tu apellido?

—No. —Trago saliva—. En realidad tampoco sé si Sarah es mi nombre. Me lo puse anoche porque necesitaba uno.

—¿Quién es tu creador? —pregunta ella.

—No lo sé.

La otra mujer gira la cabeza hacia Éléonore.

Tiene la piel muy clara, más que yo, y cabello rubio casi blanco, recogido con tanta severidad como su expresión.

Mantiene las manos ocultas dentro de las mangas y apenas me dedica una mirada; de algún modo consigue que ignorarme parezca bastante más ofensivo que despreciarme abiertamente.

—¿No recuerdas su nombre?

—No recuerdo que haya existido uno.

Éléonore mantiene los ojos sobre mí.

—Todo vampiro tiene un creador.

—Eso me dijo Claire.

—Entonces explícate.

Respiro antes de responder. Esta vez sí pienso antes de hablar. No hay mucho que explicar, al menos no sin contarles cada detalle de las últimas veinticuatro horas.

—Abrí los ojos dentro de un ataúd. Salí. Fui a buscar a mi madre y me dijo que llevaba muerta cinco años.

El silencio se vuelve distinto.

—¿Enterrada? —pregunta uno de los hombres.

Tiene el cabello oscuro salpicado de gris y unos ojos verdes apagados que llaman mi atención precisamente porque parecen cansados. No viejos. El problema no es el paso del tiempo, sino haber tenido que soportar demasiado.

—Sí.

—¿Dónde?

Intento recordar el nombre del pueblo y no aparece nada.

Éléonore continúa preguntando: si había alguien conmigo, si alguien me esperaba al salir, si recuerdo quién me enterró, mi transformación o mi muerte.

La respuesta es siempre la misma. No. Los seis siguen observándome y la atención deja de parecer simple curiosidad.

Se miran entre ellos lo bastante para que entienda que mis respuestas significan algo que todavía no quieren compartir conmigo.

Cuando Éléonore pregunta qué conservo de mi vida humana, pienso en mi madre asomada al balcón.

Le explico que solo conservo una certeza personal: tengo una madre.

No recuerdo su cara, ninguna conversación ni un solo momento a su lado, pero supe dónde encontrarla.

Sé hablar, leer y moverme por el mundo con normalidad; todo lo demás son conocimientos sin recuerdos unidos a ellos.

Entonces pregunta si mi madre me reconoció.

—No. Me dijo que su hija murió hace más de cinco años.

Eso sí provoca una reacción. Uno de los vampiros, de cabello castaño claro y ondulado rozándole la mandíbula y ojos color miel, inclina la cabeza.

En cualquier otra persona el gesto habría parecido educado; en él tiene algo demasiado medido, la clase de cortesía que podría mantener incluso mientras firma una sentencia.

La vampira de cabello, ojos y piel oscuros, apenas diferenciada del negro de la túnica bajo aquella luz, endurece la expresión.

El tercero, rubio oscuro y de ojos claros, frunce el ceño.

Nadie comenta nada. Eso no resulta especialmente tranquilizador. Finalmente, Éléonore habla.

—Lo que describes no es normal.

Fantástico.

—Ya me había hecho una idea.

Su mirada no cambia.

Cierro la boca.

Pensar antes de hablar.

Claro.

—Un neófito no despierta cinco años después de su muerte enterrado y solo. Tampoco debería desconocer por completo a su creador ni carecer de recuerdos inmediatos sobre su propia transformación.

Me obligo a permanecer quieta.

Alguien está confirmando que el problema no es únicamente que yo no entienda qué me ha ocurrido.

Éléonore junta las manos delante del cuerpo.

—Quedarás bajo nuestra protección mientras determinamos qué eres y hasta qué punto tu desarrollo corresponde al de una neófita ordinaria. Serás instruida, alimentada y evaluada.

—¿Y si no os gusta lo que encontráis?

Ella sostiene mi mirada.