DOS #2
Me visto deprisa, tirando de las prendas con movimientos secos. La camiseta se engancha en el pelo y casi la rompo al bajarla. Me pongo el pantalón, la sudadera y las deportivas sin perder tiempo en recolocar nada. Necesito cubrirme, pero sobre todo necesito salir de esa habitación.
Encontrarlo.
Abro la puerta con tanta fuerza que golpea contra la pared del pasillo.
Fuera ha vuelto la noche. Bajo las escaleras casi corriendo y atravieso la recepción sin detenerme.
La mujer que está detrás del mostrador levanta la cabeza al verme pasar, pero apenas registro su cara antes de empujar la puerta y salir al aparcamiento.
Las luces de la gasolinera se reflejan sobre el asfalto húmedo. Hay camiones estacionados en varias filas, motores encendidos, portazos y hombres entrando y saliendo de la cafetería. Recorro las matrículas, las cabinas, las siluetas junto a los surtidores. Busco su camión.
No está.
Camino más deprisa entre las filas, convencida de que simplemente lo he pasado por alto. Reconozco modelos, colores, remolques distintos. Ninguno es el suyo. Óscar ya no está. Ha tenido horas de ventaja.
Aprieto las manos hasta que las uñas se me clavan en las palmas. Se fue hace horas.
La frase sigue repitiéndose dentro de mi cabeza mientras miro la carretera por la que debe de haber desaparecido. Noto la mandíbula tensa, un dolor sordo extendiéndose por las encías y, cuando paso la lengua por los dientes, encuentro las puntas de los colmillos empezando a bajar.
Quiero encontrarlo.
Quiero arrancarlo de ese puto camión y—
—Contrólate —dice una voz femenina a mi espalda.
Me giro.
Una mujer me observa a pocos metros, bajo la luz fría de una farola.
Es algo más baja que yo y delgada, vestida con una cazadora de cuero negra sobre un jersey claro de cuello alto, vaqueros oscuros y botas bajas.
Podría pasar por cualquiera de las personas que atraviesan el aparcamiento si no fuera porque permanece quieta en mitad de todo aquel movimiento.
Demasiado quieta.
Su piel es pálida bajo la luz. Tiene el cabello negro, largo hasta la cintura y completamente liso, con un flequillo recto rozándole las pestañas. Pero son sus ojos los que consiguen retenerme: almendrados, de un azul intenso y clavados directamente en mi boca.
—¿Qué?
—Ocúltalos.
Tardo un segundo en entenderla.
Cierro la boca.
Ella desvía la mirada hacia los camioneros que entran y salen de la cafetería y después vuelve a mí.
—A menos que quieras explicarles a todos por qué tienes colmillos, controla eso.
La rabia vuelve a empujarme antes de que pueda pensar demasiado en el hecho de que acaba de identificar exactamente qué me ocurre.
—Tengo cosas más importantes que hacer.
Doy un paso hacia la carretera.
La desconocida aparece delante de mí.
No la veo moverse.
Un instante está a varios metros y al siguiente bloquea mi camino.
Me detengo en seco.
—Apártate.
—No.
Intento rodearla y su mano se cierra alrededor de mi brazo. Tiro para soltarme.
No puedo.
La miro.
Sus dedos apenas parecen ejercer presión.
—Suéltame.
—Cuando dejes de comportarte como si quisieras anunciar lo que eres a toda la provincia.
—Me importa una mierda.
—Ya lo veo.
Tiro otra vez con más fuerza y no consigo moverle ni un dedo.
—Me han violado.
Una fisura aparece en su expresión.
Muy poco.
La línea de su boca se endurece y sus ojos se desplazan hacia la carretera vacía. Cuando vuelve a mirarme, la frialdad sigue allí, pero ya no es la misma.
—Y tú has estado a punto de hacer algo que todavía no entiendes.
Parpadeo.
—¿Qué?
Me suelta el brazo.
—No vas a solucionar nada si acabas expuesta antes de llegar hasta él.
No hay compasión en su voz. Tampoco me pide que lo denuncie, que me calme o que piense con claridad. Simplemente habla como si encontrar a Óscar y hacerle algo terrible fuera una posibilidad perfectamente razonable siempre que no sea tan estúpida como para hacerlo delante de testigos.
Por alguna razón, eso capta mi atención.
—¿Quién coño eres?
No responde enseguida. Mira hacia la cafetería, los surtidores y los camioneros que continúan moviéndose alrededor de nosotros sin prestar demasiada atención.
—Alguien que acaba de evitar que media docena de personas se fijen en tus dientes.
Hace un gesto con la cabeza hacia uno de los laterales del edificio.
—Vamos.
Echa a andar.
La dejo avanzar sola.
No tengo ninguna intención de seguir las órdenes de una desconocida que acaba de sujetarme como si yo no pesara nada.
Entonces vuelve la cabeza.
—Si quieres saber, ven.
Eso funciona.
La sigo hasta una zona más oscura junto al edificio, donde el ruido de los motores llega amortiguado y apenas alcanza la luz de la gasolinera. Sus ojos recorren mi ropa, mi pelo, las zapatillas que no son mías y vuelven a mi cara.
—¿Cómo te llamas?
—Sarah.
—¿Apellido?
—No tengo ni idea.
Una pausa.
—Sarah también me lo puse ayer.
Me mira como si acabara de empeorar algo que ya era bastante malo.
—¿De verdad no lo sabes?
—Si lo supiera, no estaría preguntando.
Ella frunce el ceño.
—¿Quién es tu creador?
Lo dice como si estuviera preguntándome quién es mi padre.
—¿Mi qué?
Su cara adquiere esa expresión que ya me resulta ofensiva.
—Tu creador.
—No sé de qué estás hablando.
—Todo vampiro tiene uno.
La palabra cae entre las dos.
—¿Tú eres uno?
Su expresión pasa de irritación a incredulidad.
—¿Todavía estabas dudándolo?
—Tenía una teoría.
—Joder.
Me observa en silencio.
—Me llamo Claire.
Por fin.
—Encantada, supongo.
No reacciona a la ironía.
—Será mejor que vengas conmigo.
Miro hacia la carretera. La rabia sigue ahí.
Óscar también, en algún punto a cientos de kilómetros o quizá mucho menos.
No se ha reducido ni un poco el deseo de encontrarlo.
Pero ahora tengo delante a la primera persona que sabe lo que soy.
Una persona que puede moverse demasiado rápido para que consiga seguirla con la vista, inmovilizarme con una sola mano y reconocer que he salido de un cementerio con solo acercarse.
—Voy a hacerte muchas preguntas.
—Magnífico.
—Y después voy a buscar a Óscar.
Claire sostiene mi mirada.
—Eso será problema del Óscar del futuro.
La respuesta me pilla desprevenida.
—¿Hablas en serio?
—Completamente.
Después se da la vuelta.
—Ahora ven.
No confío en ella.
Pero por primera vez desde que he abierto los ojos dentro de aquella tumba, alguien parece saber más que yo sobre lo que me está pasando.
De momento, me sirve.
—Te llevaré al refugio —dice Claire mientras regresamos hacia el aparcamiento—. Allí te presentarás ante el Círculo.
—Eso no suena tranquilizador.
—No pretendía serlo.
Terminamos de rodear el hostal y regresamos a la zona donde están estacionados los vehículos. Las luces de la gasolinera quedan a nuestra espalda, blancas y demasiado intensas sobre el asfalto húmedo, mientras el resto del aparcamiento se pierde entre filas de camiones y farolas más débiles.
Claire se dirige hacia un turismo negro estacionado en uno de los extremos.
Me detengo antes de subir.
La carrocería baja y los cristales oscuros me resultan familiares. Anoche, mientras caminaba por la carretera, vi pasar un coche parecido. Apenas duró unos segundos y no podría asegurar que fuera este, pero la sensación permanece.
Subo.
El interior es sobrio y está tan limpio que cuesta imaginar a Claire dejando algo fuera de sitio.
Tapicería negra, salpicadero oscuro. Huele a cuero y a un ambientador que intenta parecer madera sin conseguirlo.
Durante los primeros kilómetros compruebo que el silencio de Claire puede resultar todavía más irritante dentro de un espacio cerrado.
Solo consigo averiguar que vamos a París y que, cuando lleguemos, conviene que no haga ninguna estupidez.
Su definición de estupidez parece incluir prácticamente cualquier cosa que yo pueda hacer sin consultárselo antes.
Va a ser un viaje divertido.